jueves, 26 de marzo de 2026

El viajero ensimismado (V)

XI

URBANIZACIONES


Las urbanizaciones son un continuo cruce de caminos

Los mensajeros aparcan los coches en las cunetas

Sólo quieren tu alma, no tienes elección


Adormecer el sufrimiento

en las urbanizaciones con riesgo de abandono


A veces adopta la forma de un perro

A veces es una brisa

A veces se revuelca entre los rayos del sol


Éramos nómadas en la periferia

No teníamos entradas ni salidas

Éramos los hijos predilectos del sol


Éramos unos muchachos

demasiado hermosos y demasiado ingenuos

abrazados a la desesperación


Sabíamos que nadie nos quería

nos revolcábamos entre la brisa

nos balanceábamos sobre los rayos del sol


Moríamos en accidentes de tráfico

o después de un viaje aciago

o alzando la mano contra nosotros mismos


Algunos resucitábamos

porque los dioses sólo quieren para sí

a los muchachos solitarios y hermosos

que no son queridos y que ya no se balancean

y no pueden ser bendecidos por el sol


A veces adopta la forma de un perro

A veces es una brisa

A veces es una disculpa del sol


Y las muchachas crucificadas

contra las tapias del cementerio

o en las traseras de un coche,

aquellas muchachas hermosas

como rielantes lunas de enero,

aquellas muchachas moribundas y hermosas

que olían a hidrocarburo y a rosas,

aquellas muchachas hermosas,

tréboles de cinco hojas

que en las frías noches de invierno

-aquellas muchachas hermosas-

eran las radiantes hijas del sol


Un cielo festoneado de dragones y pegasos

un cielo de cigüeñas y milanos y nubes de color

eran nuestros cuerpos retorciéndose de dolor


Nuestros amigos muertos nos visitan

porque la muerte no existe y siempre

son muchachos hermosos que nos hablan

como aquellos muchachos hermosos

que no paraban de reír y de hablar

y ahora son remansos en las aguas del olvido

y el recuerdo de lo que no han vivido

y seguirán siendo hermosos, la luz del día,

la luz de nuestra vida y de nuestro dolor


Dragones y pegasos mejoran el cielo

porque la muerte no existe

porque eran hermosos y continúan vivos


Se pueblan de amapolas y salamanquesas

las urbanizaciones que nunca hemos visto.


Se elevan las ramas últimas de los olivos

después de la lluvia y el ojear del sol.


A veces adopta la forma de un perro

A veces es una brisa

A veces te sientes el único hijo del sol


Porque soñábamos, porque enganchados

a las palabras y a la risa y a los días felices,

porque enganchados a la desesperación


Porque llevamos en nuestros cuerpos

las marcas de una tristeza infinita


Las alas heridas de la caída


Y este frío que aún siento en mis manos


Las almas heridas de la resurrección


A veces era una brisa tristísima por los olivos


A veces era una brisa


Yo sólo escribo poemas de amor

miércoles, 25 de marzo de 2026

El viajero ensimismado (IV)

VIId

yo entonces también era el muchacho más triste y más tímido del mundo, es verdad, pero también era el muchacho más alegre, y estaba siempre enamorado, una cosa no quita la otra, y estaba siempre enamorado de todo lo que existe y de todo aquello que no existía pero que podría existir o que tal vez sólo existía en mi cabeza pero que estaba ahí y yo lo tocaba y lo veía y lo sentía, y todo eso al mismo tiempo, porque era mi vida, tan sólo era mi vida, cierto, pero mi vida lo era todo, o qué, acaso la vida no lo es todo, y yo estaba enamorado del mundo y de la vida, como digo, y de todos los rostros que veía y no veía, y cuando estás enamorado del mundo y de la vida, y, otra vez las interferencias, aquel poeta flaco del que le he hablado antes de pronto oscureció antes de que llegara el alba y de pronto estábamos solos y me dijo aquella noche en aquella aldea del norte lejano que si estás enamorado del mundo y de la vida algún día no tendrás mundo ni vida, y nunca más nadie te querrá, y nunca más nadie se enamorará de ti y tú dejarás de estar enamorado, y viajarás solo y no tendrás donde dormir ni una triste cobija o manta que te arrope o te cubra los pies fríos ni unos ojos que te miren y a los que mirar ni un cuerpo al que abrazar por las noches ni el calor de unas manos, pero yo seguí viajando, porque quería seguir estando enamorado de las gentes, de la vida, del mundo, y todo lo demás no me importaba, y si acaso algún día me abandonaba la fortuna de vivir, o me moría sólo, o me moría de frío o me moría de hambre o me moría por falta de amor, o no recordara aquellos cuerpos celestes y aquellos rostros luminosos y tan amados, yo seguiría estando siempre loco por vivir, seguiría estando siempre enamorado, y no viviría, como en las canciones antiguas o en tantos poemas, si no estuviera muerto de amor o mortalmente enamorado, y ya le voy a dejar, porque nos están llamando para cenar, y para un solo cigarrillo y para lo de las pastillas, y porque dicen que me estoy muriendo de tristeza y soledad, y no es verdad, salvo lo de la tristeza y la soledad, y lo de que me estoy muriendo, y pronto nos iremos a dormir, buenas noches, hasta mañana,

