“¡Ah míseros! ¿Qué mal es ése que padecéis? Noche obscura os
envuelve la cabeza, y el rostro, y abajo las rodillas; crecen los gemidos; báñanse
en lágrimas las mejillas; y así los muros como los hermosos intercolumnios
aparecen rociados de sangre. Llenan el vestíbulo y el patio las sombras de los
que descienden al tenebroso Érebo; el sol desapareció del cielo y una horrible
obscuridad se extiende por doquier.”
En tales términos les habló; y todos rieron dulcemente.
Entonces Eurímaco, hijo de Pólibo, comenzó a decirles:
“Está loco ese huésped venido de país extraño. Ea, jóvenes,
llevadle ahora mismo a la puerta y váyase al ágora, ya que aquí le parece que
es de noche.”
Contestóle Teoclímeno, semejante a un dios: «¡Eurímaco! No
pido que me acompañen. Tengo ojos, orejas y pies, y en mi pecho la razón que
está sin menoscabo: con su auxilio me iré afuera, porque comprendo que viene
sobre vosotros la desgracia, de la cual no podréis huir ni libraros ninguno de
los pretendientes que en el palacio del divinal Ulises insultáis a los hombres,
maquinando inicuas acciones.”
[Homero, Odisea, XX, 351-375. Versión directa y literal del griego de Luis Segalá y Estalella. Barcelona, Montaner y Simón Editores, 1910. Imagen: Plaza de España de Torrijos, Toledo; 12 de agosto y 2026)




