perder perderlo todo
y cuando lo hayas perdido todo
has de perder eso también
(Mario Montalbetti)
Post tenebras spero lucem
(Job 17,12)
Cuando ya no quede nada por encontrar,
seguiré buscando. Largos y numerosos
los días de la pérdida y del abandono,
del silencio que no mana y de las manos
vacías del desencuentro, crisol de engaños.
Pero seguiré buscando. Para eso he venido.
Buscaré por las poblaciones de la memoria
las palabras que dije y no dije
y fueron el principio de la pérdida;
buscaré por los rincones de las habitaciones sobrevividas,
por los laberintos tóxicos de las intemperies feroces,
las palabras que no dije y dije
y fueron el principio del abandono.
Los lugares y rostros que perdí y quizá fueron
y serán siempre los paisajes de mi infancia,
los buscaré hasta mi último día en la tierra.
Porque el encuentro es la búsqueda misma,
y la búsqueda, el sueño de un nuevo encuentro,
y la vida es una herida abierta
para la que seguiremos buscando
hilo de luminosa sutura
en los altos nidos de la alegría,
el abrazo que me sostendrá
en los secretos abismos del desconsuelo.
Y ocurre que viene, ya está aquí,
la más negra de las noches,
y ocurre que mis manos son haces de luz
y que hay en mi corazón inextinguibles vínculos de fuego.
Porque quien alguna vez ha sido poseído por la belleza,
arrebatado por tanta iluminada locura,
inundado de luz tanta, de tanta luz
en transparencias de frecuente blancura,
no morirá nunca, nunca podrá morir.
Y ocurre que la tristeza está de vuelta
y que quizá será vencida por segunda o por vez primera.
Y sé que me miento: en las celestes esferas de la dicha
siempre he sido un segundón; excluido,
nunca he merecido ni mereceré la alegría.
Porque el dolor pesa más y vuela más alto que la belleza.
Y, sin embargo, la rabia a veces
de mi estúpido corazón, ese error
que han sido casi todos los días de mi vida.
Y ocurre que esto no es poesía,
esto no es premiable, es decir, publicable,
porque es obvio, confesional, olvidable, resabido,
porque se funde con la vida, alguna vida.
Y esto es horrible. Es inadmisible que los muertos,
los que han muerto alguna vez sigan viviendo.
Que continúen. Soñando. Escribiendo.
Porque la vida, mi vida, fue perderme,
abandonarlo todo…
para vivir, para seguir viviendo.
Y esto es feo, muy feo. Sentir que la música
y las palabras y el silencio
salvaron y salvarán tu vida.
Enhebrar versos insulsos, altisonantes,
mientras escribo, con la ayuda mínima (sic)
de mis alumnos, una tesis inolvidable,
una exégesis rentable, un artículo perfecto…
Eso es bello, demasiado bello.
Y escribir “servicio recaudación diputación /
objeto tributario / lectura actual /
consumo m3 / estimado cliente”…
es bello, demasiado bello…
Y es feo, soy muy feo. Entre otras cosas,
porque es mentira, porque miento.
La poesía, que oculté siempre, no me hizo feliz (sic)
(o sólo dio sentido y forma a la tristeza);
la música, sí más torpe y solitario.
Y ocurre que yo llegué bien fregado
a la escritura, convulso, machacón
(que se jodan comerciantes y pesebreros).
Y ocurre, amigos, que me perdí del todo,
equivoqué todos los caminos,
y descuidé lunático los jardines íntimos,
de la blanca bruma los jardines ciegos
--de un espejismo a otro, giróvago extraviado
en el laberinto que él mismo
en sí mismo ha construido,
porque el mundo, lo que llaman mundo,
no existe, nunca ha existido.
Y el gozo sin más de la caída,
lo que me demoniza, empalma y sodomiza,
porque nada se repite sino este desastrado desafuero.
Y los pelos rufos, la piel blanquísima,
los ojos verdes, hermosura tanta de A,
que hizo de mi corazón un interminable sí,
y a la postre un velado sufrimiento.
Encontrarte será no haberme encontrado;
encontrarme será no haberte conocido.
