sábado, 28 de junio de 2014

Creamos el mundo las mujeres (cinco poemas de Cecilia Quílez)


I

Una boca que preña la luz
Perfil de estoy callo y amanezco
Creamos el mundo las mujeres
Antes de tener boca
Sostuvimos el ego en el enredo
Primigenio de la lógica
Cómo romper el vidrio
De lo indecible
Diciendo
Todos a cubierta
No sirve el amor en estos casos
Su bandera
No es de nadie
Avanza la palabra
Sangran las bocas

II

Una mujer
Acaba donde
Nadie mira
Asoma
Viéndose
Lo que los demás
Pies y cabeza
Conocieron
Desde fuera se ve mejor
Toda ella
Ella completa
Cabeza Corazón
Otro accidente más
Y una mujer de menos
En el Olimpo de la ceguera

III

Olvido el sí
El quién
Te amo te adoro
Oh vida
Mi juego solitario
Tiene nombre
De lengua que espera
La palabra golosina
Dentro muy dentro
De mi sexo
Voluntariamente obsceno
En todos los idiomas

IV

El mundo tiene una ventana en el pecho
Cada mañana anuncia ciudades oscuras
Naces desde el relámpago de la herida
Toda tú abres las respuestas
Así me vives
Así te siento
Como una campana en el vientre
Ese querer prehistórico de madre
Que amamanta eternamente la palabra

V

Viví tu guerra y tú la mía
El olvido ha dejado flores en mi lecho
Esta es mi victoria
Amanecer y no pensarte

(Cecilia Quílez. La hija del Capitán Nemo. Madrid, Calambur, Col. Poesía, 143, 2014. Imagen: Jules Verne’s Captain Nemo, de Natalie Ratkovsk)

Y NO QUIERO SER VENCIDA
(Cecilia Quílez)

jueves, 26 de junio de 2014

Ana María Matute (Barcelona, 26 de julio de 1925 – 25 de junio de 2014)


Y echó a correr entre las zarzas en busca de sus compañeros. En ese momento el frío se hizo insoportable, y el Rey notó que algo dentro de él zozobraba: como había oído decir a su madre en tiempos de la Reina Leonia, se hundían las naves piratas en el mar del Sur.

Corrió al Lago, se miró en él, y en lugar de ver reflejado al Rey de Olar, contempló a un viejo andrajoso y torpe. Los pobres aficionados que fueron Ardid, el Trasgo y el Hechicero no habían previsto que el Rey no podía amar a nadie, excepto a sí mismo. En aquel momento un antiguo y conocido Dragón emergía del agua: un Dragón que llegaba a él desde la oscura memoria de su sangre, desde el terror de Sikrosio. Con un débil grito, lloró por primera vez. Por él, por toda su vida, por su perdida juventud y, sobre todo, por la gran ignorancia de cuanto le rodeaba.

Creyó distinguir en el último momento a aquel extraño muchacho que acompañaba a Tontina. Ahora por fin liberaba su brazo del manto que lo cubría, y le mostraba su ala de cisne. Pero no supo nunca Gudú, porque no tuvo tiempo, quién era; no supo nunca Gudú si sobrevolaba al Dragón o, como todo, como todos, se hundía también en el inmenso e irreparable olvido de su vida y de todas las vidas.

Y el llanto del Rey cayó al Lago, y éste creció. Creció de tal forma que anegó la ciudad, el Reino y el país entero, hasta más allá de las lindes donde Gudú había pisado. Y tanto él como su Reino, como cuantos con él vivieron, desaparecieron en el Olvido.

(Ana María Matute. Olvidado rey Gudú.
Madrid, Espasa Calpe, 1996)

martes, 17 de junio de 2014

Signos


Una palabra nos encierra.
El viento pule en ella. El fuego.
El mar también.
Sobre la palabra que gira alrededor
del sol
las cosas tambalean,
oscurecen o tornan en destello el cuerpo.
La palabra ocupa hasta la suerte;
al final vuelve cansada de otro hacer,
de una invisible proximidad.
Asimismo como uno tiembla bajo sus rutas
la palabra toca las puertas desoladas,
los restos del sueño,
la tierra hermosa de la nada tendida en su primer
vacío.

