lunes, 16 de enero de 2017

Escribir (XVI)


Hay que escribir para los desdichados. Quienes poseen las riquezas de este mundo sólo se instruyen por su propia experiencia, las ideas abstractas, en cualquier asunto, les parecen tiempo perdido. No es así para los que sufren: la reflexión es su refugio más seguro y, aportadas por el infortunio de las distracciones de la sociedad, se examinan a sí mismos.

(Madame de Staël. Reflexiones sobre el suicidio (junto con De la influencia de las pasiones). Traducción de David Martín Hernández. Córdoba, Berenice, 2007)

domingo, 15 de enero de 2017

Felice


Muchas veces he pensado que la mejor forma de vida, para mí, consistiría en recluirme en lo más hondo de un sótano espacioso y cerrado, con una lámpara y todo lo necesario para escribir. Me traerían la comida y me la dejarían siempre lejos de donde yo estuviera, tras la puerta más exterior del sótano. Ir a buscarla, en camisón, a través de todas las bóvedas del sótano, sería mi único paseo. Luego regresaría a mi mesa, comería lenta y concienzudamente, y en seguida me pondría otra vez a escribir.

(Franz Kafka. Cartas a Felice. Traducción de Pablo Sorozábal. Madrid, Alianza, 1977)

jueves, 12 de enero de 2017

lunes, 19 de diciembre de 2016

Antiguo invierno


Deseo de tus manos claras
en la penumbra de la llama:
sabían a roble y a rosas,
a muerte. Antiguo invierno.

Buscaban el mijo los pájaros
y eran de nieve al instante;
así las palabras.
Un poco de sol, un resplandor de ángel,
y luego la niebla; y los árboles,
y nosotros en la mañana hechos de aire.

(Salvatore Quasimodo. Acque e terre (Aguas y tierras). 
Florencia, en la revista Solaria, 1930)

(ANTICO INVERNO Desiderio delle tue mani chiare/ nella penombra della fiamma:/ sapevano di rovere e di rose;/ di morte. Antico inverno.// Cercavano il miglio gli uccelli/ ed erano subito di neve;/ cosě le parole./ Un po' di sole, una raggera d'angelo,/ e poi la nebbia; e gli alberi,/ e noi fatti d'aria al mattino. Versión de FN)

jueves, 15 de diciembre de 2016

Llegada la noche


Llegada la noche, vuelvo a casa y entro en mi escritorio; en su puerta me despojo de la ropa cotidiana, llena de barro y mugre, y me visto con paños reales y curiales; así, decentemente vestido, entro en las viejas cortes de los hombres antiguos, donde acogido con gentileza, me sirvo de aquellos manjares que son sólo míos y para los cuales he nacido. Estando allí no me avergüenzo de hablar con tales hombres, interrogarles sobre las razones de sus hechos, y esos hombres por su humanidad me responden. Durante cuatro horas no siento fastidio alguno; me olvido de todos los contratiempos; no temo a la pobreza ni me asusta la muerte. De tal manera quedo identificado con ellos.

(Nicolás Maquiavelo. El Príncipe. Traducción de Miguel Ángel Granada. Madrid, Alianza, 1981. Imagen: Woman Reading by Candlelight de Peter Vilhelm Ilsted, 1908)

martes, 13 de diciembre de 2016

Surcos


Durante mucho tiempo pensé que había heredado el oficio de mis padres, por la lentitud de los surcos labrados alineados sobre la página, con grandes esfuerzos del brazo, del puño, de la bóveda de la espalda y del tiempo empezado antes del alba: como escritor, yo vivía como el arcaico campesino del boustrophedón, vieja palabra que significaba que los bueyes que tiran del arado se vuelven al cabo del surco para emprenderla con el que sigue, en línea paralela, pero en sentido inverso.

(Michel Serres. Variaciones sobre el cuerpo. Traducción de Víctor Goldstein. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2011)