martes, 29 de noviembre de 2016

Chet


Luz


La luz
no muere sola
arrastra en su desastre
todo lo que ilumina.
                        
Así el amor.

(Eduardo Lizalde. Nueva memoria del tigre. Poesía 1949-2000. México, FCE, col. Letras Mexicanas, 2005)

lunes, 28 de noviembre de 2016

Los tiempos han cambiado


-Pat Garrett (James Coburn)
¿Puedo hablarte claro?

 -Billy el Niño (Kris Kristofferson)
Sé que has venido para eso.

-Pat Garrett (James Coburn)
La gente de orden...quiere que te vayas. Que salgas del país.

-Billy el Niño (Kris Kristofferson)
¿Me lo exigen o me lo ruegan?

-Pat Garrett (James Coburn)
Te lo pido yo.
Dentro de cinco días te obligaré a hacerlo. Cuando sea sheriff del condado de Lincoln.

-Billy el Niño (Kris Kristofferson)
El viejo Pat. Sheriff Pat Garrett.
Vendido al grupo de Santa Fe. ¿Cómo te sientes?

-Pat Garrett (James Coburn)
Es...como si los tiempos hubieran cambiado.

-Billy el Niño (Kris Kristofferson)
Los tiempos, tal vez.
Yo no.
Oye, ¿por qué no te quedas? Todavía tenemos unos días, ¿verdad?

-Pat Garrett (James Coburn)
No. Tengo que volver.

-Billy el Niño (Kris Kristofferson)
Adiós Pat.

-Pat Garrett (James Coburn)
Adiós Billy.

-Billy el Niño (Kris Kristofferson)
No abuses de tu suerte.

-Pat Garrett (James Coburn)
No me preocupa mi suerte.

-Compañero del grupo de Billy
¿Por qué no lo matas Billy?

-Billy el Niño (Kris Kristofferson)
¿Por qué?
Porque es mi amigo.

(Pat Garret and Billy the Kid, dirigida por Sam Peckinpah, con guión de Rudy Wurlitzer, en 1973)

jueves, 24 de noviembre de 2016

La luz de Velázquez o El niño de Vallecas


Porque la luz de Velázquez no es, como suele ser la de otros muchos pintores, una luz… pictórica, es decir, ocupada en modelar, en resaltar las formas, las bellas formas del mundo; no es una luz estética, sino ética, buena; es, en fin, una luz que luce para todos, aunque es cierto también que de esta luz de Velázquez no se puede decir nunca que luzca, que brille, que actúe; es, y nada más, con eso le basta; no es una luz intensa y afanosa, que quiera con ahínco apoderarse de esto o de aquello –como le sucede a la luz de Rembrandt--, sino una sosegada luz reparadora, consoladora. Es una luz que sólo quiere claridad, simple claridad, poner armoniosamente en claro todo.

Pero esta luz igualatoria, que parecía en efecto lucir igual para todos y aclararlo todo, tropezará un buen día con una extraña criatura, El niño de Vallecas, y quedará prendada de su rostro, de la divina bobería de su rostro, de su divino rostro; la luz entonces alterará, por esta vez, su natural y modosa condición, convirtiéndose en otra luz, en una luz más alta, más elevada. Es como si la luz, la simple luz del día al tropezarse con ese rostro lo encontrara ya iluminado, ocupado por una luz anterior, interior, y no tuviera más remedio, de no pasar de largo, que fundirse con ella, que añadirse a ella. Es una faz, diríase, naciente, como una luna naciente, dolorosamente luminosa, y también dichosa, plena como una hostia alzada y redentora. El niño de Vallecas es todo él como una elevación, como una ascensión. Todos los retratos velazqueños vienen a ser como altares. Pero El niño de Vallecas es el altar mayor de su obra, el escalón supremo de su obra desde donde poder saltar, pasar al otro lado de todo, más allá de todo. En ese rostro tierno, manso, santo, animado por una sutil mueca agridulce, es donde con más limpieza parece producirse el sacrificio de la realidad, y también el sacrificio del arte. En los demás retratos de bufones Velázquez aún conserva una actitud de hombre particular y bueno, amparador de unas figuras humanas lamentables, pero en El niño de Vallecas todo eso ha desaparecido; aquí, pintura y realidad –sin ser alteradas ni evitadas— parecen trocarse, de pronto, en otra cosa, en algo como un cántico, no un cántico artístico, sino un cántico sagrado, es decir, en una especie de misa cantada, en ¡Gloria! A Don Antonio el Inglés y al Calabacillas –por lo demás, como también hace con Felipe IV, o con el Príncipe Baltasar Carlos— Velázquez los había observado compasivamente, sin complacencia ni crueldad caracterizadora, pero sí fijándolos en su mísera condición; había sentido por ellos misericordia, pero eso no podía salvarlos, sino dejarlos más perdidamente en la tierra, hundidos en la tierra. Ante El niño de Vallecas Velázquez no actúa en absoluto, no se compadece, no se lamenta, no sufre ni se complace, no se burla o ensaña, ya que ha logrado, por fin, su más perfecta pasividad creadora; al Niño de Vallecas Velázquez lo deja, intacto, vivir, venir a vivir, a estarse entero y verdadero en su gloria de ser vivo, dueño en redondo de su ser central. ¿Qué importa, pues, que por fuera, accidentalmente, resulte ser un enano, o un bufón, o un bobo, o un loco? Y por otra parte, ¿qué puede importar que esto sea un lienzo, unos trazos, unas pinceladas, unos colores, unas formas, si todo eso que constituye la pintura, la hermosa tarea de la pintura, ha sido sobrepasado, vencido por completo? Lo uno y lo otro, es decir, todas esas “circunstancias” juntas, pertenecen a la realidad, a la simple realidad, y ya vimos que Velázquez se había desinteresado, distanciado de ella. Ahora, ante esa extraña criatura de Dios, Velázquez permanecerá completamente inmóvil, tenso, sin decir nada, y dejará que hable la criatura misma, o mejor, su ser desnudo, su ser solo, libre, liberado, salvado de sí. Pero El niño de Vallecas no articula palabras: nos mira, nos mira entre arrobado y desdeñoso, melodiosamente lastimero, dolido, sonreído; al mismo tiempo que inclina, dulce, la cabeza hacia un lado, parece levantarla en un  gesto altanero de autoridad redentora; parece que intentase dar a entender algo muy difícil, excesivo para nosotros; que nos llamara y arrastrara hacia su extraña orilla, acaso llena de pena y vergüenza de saberse en la verdad, mientras nosotros seguimos aquí, en la realidad únicamente.

(Ramón Gaya. Velázquez, pájaro solitario. Granada, Trieste, col. Biblioteca de la Cultura Andaluza, 3, 1988)

martes, 22 de noviembre de 2016

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Cuatro poemas de Belén Quejigo


HERIDA

Vienes como la ciencia y el olor a muerte.

Mira.

Mira el rostro magullado de las muchachas
que tiemblan en el límite
de aquellos que
no rezan.

AUTO DE FE

Hay sangre dentro de mi cráneo.
El pensamiento exhala los vapores de la muerte.
A veces
también huele a doctrina entre las putas.

CATÁSTROFE

Odio el mundo.
Sólo hoy.
Perdóname, madre.

LA AMANTE DE SAFO

El mundo entero ha pasado por tu boca.

Tus labios lo han tocado todo.

Tú,

el más largo error del mundo.

Entra en mí
como los relojes sin cuerda
y las venas.

(Belén Quejigo. Paz armada
Madrid, Amargord, 2016)