(José Barroeta. Fuerza del día, en Todos han muerto (Poesía completa 1971-2006). Presentación de Eugenio Montejo. Prólogo de Víctor Bravo. Canet de Mar (Barcelona), Candaya, 2006)

domingo, 8 de junio de 2014

Incurable


Verá usted, yo estaba enfermo de literatura, lo mío era grave y alarmante, leía el mundo como si fuera la prolongación de un interminable texto literario, estaba impregnado de literatura, hablaba en libro. No desdeñaba como carne literaria prácticamente nada, es decir, estaba condenado a fijarme en todo: en las lágrimas de la viuda, pero también en sus piernas enloquecedoras, en la mosca que se posaba en la nariz de la carnicera, en la mágica luz que invade las ciudades en el instante final del atardecer. Era un fastidio porque no es que me interesara la literatura, no es que sintiera cierta atracción por ella, no, es que yo era literatura.

(Enrique Vila-Matas. “Monólogo del Café Sport”, en Francisco Gutiérrez Carbajo (ed.). Monólogo en el Café Sport y otros relatos. Madrid, UNED, 2002. Imagen: fotografía de Lisbeth Salas)

SOY UN ENFERMO DE LITERATURA Y ESTOY COMPLETAMENTE SEGURO DE QUE, POR LO MENOS, EN ESTA VIDA... NO TENGO CURA ALGUNA

(Enrique Vila-Matas. Dietario voluble.
Barcelona, Anagrama, 2008)

viernes, 6 de junio de 2014

Postmodernidad


En lo que a mí respecta, los últimos años de la era posmoderna han acabado pareciéndose un poco a cómo te sientes cuando estás en el instituto y tus padres se van de viaje y das una fiesta. Traes a todos tus amigos y das una fiesta salvaje, repugnante y fantástica. Durante un rato es genial ser libre y liberar, desaparecida y derrocada la autoridad parental, un goce dionisíaco tipo “el gato se ha ido, divirtámonos”. Pero después pasa el tiempo y la fiesta sube de volumen y se te acaban las drogas y nadie tiene dinero para comprar más, y empiezan a romperse y a volcarse cosas, y hay un cigarrillo encendido sobre el sofá, y tú eres el anfitrión y también es tu casa, y poco a poco empiezas a desear que tus padres vuelvan y restauren algún jodido orden en tu casa. No es una analogía perfecta, pero lo que percibo en mi generación de escritores e intelectuales o lo que sea es que son las 3:00 a.m. y el sofá tiene varios agujeros por quemaduras y alguien ha vomitado en el paragüero y estamos deseosos de que el disfrute se termine. La labor parricida de los fundadores posmodernos fue magnífica, pero el parricidio produce huérfanos, y no hay jolgorio suficiente que pueda compensar el hecho de que los escritores de mi edad hemos sido huérfanos literarios a lo largo de nuestros años de aprendizaje. En cierto modo sentimos el deseo de que algunos padres vuelvan. Y por supuesto nos inquieta el hecho de que deseemos que vuelvan. Quiero decir, ¿qué nos pasa? ¿Somos una panda de nenazas? ¿De verdad necesitamos autoridad y límites? Y, claro, la sensación más inquietante de todas es que gradualmente comenzamos a darnos cuenta de que, a decir verdad, esos padres no van a volver nunca. Lo que implica que nosotros vamos a tener que ser los padres.

(David Foster Wallace, en Stephen J. Burn (ed.). Conversaciones con David Foster Wallace. Traducción de José Luis Amores. Málaga, Pálido Fuego, 2012. Imagen: Believe Anything, de Barbara Kruger)

jueves, 5 de junio de 2014

Lobos


Una fiera y sólo una aúlla en las noches del bosque.

El lobo es carnívoro encarnado y es tan ladino como feroz; si ha gustado el sabor de carne humana, ya ninguna otra lo satisfará.

De noche, los ojos de los lobos relucen como llamas de candil, amarillentos, rojizos; pero ello es así porque las pupilas de sus ojos se dilatan en la oscuridad y captan la luz de tu linterna para reflejarla sobre ti... peligro rojo; cuando los ojos de un lobo reflejan tan sólo la luz de la luna, destellan un verde frío, sobrenatural, un color taladrante, mineral. El viajero anochecido que ve de súbito esas lentejuelas luminosas, terribles, engarzadas en los negros matorrales, sabe que debe echar a correr, si es que el terror no lo ha paralizado.