martes, 24 de marzo de 2026

El viajero ensimismado (III)

VIIc

y no sólo libros, o sí, porque el mundo es un libro abierto que está ahí para leerlo, como se lee cualquier libro abierto, porque el mundo es también un cuaderno abierto que está ahí para escribirlo e interpretarlo, como se escribe un poema o un tratado científico o una sinfonía o un texto sagrado, como sobre estos folios amarillentos sobre los que hoy escribo como escribía entonces sobre aquellos rostros inolvidables y aquellos cuerpos luminosos e ilimitados, y en aquellos cuadernos y libretas que perdía todo el tiempo, y no sé lo que estoy escribiendo, la verdad, ni nunca sabré qué o por qué estoy escribiendo, pero sí sé que estoy aprendiendo a escribir, como si fuera un niño, y que cada cierto tiempo los dioses se sientan a mi lado, y nunca he olvidado aquellos rostros ni aquellos cuerpos celestes y luminosos que deslumbraban a los mismísimos dioses, porque de aquellos rostros y de aquellos cuerpos toman la luz los dioses, o qué se cree, aún no se ha enterado, de eso trata la fe y las ganas de vivir y hasta de resucitar, casi todo lo demás son sólo monsergas estériles y prohibiciones estúpidas y blablablás ineptos, y sí, de aquellos rostros hermosos y cuerpos celestes que siguen y seguirán siempre viajando conmigo aunque no viajen, estarán siempre en mí aunque hayan muerto y por ahora ya no sigan viajando, y seguiremos viajando juntos y en círculos, aunque esto sea muy complicado de explicar, mañana le contaré si tiene tiempo, es loquísimo, también le digo, así que no me lo tenga muy en cuenta, pero lo tuve bien claro desde niño, lo de que viajamos siempre en círculos, o sumidos en espirales, lo digo como me lo dijo también aquel poeta del que he hablado antes, porque aunque fuera muy joven, el flaco aquel sabía mucho, y muchas veces las gentes de los pueblos me acercaban a este sitio y a aquel otro, donde había una estación de tren o alguna parada de autobús, a veces incluso después de haberme enseñado el pueblo y sus contornos, después incluso de haberme dado de comer y hasta de haberme dejado dormir bajo sus techos, o de invitarme a las fiestas de aquellos pueblos en donde muchas veces encontré a aquellos rostros que miré y que me miraron y que nunca he podido olvidar, porque recuerdo sus nombres y el tacto y el olor de su piel y de su pelo y la suavidad de su tez y el mar de sus ojos recién amaneciendo, y el sabor de su vientre y el calor de sus pechos y la dulzura de sus labios, y recuerdo también nuestras manos entrelazadas, esa es mi única tarea, la única razón por la que vivo, mi única razón para existir, y sí,

lunes, 23 de marzo de 2026

El viajero ensimismado (II)

