y cómo se llamaba aquel tipo triste y flaco y también viajero que conocimos en una aldea del norte lejano y que apenas hablaba pero sonreía todo el tiempo y era muy amable y generoso y nos encandiló a todos, sobre todo a la chicas, y me dijo algo así como que eligiera bien mi locura, porque el viaje sería largo y complicado, y estaba completamente herido aquel tipo, eso creo yo, aunque su herida fuera luminosa y sonriera todo el rato, y a veces encontré en algunos rostros el amor y me quedé con esos rostros sólo para mirarlos, para mirar ese rostro y ese y ese otro y otra vez ese rostro, porque todos los rostros son el mismo rostro y ningún rostro se parece a otro rostro, y para mirar el amor con los ojos abiertos o cerrados pero para mirarlo despacio, para mirarnos, y qué más da, y quién sabe qué es o qué sea el amor, pero entonces yo ya sabía que el amor puede sobrevivir aunque nunca sea el mismo, pero tienes que esforzarte, por así decirlo, así que mi mayor tarea a día de hoy es la de esforzarme mucho, muchísimo, para que no desaparezcan de mis ojos ni de la memoria de mis manos aquellos rostros que amé y que aún amo, y aquellos cuerpos celestes, aquellos cuerpos por los dioses alumbrados, y aquellos rostros que miraba durante toda la noche y que de alguna manera aún miro, y muchas veces me fui en silencio para no despertar a aquellos cuerpos luminosos y aquellos rostros felices y amados, para no olvidarlos, para no dejar de mirarlos, y muchas noches me las pasé mirando aquellos rostros y cuerpos luminosos y escribiéndolos, porque yo entonces escribía mientras ellas dormían, escribía y leía casi todo el tiempo, la verdad, aunque sólo lo hiciera en mi mente, porque yo siempre he sido el velador y desvelador de sueños, tú eres el hechicero de la tribu, me dijo una vez una señora blanquísima que vivía sola en una casa grande y serrana que se desmoronaba a un compás muy lento,
Fernando Nombela
lunes, 23 de marzo de 2026
domingo, 22 de marzo de 2026
El viajero ensimismado
VIIa
Recuerdo que viajaba mucho y pobremente, casi siempre en autobuses, a medias hermosos y casi siempre desvencijados, aunque a veces, muchas veces, hacía dedo, porque siempre confié en la bondad de los extraños, aunque a veces los extraños te hacían daño, y a veces esos mismos extraños te daban dinero o tabaco o algo de beber, había muchos desvíos y arboledas al borde del camino, y cunetas, muchas, muchas cunetas, después vinieron las rotondas y lo de dejar de hacer auto-stop y los extraños que tenían dinero o cigarrillos o te llevaban a aquellos restaurantes de carretera donde te invitaban a un bocadillo, a desayunar o a comer y a beber cerveza o licores fuertes en vasos sucios y arañados, comenzaron a desaparecer, pero de aquello apenas recuerdo nada, yo creo que nada de aquello sucedió, no lo recuerdo muy bien, la verdad, casi siempre viajaba solo, por iniciativa propia, porque sí, y porque casi siempre estaba solo, no le voy a engañar, aunque a veces encontraba a alguien por el camino, casi siempre chicas que estaban tan locas como yo, pero en un sentido que no tiene mucho sentido aquí, con quienes compartía el poco dinero que tenía o frutos que fueron frutos gracias al agua y al sol, un melocotón aterciopelado o una naranja encendida, o un puñado de almendras y frutos secos, y también estaban los ríos y las pozas y las lagunas y las piscinas donde en verano o cuando salía el sol nos bañábamos y nos abrazábamos desnudos y muertos de risa mientras nuestras bocas se llenaban de saliva con sabor a regaliz o a cerezas o a vino dulce o a mediodía o a mar ilusorio y lejano, el puro deseo y las pieles calientes, ellas han sido lo mejor de mi vida, lo más hermoso que se pueda imaginar, créame, o cuando nos invitaban a sus casas los ricos, en donde siempre estaba presente el agua y el sol, sí, pero también el dinero y lo pactado, que siempre había que cumplir, aunque estuviéramos cerca de la puerta y pudiéramos escapar, pero la pura necesidad y las ganas de vivir y al mismo tiempo las ganas de morir y de bailar sobre los caminos que traza el viento o surfeando sobre la lava inactiva de un volcán siempre nos la cerraban, y entonces dejábamos atrás los baños oscuros de las estaciones de autobuses y de las estaciones de trenes y de las gasolineras y de las estaciones de servicio donde también se podía conseguir dinero, o un refresco bien frío o una cerveza y un bocadillo, o todo eso junto, y las palabras que aprendíamos preguntando y escuchando a la gente de tanto ir de un sitio para otro, de tanto ir, como si dijéramos, de aquí para allá, o de las citas de libros más o menos inventadas o de los juegos de palabras o de las anécdotas o de las canciones que recordábamos y cantábamos o de los poemas que yo recordaba y recitaba, y entonces sus ojos y sus manos y la manera en que miraban y se miraban y me miraban se llenaban de amor y de pena y de luz, sus ojos y sus manos se llenaban de poesía, aunque a día de hoy yo creo que siempre viajamos en círculos, pero de eso le hablaré otro día, porque es un tanto complicado y a estas horas ya no tengo la cabeza para pensar tanto ni para darle tantas vueltas, valga la doble redundancia, y viajábamos juntos, y caminábamos mucho, muchísimo, en ocasiones durante todo el día, felices y extenuados, extenuados y felices, pero siempre en busca del conocimiento y de la experiencia, o qué sé yo cómo se llama eso qué perseguíamos, pero éramos felices por pura desesperación, y también, a qué no decirlo, porque casi siempre estábamos muertos de hambre, además de estar locos por viajar y por movernos y por hablar y por pura desesperación y, por qué no decirlo, porque también queríamos morir, y tal vez resucitar o tal vez no,
viernes, 20 de marzo de 2026
Sólo
sonreír a la luz de cada nuevo día.