Pero esos ojos son todo cuanto podrás vislumbrar de los asesinos del bosque que se apiñarán, invisibles, en torno de tu olor a carne, si cruzas el bosque a horas imprudentemente tardías. Serán como sombras, como espectros, los grises cofrades de una congregación de pesadilla; ¡escucha!, escucha el largo y ululante aullido..., un aria de terror súbitamente audible.

La melopea de los lobos es el trémolo del desgarro que habrás de sufrir, de suyo una muerte violenta. (…)

En el bosque, donde nadie habita, siempre estás en peligro. Si traspones los portales de los grandes pinos, allí donde las ramas hirsutas se enmarañan para encerrarte, para atrapar en sus redes al viajero incauto, como si la vegetación misma estuviera confabulada con los lobos que allí moran, como si los pérfidos árboles salieran de pesca para sus amigos..., si traspones los soportales del bosque, hazlo con la mayor cautela y con infinitas precauciones, pues si por un instante te desvías de tu senda, los lobos te devorarán. Son grises como la hambruna, despiadados como la peste. (…)

Teme al lobo y huye de él; pues lo peor es que el lobo puede ser algo más de lo que aparenta. (…)

(Angela Carter. “En compañía de lobos”, en La cámara sangrienta y otros cuentos.  Traducción de Matilde Horne. Barcelona, Minotauro, 1991)

martes, 3 de junio de 2014

Los límites de la ciudad


Cuando piensas en el resplandor, que en vez de contenerse
vierte su abundancia sin seleccionar en toda
ranura o recoveco no cubierto o escondido; cuando piensas

que los huesos de los pájaros, sin estrépito,
van quedos por la luz como en alto testimonio; cuando piensas
en el resplandor, que da en los ramales más culpables

del urdido corazón y no rechista en influirlos,
sin disfraces ni oscurecimientos; cuando piensas en
la abundancia de esa fuente que ilumina los rielantes

cuerpos azules y las doradas alas de las moscas arremolinadas
sobre la mierda o las tripas de una carnicería natural
y cuya tormenta generosa no flaquea nunca; cuando piensas

que vacío o aire, nieve o pedernal, sepia o lobo, rosa o liquen,
cada uno es aceptado en cuanta luz pueda tomar,
el corazón se amplia, el hombre se incorpora y mira alrededor,

la hoja no se alza por encima del hierbajo, la oscura
obra de las más profundas células afina con los arbustos de mayo
y el miedo encendido por tamaño aliento se trueca sereno en alabanza.

(H. R. Ammons. Basura y otros poemas.
Versiones de Daniel Aguirre y Marcelo Cohen.
Barcelona, Lumen, 2014)

lunes, 2 de junio de 2014

Amo y esclavo


El eros como exceso y transgresión niega tanto el trabajo como la mera vida. Por eso, el esclavo, que se agarra a la mera vida y trabaja, no es capaz de ninguna experiencia erótica, de deseo erótico. El sujeto actual del rendimiento se parece al esclavo hegeliano, si bien con el detalle de que no trabaja para el amo, sino que se explota de manera voluntaria a sí mismo. Como empresario de sí mismo es amo y esclavo a la vez. Se trata de una unidad funesta que Hegel no pensó en su dialéctica. El sujeto de la propia explotación está privado de libertad en idéntico grado que el sujeto de la explotación ajena. Si entendemos la dialéctica de amo y esclavo como historia de la libertad, no se puede hablar de final de la historia, pues todavía estamos muy lejos de ser realmente libres. Bajo esa hipótesis, hoy nos encontramos en un estadio histórico en el que el amo y el esclavo forman una unidad. Somos amo del esclavo o esclavos del amo, pero no hombres libres, cosa que habría de hacerse realidad, justo al final de la historia. Y, según lo dicho, la historia, entendida como historia de la libertad, no ha llegado al final. Sólo llegaría al final cuando nosotros fuéramos libres de hecho, cuando no fuéramos ni amos ni esclavos, ni esclavos del amo, ni amos del esclavo.

(Byung-Chul Han. La agonía del Eros.
Traducción de Raúl Gabás.
Barcelona, Herder, 2014)