VIIb

y cómo se llamaba aquel tipo triste y flaco y también viajero que conocimos en una aldea del norte lejano y que apenas hablaba pero sonreía todo el tiempo y era muy amable y generoso y nos encandiló a todos, sobre todo a la chicas, y me dijo algo así como que eligiera bien mi locura, porque el viaje sería largo y complicado, y estaba completamente herido aquel tipo, eso creo yo, aunque su herida fuera luminosa y sonriera todo el rato, y a veces encontré en algunos rostros el amor y me quedé con esos rostros sólo para mirarlos, para mirar ese rostro y ese y ese otro y otra vez ese rostro, porque todos los rostros son el mismo rostro y ningún rostro se parece a otro rostro, y para mirar el amor con los ojos abiertos o cerrados pero para mirarlo despacio, para mirarnos, y qué más da, y quién sabe qué es o qué sea el amor, pero entonces yo ya sabía que el amor puede sobrevivir aunque nunca sea el mismo, pero tienes que esforzarte, por así decirlo, así que mi mayor tarea a día de hoy es la de esforzarme mucho, muchísimo, para que no desaparezcan de mis ojos ni de la memoria de mis manos aquellos rostros que amé y que aún amo, y aquellos cuerpos celestes, aquellos cuerpos por los dioses alumbrados, y aquellos rostros que miraba durante toda la noche y que de alguna manera aún miro, y muchas veces me fui en silencio para no despertar a aquellos cuerpos luminosos y aquellos rostros felices y amados, para no olvidarlos, para no dejar de mirarlos, y muchas noches me las pasé mirando aquellos rostros y cuerpos luminosos y escribiéndolos, porque yo entonces escribía mientras ellas dormían, escribía y leía casi todo el tiempo, la verdad, aunque sólo lo hiciera en mi mente, porque yo siempre he sido el velador y el desvelador de sueños, tú eres el hechicero de la tribu, me dijo una vez una señora blanquísima que vivía sola en una casa grande y serrana que se derrumbaba a un compás muy lento,

domingo, 22 de marzo de 2026

El viajero ensimismado

VIIa

Recuerdo que viajaba mucho y pobremente, casi siempre en autobuses, a medias hermosos y casi siempre desvencijados, aunque a veces, muchas veces, hacía dedo, porque siempre confié en la bondad de los extraños, aunque a veces los extraños te hacían daño, y a veces esos mismos extraños te daban dinero o tabaco o algo de beber, había muchos desvíos y arboledas al borde del camino, y cunetas, muchas, muchas cunetas, después vinieron las rotondas y lo de dejar de hacer auto-stop y los extraños que tenían dinero o cigarrillos o te llevaban a aquellos restaurantes de carretera donde te invitaban a un bocadillo, a desayunar o a comer y a beber cerveza o licores fuertes en vasos sucios y arañados, comenzaron a desaparecer, pero de aquello apenas recuerdo nada, yo creo que nada de aquello sucedió, no lo recuerdo muy bien, la verdad, casi siempre viajaba solo, por iniciativa propia, porque sí, y porque casi siempre estaba solo, no le voy a engañar, aunque a veces encontraba a alguien por el camino, casi siempre chicas que estaban tan locas como yo, pero en un sentido que no tiene mucho sentido aquí, con quienes compartía el poco dinero que tenía o frutos que fueron frutos gracias al agua y al sol, un melocotón aterciopelado o una naranja encendida, o un puñado de almendras y frutos secos, y también estaban los ríos y las pozas y las lagunas y las piscinas donde en verano o cuando salía el sol nos bañábamos y nos abrazábamos desnudos y muertos de risa mientras nuestras bocas se llenaban de saliva con sabor a regaliz o a cerezas o a vino dulce o a mediodía o a mar ilusorio y lejano, el puro deseo y las pieles calientes, ellas han sido lo mejor de mi vida, lo más hermoso que se pueda imaginar, créame, o cuando nos invitaban a sus casas los ricos, en donde siempre estaba presente el agua y el sol, sí, pero también el dinero y lo pactado, que siempre había que cumplir, aunque estuviéramos cerca de la puerta y pudiéramos escapar, pero la pura necesidad y las ganas de vivir y al mismo tiempo las ganas de morir y de bailar sobre los caminos que traza el viento o surfeando sobre la lava inactiva de un volcán siempre nos la cerraban, y entonces dejábamos atrás los baños oscuros de las estaciones de autobuses y de las estaciones de trenes y de las gasolineras y de las estaciones de servicio donde también se podía conseguir dinero, o un refresco bien frío o una cerveza y un bocadillo, o todo eso junto, y las palabras que aprendíamos preguntando y escuchando a la gente de tanto ir de un sitio para otro, de tanto ir, como si dijéramos, de aquí para allá, o de las citas de libros más o menos inventadas o de los juegos de palabras o de las anécdotas o de las canciones que recordábamos y cantábamos o de los poemas que yo recordaba y recitaba, y entonces sus ojos y sus manos y la manera en que miraban y se miraban y me miraban se llenaban de amor y de pena y de luz, sus ojos y sus manos se llenaban de poesía, aunque a día de hoy yo creo que siempre viajamos en círculos, pero de eso le hablaré otro día, porque es un tanto complicado y a estas horas ya no tengo la cabeza para pensar tanto ni para darle tantas vueltas, valga la doble redundancia, y viajábamos juntos, y caminábamos mucho, muchísimo, en ocasiones durante todo el día, felices y extenuados, extenuados y felices, pero siempre en busca del conocimiento y de la experiencia, o qué sé yo cómo se llama eso qué perseguíamos, pero éramos felices por pura desesperación, y también, a qué no decirlo, porque casi siempre estábamos muertos de hambre, además de estar locos por viajar y por movernos y por hablar y por pura desesperación y, por qué no decirlo, porque también queríamos morir, y tal vez resucitar o tal vez no,