Seguiré buscando hasta el soplo postrero,
hasta el insobornable, último aliento.
Buscar y buscarte, otra cosa no he hecho.
Otra cosa seré, otra cosa no he sido.
Y perder lo siempre por encontrar y nunca perdido.
La tarde en que A murió (no soporto
los amaneceres vespertinos,
los... y llega la noche y digo sí).
Y perderme en las inconmensurables
o angostas extensiones de los desencuentros
cuando mi corazón es un hosco confín de tempestades.
(Y casi tres décadas me ha llevado aprender a odiar,
y ahora que he aprendido, al odio de mí he desalojado).
Y atendí sólo a los juegos en los que sabía que no podría ganar,
mi corazón en bancarrota, mi corazón-cruck up.
Y mi caos desolado, mis terminables síes,
los pasos en esta calle sin sosiego,
la única toalla, sucia, deshilachada,
que me queda por tirar,
los argumentos oficiosos,
el speed de la conciencia,
los defenestrados vademécum,
el próximo síndrome de ausencia,
la gula azul, que esconde menos,
mis enfermedades sin número
y los miles de días que pasé solo,
la corriente alterna de la vida
y la alegre mendicidad de mi sonrisa,
mi doctorado cum laude
en impúdicos aseos públicos,
y mis pulsaciones aún invictas
como la ofensa del ángel o su caricia,
y los destellos de una madurez
prematura y dolorosa donde había
autobuses vacíos, pensiones tristes
y tristes habitaciones, días idénticos a días,
y mis noches, que acababan durmiendo
con mujeres ausentes o desdichadas,
con brutales hombres
(lamiendo, devorando luz la noche,
enterradora de sí misma),
y la creencia de haber matado
al niño que habitaba en mí,
y las pálidas pastillas contra memento,
y fiel a su retórica de fragua
la caligrafía de mi corazón ardiendo,
y el ambulante mundo sumergido
de los vivos y los muertos...
y más allá de este pantanoso delirio
(esperaban, se esperaba todo de mí),
más allá del acmé, las clarificantes aguamieles
que calcinan, como en la tormenta
la espuma incendiada de las nubes o como una canción
o un aguacero en medio del infierno,
así tu voz diciéndome a lo lejos,
o al otro lado del teléfono:
Te penso sempre, sempre, sempre.
Y te amurabas loca en las baldas de la noche.
Y aún hoy, catenaria, en el paroxismo,
huelo tu fiebre, corcho vinoso a la deriva.
Y como el tesoro escondido
en una isla de ensueño
o el llanto a mil años luz
de los agujeros negros,
así ha sido el lugar del perdón,
y nuestro entorno se fue poblando de fantasmas
que se sumaban a los heredados, a los redivivos,
y yo coleccionaba los rostros en que me vi,
autorretratos del que no tiene rostro,
del que no existe, porque nunca ha existido,
y la ficción imparable,
los improbables relatos,
las células suicidas de lo posible.
(Como todos mis amores, inexistentes,
A no existe, nunca ha existido.
Como el amor. Como estos versos).
Y lo por venir y lo sido,
la bisagra recién engrasada, antioxidante,
en las puertas del presente.
Y mi oscuro corazón,
del que cuelga una vez más
este cartel, viejo conocido:
CERRADO POR MELANCOLÍA.
Y bienvenidos a la tristeza
que no tuvo principio, que no tiene fin.
(Y, sin embargo, no creas, abril,
que he olvidado tu aire fresco
de mañana en reciente luz hendido).
Y aún esta luz, tan pequeña, tan poca cosa.
Esta luz. Tan mía, tan sucia e insidiosa.
Y esta luz, tanta estupidez destructiva,
mi cielo más allá del cielo,
mi inagotable exploradora.
A la que tanto desprecio. Y sin embargo...
Por la que viviré y he vivido.
Por la que vivo.
Porque sigue la vida.
Que amo y desamo.
Que no soporto y me importa.
Que me busca y busco,
que me deja y dejo.
Y aún, aún esta luz.
Por la que me he estado matando. Sí.
Por la que –quiero ir, volver
a (alguna) casa-- me estoy muriendo.
Por la que muero.
(Y sin embargo, sí).