martes, 24 de marzo de 2026

El viajero ensimismado (III)

y no sólo libros, o sí, porque el mundo es un libro abierto que está ahí para leerlo, como se lee cualquier libro abierto, porque el mundo es también un cuaderno abierto que está ahí para escribirlo e interpretarlo, como se escribe un poema o un tratado científico o una sinfonía o un texto sagrado, como sobre estos folios amarillentos sobre los que hoy escribo como escribía entonces sobre aquellos rostros inolvidables y aquellos cuerpos luminosos e ilimitados, y en aquellos cuadernos y libretas que perdía todo el tiempo, y no sé lo que estoy escribiendo, la verdad, ni nunca sabré qué o por qué estoy escribiendo, pero sí sé que estoy aprendiendo a escribir, como si fuera un niño, y que cada cierto tiempo los dioses se sientan a mi lado, y nunca he olvidado aquellos rostros ni aquellos cuerpos celestes y luminosos que deslumbraban a los mismísimos dioses, porque de aquellos rostros y de aquellos cuerpos toman la luz los dioses, o qué se cree, aún no se ha enterado, de eso trata la fe y las ganas de vivir y hasta de resucitar, casi todo lo demás son sólo monsergas estériles y prohibiciones estúpidas y blablablás ineptos, y sí, de aquellos rostros hermosos y cuerpos celestes que siguen y seguirán siempre viajando conmigo aunque no viajen, estarán siempre en mí aunque hayan muerto y por ahora ya no sigan viajando, y seguiremos viajando juntos y en círculos, aunque esto sea muy complicado de explicar, mañana le contaré si tiene tiempo, es loquísimo, también le digo, así que no me lo tenga muy en cuenta, pero lo tuve bien claro desde niño, lo de que viajamos siempre en círculos, o sumidos en espirales, lo digo como me lo dijo también aquel poeta del que he hablado antes, porque aunque fuera muy joven, el flaco aquel sabía mucho, y muchas veces las gentes de los pueblos me acercaban a este sitio y a aquel otro, donde había una estación de tren o alguna parada de autobús, a veces incluso después de haberme enseñado el pueblo y sus contornos, después incluso de haberme dado de comer y hasta de haberme dejado dormir bajo sus techos, o de invitarme a las fiestas de aquellos pueblos en donde muchas veces encontré a aquellos rostros que miré y que me miraron y que nunca he podido olvidar, porque recuerdo sus nombres y el tacto y el olor de su piel y de su pelo y la suavidad de su tez y el mar de sus ojos recién amaneciendo, y el sabor de su vientre y el calor de sus pechos y la dulzura de sus labios, y recuerdo también nuestras manos entrelazadas, esa es mi única tarea, la única razón por la que vivo, mi única razón para existir, y sí,

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