(Antonio Colinas. Sepulcro
en Tarquinia.
Barcelona, Lumen, 1976. En la imagen,
fotografía de Kent Pilcher)
martes, 10 de marzo de 2026
Alfredo Bryce Echenique (Lima, 19 de febrero de 1939 - 10 de marzo 2026)
A mala hora creí que la tensión entre él y yo había
terminado tras el desquite de Sitges, y le solté esa confidencia. Miren la
bajeza con que me respondió. Me dejó enfermo con su frase, porque uno se
defiende como puede, y porque yo creía que después de haberlo agredido en
Sitges, las cosas entre nosotros seguirían su curso natural. Pero vamos de a
pocos. Él me había noqueado en París, en uno de los peores momentos de mi vida,
y ahí en Sitges, aquella tarde primaveral, al borde del mar, cuando lo divisé
escondido detrás de una palmera, me sentía totalmente modernizado y
reconstruido. […] Qué mejor momento pues para noquear a Bryce Echenique, tú me
noqueaste allá, Alfredo, déjame noquearte aquí. […] Pero al pobre Bryce
Echenique lo encontré peor que noqueado. Estaba haciendo el ridículo en Sitges,
y no lograba salir de esa situación de puro ridículo. Vi que me hacía señas,
que me llamaba, no sé para qué me llamaba tanto si cuanto más me acercaba más
se escondía.
—Acércate, Romaña —me dijo, en voz muy baja—, ayúdame que estoy
jodido.
Lo estaba, el pobre. Había publicado una novela tan gorda
como ésta, pero titulada Un mundo para
Julius, y lo habían invitado a Barcelona porque se creía que iba a ganar un
importante premio. Pero al último minuto resulta que el importante premio lo
podían ganar un montón de escritores más, y como que empezó a perder interés su
visita. Lo cierto es que el jurado se reunía en Sitges, y que a Sitges lo
mandaron solo y de incógnito, a ver qué pasa, nunca se sabe, y él, que no sabía
ni cómo era Sitges, llegó, vio, se asustó, y trató ridículamente de esconderse
en uno de los bares, en espera del fallo, y si gano aparezco triunfal y de
casualidad, vine sólo para darme un remojón en el mar. Pero en cada bar había
ya un escritor incógnito esperando darse un remojón de casualidad en el mar.
Cada escritor incógnito tenía su propio bar y no quedaban más bares y el pobre
Bryce Echenique fue a dar a su palmera. Y juácate, ahí lo divisó nada menos que
el reconstruido y modernizado individuo que era yo. Al principio trató de
desaparecer, pero tan bruto no era: captó que yo estaba dispuesto a girar mil
veces en torno a la palmera, no pararía hasta saber qué mierda le estaba
pasando tan escondido. Acércate, Romaña, me dijo, al sentirse descubierto por
un hombre sano. Y me lo confesó todo.
—Conque de incógnito, ¿no?
—Ayúdame, hermano.
—¿Cómo? —le preguntó el campeón mundial de los pesos pesados.
Mi ayuda consistía en ir al lugar en que se hallaba reunido
el jurado, esperar a que se diera el fallo, correr hasta su palmera a
comunicárselo, y en el caso de que le fuera negativo, en prestarle mis anteojos
de sol, y en ocultarlo al máximo con el cuerpo hasta que lográramos huir.
—No te muevas, Alfredo —le dije—. Voy a ver qué pasa con el
jurado, y no bien me entere de algo, regreso corriendo. Quédate tranquilo y
bien paradito detrás de tu palmera.
Pero se la olió el muy vivo. Mi sonrisa de entera
satisfacción delataba demasiado, sin duda, y él ya había sospechado que yo era
muy capaz de no regresar. […]
Pero no regresé. Mejor para él que no regresara, pues mientras me dirigía al local en que se hallaba reunido el jurado, pensé en un desquite magistral. Sí: iba a entrar, iba a salir, al cabo de un rato, iba a correr hasta la palmera a avisarle que había ganado el premio, y Bryce Echenique iba a hacer el ridículo de su vida entrando a abrazar a medio mundo, vine sólo a darme un remojón primaveral, señores, a carcajadas lo iban a sacar a patadas del local, porque el jurado continuaba deliberando.
(Alfredo Bryce Echenique. La vida exagerada de Martín Romaña. Barcelona, Anagrama, 1981)
lunes, 9 de marzo de 2026
Jessie Buckley o Agnes Shakespeare
(Maggie O'Farrell. Hamnet. Traducción de Concha Cardeñoso. Barcelona, Libros del Asteroide, 2020)
sábado, 7 de marzo de 2026
Solo me quedas tú
(FN)
(Fotografía de Andrea Passon)
viernes, 6 de marzo de 2026
domingo, 1 de marzo de 2026
Marzo
Una vez más emerjo de la noche.
Una vez más estoy sobreviviendo
a soles oscuros y aguas profundas.
Una vez más de la noche más fría.
Una vez más lo he perdido todo
salvo este extraño amor por la vida.
(FN)
jueves, 26 de febrero de 2026
miércoles, 25 de febrero de 2026
Sed
afirma que entre los centroeuropeos
ha descendido la práctica del sexo oral.
Menos mal que somos medio católicos
y medio africanos (por así decirlo).
Permíteme que me arrodille ante ti,
y, por el amor de Dios, abre tus piernas,
porque me estoy muriendo de sed.
(FN)
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