viernes, 20 de marzo de 2026

Sólo

 Y yo sólo deseo salvar mi claridad,

sonreír a la luz de cada nuevo día.

(Antonio Colinas. Sepulcro en Tarquinia.

Barcelona, Lumen, 1976. En la imagen,

fotografía de Kent Pilcher)

martes, 10 de marzo de 2026

Alfredo Bryce Echenique (Lima, 19 de febrero de 1939 - 10 de marzo 2026)

—¿Y cuándo se va a tratar de ti? —me preguntó, hace algún tiempo, el pérfido Alfredo Bryce Echenique.

A mala hora creí que la tensión entre él y yo había terminado tras el desquite de Sitges, y le solté esa confidencia. Miren la bajeza con que me respondió. Me dejó enfermo con su frase, porque uno se defiende como puede, y porque yo creía que después de haberlo agredido en Sitges, las cosas entre nosotros seguirían su curso natural. Pero vamos de a pocos. Él me había noqueado en París, en uno de los peores momentos de mi vida, y ahí en Sitges, aquella tarde primaveral, al borde del mar, cuando lo divisé escondido detrás de una palmera, me sentía totalmente modernizado y reconstruido. […] Qué mejor momento pues para noquear a Bryce Echenique, tú me noqueaste allá, Alfredo, déjame noquearte aquí. […] Pero al pobre Bryce Echenique lo encontré peor que noqueado. Estaba haciendo el ridículo en Sitges, y no lograba salir de esa situación de puro ridículo. Vi que me hacía señas, que me llamaba, no sé para qué me llamaba tanto si cuanto más me acercaba más se escondía.

—Acércate, Romaña —me dijo, en voz muy baja—, ayúdame que estoy jodido.

Lo estaba, el pobre. Había publicado una novela tan gorda como ésta, pero titulada Un mundo para Julius, y lo habían invitado a Barcelona porque se creía que iba a ganar un importante premio. Pero al último minuto resulta que el importante premio lo podían ganar un montón de escritores más, y como que empezó a perder interés su visita. Lo cierto es que el jurado se reunía en Sitges, y que a Sitges lo mandaron solo y de incógnito, a ver qué pasa, nunca se sabe, y él, que no sabía ni cómo era Sitges, llegó, vio, se asustó, y trató ridículamente de esconderse en uno de los bares, en espera del fallo, y si gano aparezco triunfal y de casualidad, vine sólo para darme un remojón en el mar. Pero en cada bar había ya un escritor incógnito esperando darse un remojón de casualidad en el mar. Cada escritor incógnito tenía su propio bar y no quedaban más bares y el pobre Bryce Echenique fue a dar a su palmera. Y juácate, ahí lo divisó nada menos que el reconstruido y modernizado individuo que era yo. Al principio trató de desaparecer, pero tan bruto no era: captó que yo estaba dispuesto a girar mil veces en torno a la palmera, no pararía hasta saber qué mierda le estaba pasando tan escondido. Acércate, Romaña, me dijo, al sentirse descubierto por un hombre sano. Y me lo confesó todo.

