martes, 4 de agosto de 2020

Tabardíe



(Lo que sucedió a un rey con un hombre que le dijo que sabía hacer oro)

Cuando estas noticias llegaron al rey, lo mandó llamar y le preguntó si era verdad cuanto se decía de él. El pícaro, aunque al principio no quería reconocerlo diciendo que él no podía hacer oro, al final le dio a entender que sí era capaz, pero aconsejó al rey que en este asunto no debía fiarse de nadie ni arriesgar mucho dinero. No obstante, siguió diciendo el pícaro, si el rey se lo autorizaba, haría una demostración ante él para enseñarle lo poco que sabía de aquella ciencia. El rey se lo agradeció mucho, pareciéndole que, por sus palabras, no intentaba engañarlo. El pícaro pidió las cosas que necesitaba que, como eran muy corrientes excepto una bola de tabardíe, costaron muy poco dinero. Cuando las trajeron y las fundieron delante del rey, salió oro fino que pesaba una dobla. Al ver el rey que de algo tan barato sacaban una dobla de oro, se puso muy alegre y se consideró el más feliz del mundo. Por ello dijo al pícaro, que había hecho aquel milagro, que lo creía un hombre honrado. Y le pidió que hiciera más oro.

(Don Juan Manuel. El Conde Lucanor. Edición de Juan Vicedo. Alicante, Aguaclara, 1997)

(GLOSA: En el enxiemplo de agora, rey et pícaro son el mismo)

jueves, 11 de junio de 2020

El paso siguiente en el baile



Todavía seguía siendo el tipo de hombre que podía despertarse por las mañanas sin abrir los ojos y dejar que el nuevo día penetrase en él a través del sonido en vez de la luz. Era primavera, los días eran suaves y secos y los sonidos, como la gente, tenían mayor poder de convicción. Paul escuchaba, desde la cama de la gran casa de madera, el golpe de las puertas metálicas de los muelles al abrirse al fondo de la calle. Una, dos… Nerby Billiot las abría de par en par para que entrara el sol. Desde los campos de caña de azúcar al otro lado del río, una locomotora silbaba al llegar a un cruce con la voz atenuada de un juguete de niño. En el centro del río Chieftan, una cadena trepidaba sobre la cubierta metálica de un barco, y desde el sur del pueblo, como el saludo de un pariente, llegaba el bordón profundo y vaporoso de la reconstruida draga Guenwald.

Colette se empezó a mover a su lado y él se pegó a su espalda y así se quedaron, esperando como dos cucharas en un cajón a que el sonido estridente del silbato de la Louisiana Sawmill Company les llegara desde el norte del pueblo, para decirles que era la hora de levantarse…

(Tim Gautreaux. El paso siguiente en el baile. Traducción de José Gabriel Rodríguez Pazos. Madrid, La Huerta Grande, col. Las Hespérides, 2019)