Nadie sabe cuántas canciones ha
compuesto Dylan, pero tampoco podemos estar muy seguros de los libros que se
han escrito sobre él. Una bibliografía especializada –Come Writers And Critics. The Bob Dylan Papers Site- ha podido
contabilizar un total de 1.910 libros de temática dylaniana: 943 escritos en
inglés y 967 en otras lenguas. De esos 1.910 libros, 23 eran biografías de
Dylan. Algunos de esos biógrafos entrevistaron a los padres de Dylan y a sus
amigos y a algunas de sus amantes y a personas que habían trabajado con él o
que habían tenido una clase de relación con él. La información que hay recogida
en esas biografías es apabullante, hasta el punto que podría decirse que se
sabe casi todo sobre la vida de Dylan, semana a semana, o incluso día a día.
Se sabe, por ejemplo, cómo se
llamaba la tienda de electrodomésticos que el padre de Dylan tenía en Hibbing,
el pueblo minero de Minnesota donde pasó su infancia y su juventud (Zimmerman
Furniture and Electric). Y se sabe cómo se llamaban las primeras bandas que
Dylan (todavía Bobby Zimmerman) tuvo en Hibbing en 1957, cuando aún no había
cumplido los diecisiete años y aporreaba el piano a lo Little Richard (eran The
Shadow Blasters y luego The Golden Chords). Y se sabe que un fan de Dylan
compró por ochenta mil dólares la casa de dos plantas en la que Dylan vivió sus
primeros seis años: una casa situada en la parte alta de Duluth, en las riberas
del lago Superior, en esa gélida y ventosa región de Minnesota que a él le
gustaba llamar el Río de Hielo.
Y también se sabe en qué coche
llegó haciendo autostop a Nueva York en enero de 1961 (un Impala del 57). Y se
sabe que su llegada coincidió con una gran nevada que sepultó la ciudad bajo la
nieve. […] Y hasta se sabe cómo se llamaba el tipo que le gritó “¡Judas!”, el 7
de mayo de 1966, en el famoso concierto del Free Trade Hall de Manchester que
pasó a la historia por ese grito rabioso contra el Dylan que lucía una
Telecaster en el escenario: el tipo se llamaba Keith Burler y murió en 2002, en
Toronto, a los cincuenta y seis años, después de haber pasado toda su vida como
un oscuro empleado de banca.
Y podríamos seguir y seguir. […]
Se sabe cómo se llamaba el perro que Dylan tenía en Woodstock cuando grababa
con The Band las canciones de The
Basement Tapes (se llamaba Hamlet). […] Se sabe que […], en el invierno del
76, Dylan tuvo una aventura con una trapecista a la que había contratado para
que le enseñara a caminar sobre la cuerda floja. Y por cierto –nos
preguntamos-, ¿hacía falta que una chica le enseñara a Bob Dylan a caminar
sobre la cuerda floja? ¿Ha vivido alguna vez Dylan haciendo algo que no sea
caminar sobre la cuerda floja?
Al final, nada de lo que se ha
escrito sobre Dylan nos sirve de mucho. Como Homero, como Shakespeare, como
Emily Dickinson, como Emily Brönte, como John Ford, Dylan será siempre un
enigma. Su música es tan vasta, tan poderosa como América, y el hombre que hay
detrás, el ser humano que la ha creado, es una mota de polvo perdida en una vía
de tren. Por mucho que le busquemos nunca daremos con él. […]
Cualquiera que haya intentado
captar el misterio de Dylan sabe que Dylan es una criatura tan inalcanzable
como Moby Dick: quien quiera atraparlo, quien quiera comprenderlo, quien quiera
saber lo que ha querido decir a lo largo de su larguísima carrera, acabará
sepultado en el fondo del mar. Eso le pasó a Robert Shelton, el crítico del New York Times que descubrió a Dylan en
1961 y que se empeñó en escribir una biografía definitiva, No Direction Home, que le llevó veinte años y que prácticamente lo
volvió loco. Persiguiendo a Dylan, Shelton fue a entrevistar a sus padres en
Hibbing, en 1968, y luego empezó a analizar al milímetro todas sus letras, y
luego se fue distanciando de sus amigos, y se apartó de su mujer, y se arruinó,
y empezó a beber más de la cuenta, y se peleó con sus editores porque su
biografía era tan larga que resultaba impublicable y al final tuvo que irse a
vivir a Inglaterra, donde acabó escribiendo críticas de cine para un modesto periódico
de Brighton. Sí, perseguir a Dylan es perseguir a Moby Dick. Pero cuidado:
Dylan no es solo la ballena blanca, sino que también es el capitán Ahab y el
grumete Ismael y el arponero Queequeg y el primer oficial Starbuck, y por
supuesto, también es Herman Melville contando la historia del ballenero Pequod en una granja de Massachutets. Y además,
Dylan es también cualquiera de nosotros cuando escuchamos sus canciones. Dylan,
como el número cero, está en todas partes y no está en ninguna.
(Eduardo Jordá. Número cero. Bob Dylan: retrato de un hombre
invisible. Barcelona, Libros del Asteroide, 2026)
La energía total del universo es exactamente cero.
STEPHEN HAWKING, Historia del tiempo