—Conque de incógnito, ¿no?

—Ayúdame, hermano.

—¿Cómo? —le preguntó el campeón mundial de los pesos pesados.

Mi ayuda consistía en ir al lugar en que se hallaba reunido el jurado, esperar a que se diera el fallo, correr hasta su palmera a comunicárselo, y en el caso de que le fuera negativo, en prestarle mis anteojos de sol, y en ocultarlo al máximo con el cuerpo hasta que lográramos huir.

—No te muevas, Alfredo —le dije—. Voy a ver qué pasa con el jurado, y no bien me entere de algo, regreso corriendo. Quédate tranquilo y bien paradito detrás de tu palmera.

Pero se la olió el muy vivo. Mi sonrisa de entera satisfacción delataba demasiado, sin duda, y él ya había sospechado que yo era muy capaz de no regresar. […]

Pero no regresé. Mejor para él que no regresara, pues mientras me dirigía al local en que se hallaba reunido el jurado, pensé en un desquite magistral. Sí: iba a entrar, iba a salir, al cabo de un rato, iba a correr hasta la palmera a avisarle que había ganado el premio, y Bryce Echenique iba a hacer el ridículo de su vida entrando a abrazar a medio mundo, vine sólo a darme un remojón primaveral, señores, a carcajadas lo iban a sacar a patadas del local, porque el jurado continuaba deliberando.

(Alfredo Bryce Echenique. La vida exagerada de Martín Romaña. Barcelona, Anagrama, 1981)

lunes, 9 de marzo de 2026

Jessie Buckley o Agnes Shakespeare


Sin embargo ahí está –hecho casi un hombre, como sería ahora, si viviera--, en el escenario, andando con el mismo paso que su hijo, hablando con la voz de su hijo, diciendo las palabras que su padre ha escrito para él.

(Maggie O'Farrell. Hamnet. Traducción de Concha Cardeñoso. Barcelona, Libros del Asteroide, 2020)

sábado, 7 de marzo de 2026

Solo me quedas tú

Si no siento la suavidad y el vello de tu piel recién naciendo cada mañana sólo me quedas tú
Si no veo el arcoíris que se dibuja entre tus pechos los días de sol y lluvia y besos sólo me quedas tú
Si no encuentro cicatrices en tu cuerpo que me aseguren que vives y que has vivido sólo me quedas tú
Si no cojo tus manos y las pongo sobre mi rostro y mi cabeza para librarme de la tristeza sólo me quedas tú
Si no coges mis manos y las pones sobre tu rostro y tu cabeza para librarte de la tristeza sólo me quedas tú
Si no lamo tus dedos después de que hayas comprobado el nivel y la temperatura de tus aguas –esa delicadeza vale más que todas las dimensiones del universo- sólo me quedas tú
Si no emerjo de las profundidades de la noche amarrado a tu cintura de nadadora olímpica sólo me quedas tú
Si no me practicas el boca a boca al menos dos veces por semana y en fiestas de guardar sólo me quedas tú
Si no me abrazas mientras cocino absorto y de pronto la cuchara salta por los aires salpicando los azulejos blancos que tanto me cuesta limpiar sólo me quedas tú
Si no te abrazo mientras lees un libro o atiendes a tus pensamientos y te haces la sorprendida y te mueres de risa porque siempre me ves venir sólo me quedas tú
Si no ardo ni levito ni me muero de ternura y gratitud cada vez que te miro a los ojos sólo me quedas tú
Si no estoy en tus manos ni en tu corazón ni en tu pensamiento ni en tu respiración sólo me quedas tú
Si no me das la mano mientras el mundo se desmorona
Sólo me quedas tú

(FN)

(Fotografía de Andrea Passon)

domingo, 1 de marzo de 2026

Marzo

Una vez más emerjo de la noche.

Una vez más estoy sobreviviendo

a soles oscuros y aguas profundas.

Una vez más de la noche más fría.

Una vez más lo he perdido todo

salvo este extraño amor por la vida.

(FN)