y no sólo libros, o sí, porque el mundo es un libro abierto
que está ahí para leerlo, como se lee cualquier libro abierto, porque el mundo
es también un cuaderno abierto que está ahí para escribirlo e interpretarlo,
como se escribe un poema o un tratado científico o una sinfonía o un texto
sagrado, como sobre estos folios amarillentos sobre los que hoy escribo como
escribía entonces sobre aquellos rostros inolvidables y aquellos cuerpos luminosos
e ilimitados, y en aquellos cuadernos y libretas que perdía todo el tiempo, y
no sé lo que estoy escribiendo, la verdad, ni nunca sabré qué o por qué estoy
escribiendo, pero sí sé que estoy aprendiendo a escribir, como si fuera un
niño, y que cada cierto tiempo los dioses se sientan a mi lado, y nunca he
olvidado aquellos rostros ni aquellos cuerpos celestes y luminosos que
deslumbraban a los mismísimos dioses, porque de aquellos rostros y de aquellos
cuerpos toman la luz los dioses, o qué se cree, aún no se ha enterado, de eso
trata la fe y las ganas de vivir y hasta de resucitar, casi todo lo demás son
sólo monsergas estériles y prohibiciones estúpidas y blablablás ineptos, y sí,
de aquellos rostros hermosos y cuerpos celestes que siguen y seguirán siempre
viajando conmigo aunque no viajen, estarán siempre en mí aunque hayan muerto y
por ahora ya no sigan viajando, y seguiremos viajando juntos y en círculos,
aunque esto sea muy complicado de explicar, mañana le contaré si tiene tiempo,
es loquísimo, también le digo, así que no me lo tenga muy en cuenta, pero lo
tuve bien claro desde niño, lo de que viajamos siempre en círculos, o sumidos
en espirales, lo digo como me lo dijo también aquel poeta del que he hablado
antes, porque aunque fuera muy joven, el flaco aquel sabía mucho, y muchas
veces las gentes de los pueblos me acercaban a este sitio y a aquel otro, donde
había una estación de tren o alguna parada de autobús, a veces incluso después
de haberme enseñado el pueblo y sus contornos, después incluso de haberme dado
de comer y hasta de haberme dejado dormir bajo sus techos, o de invitarme a las
fiestas de aquellos pueblos en donde muchas veces encontré a aquellos rostros
que miré y que me miraron y que nunca he podido olvidar, porque recuerdo sus
nombres y el tacto y el olor de su piel y de su pelo y la suavidad de su tez y
el mar de sus ojos recién amaneciendo, y el sabor de su vientre y el calor de
sus pechos y la dulzura de sus labios, y recuerdo también nuestras manos
entrelazadas, esa es mi única tarea, la única razón por la que vivo, mi única
razón para existir, y sí,
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