lunes, 30 de septiembre de 2019

Mario Martin Ciruelos


In Memoriam

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

viernes, 17 de mayo de 2019

Dolly


En el recibidor había un perchero con muchos colgadores y un espejo. Allí estaba el sombrero de terciopelo de Dolly. A la salida del sol, cuando las brisas matutinas recorren la casa, el espejo reflejó el velo tembloroso.

Entonces supe, con una seguridad como nunca había sentido, que Dolly acababa de dejarnos. Unos momentos antes había dejado de ser vista y, en mi imaginación, la seguí. Había cruzado la plaza, luego dejó atrás la iglesia, ahora llegaba a la colina. La hierba de la pradera brillaba a sus pies. Era todo lo lejos que quería seguir.

(…)

He leído que el pasado y el futuro son una espiral cada una de cuyas vueltas contiene a la próxima y predice su forma. Quizá sea así, pero mi propia vida me ha parecido más bien una serie de círculos cerrados, de anillos que no se desarrollan con la libertad de una espiral. Para mí, pasar de uno a otro de esos círculos significa un salto, no un deslizamiento suave. Lo que me debilitaba era el intervalo entre ellos, la espera mientras no sabía hacia donde debía saltar. Tras la muerte de Dolly estuve como suspendido, sin saber adónde saltar, durante mucho tiempo.

(Truman Capote. El arpa de hierba. Trad. de Joaquín Adsuar. Barcelona, Anagrama, 1991)

jueves, 25 de abril de 2019

Si el hombre pudiera decir…



Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la verdad erguida en medio,
pudiera derrumbar su cuerpo,
dejando sólo la verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
como leños perdidos que el mar anega o levanta
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad que me exalta,
la única libertad porque muero.

Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

(Luis Cernuda. Los placeres prohibidos, 1931)

El poeta pide a su amor que le escriba



Amor de mis entrañas, viva muerte,
en vano espero tu palabra escrita
y pienso, con la flor que se marchita,
que si vivo sin mí quiero perderte.

El aire es inmortal. La piedra inerte
ni conoce la sombra ni la evita.
Corazón interior no necesita
la miel helada que la luna vierte.

Pero yo te sufrí. Rasgué mis venas,
tigre y paloma, sobre tu cintura
en duelo de mordiscos y azucenas.

Llena pues de palabras mi locura
o déjame vivir en mi serena
noche del alma para siempre oscura.

(Federico García Lorca. Sonetos, 1929-1935)