y cómo se llamaba aquel tipo triste y flaco y también viajero que conocimos en una aldea del norte lejano y que apenas hablaba pero sonreía todo el tiempo y era muy amable y generoso y nos encandiló a todos, sobre todo a la chicas, y me dijo algo así como que eligiera bien mi locura, porque el viaje sería largo y complicado, y estaba completamente herido aquel tipo, eso creo yo, aunque su herida fuera luminosa y sonriera todo el rato, y a veces encontré en algunos rostros el amor y me quedé con esos rostros sólo para mirarlos, para mirar ese rostro y ese y ese otro y otra vez ese rostro, porque todos los rostros son el mismo rostro y ningún rostro se parece a otro rostro, y para mirar el amor con los ojos abiertos o cerrados pero para mirarlo despacio, para mirarnos, y qué más da, y quién sabe qué es o qué sea el amor, pero entonces yo ya sabía que el amor puede sobrevivir aunque nunca sea el mismo, pero tienes que esforzarte, por así decirlo, así que mi mayor tarea a día de hoy es la de esforzarme mucho, muchísimo, para que no desaparezcan de mis ojos ni de la memoria de mis manos aquellos rostros que amé y que aún amo, y aquellos cuerpos celestes, aquellos cuerpos por los dioses alumbrados, y aquellos rostros que miraba durante toda la noche y que de alguna manera aún miro, y muchas veces me fui en silencio para no despertar a aquellos cuerpos luminosos y aquellos rostros felices y amados, para no olvidarlos, para no dejar de mirarlos, y muchas noches me las pasé mirando aquellos rostros y cuerpos luminosos y escribiéndolos, porque yo entonces escribía mientras ellas dormían, escribía y leía casi todo el tiempo, la verdad, aunque sólo lo hiciera en mi mente, porque yo siempre he sido el velador y el desvelador de sueños, tú eres el hechicero de la tribu, me dijo una vez una señora blanquísima que vivía sola en una casa grande y serrana que se desmoronaba a un compás muy lento,
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