domingo, 9 de mayo de 2021

José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 11 de noviembre de 1926 - Madrid, 9 de mayo de 2021)

 


Por aquella palabra

de más que dije entonces, trataría

de dar mi vida ahora.

 

                                    ¿Vale algo

comprobarlo después de consumidos

tantos esfuerzos

para no mentir?

 

                              Toco

tu vientre y se desplaza el tiempo

como la sangre

en un embudo mientras

a ciegas nos buscamos. Sólo el riesgo

común ocupa el mundo, arrasa

el derredor, lo exprime

como una esponja, desordena

el engranaje de los hechos. ¿Cómo

poder saldar entonces

la ambigüedad de la memoria?

 

El imposible oficio de escribir

aproximadamente

la historia terminal del anteayer

de la vida, y más cuando

un incierto futuro se intercala

entre lo timorato y lo arrogante

me suele contagiar

de esa amorfa molicie

que entumece los goznes del deseo.

 

Pero no cejo nunca. Paraísos

vagamente resueltos

entre la oxidación del ocio, surgen

como reclamos, brillan

en ocasiones

con juvenil sabor a culpa.

 

¡Escapar de la mella de los días

iguales! En tanta libertad

¿se anudarán imágenes

que a su obstinado uso

me condenen, reduzcan el amor

a sus simulaciones?

 

Lo que aquí

no está escrito es ya la única

prueba de que dispongo

para reconocerme, interrumpir

mi turno de erosión entre recuerdos

apremiantes.

 

                                            Por aquella palabra

de más que dije entonces, trataría

de dar mi vida ahora.

 

(José Manuel Caballero Bonald. "El imposible oficio de escribir.”

en La poética del 50. Una promoción desheredada.

Edición de Antonio Hernández. Madrid, Ediciones Endymión, 1991)

martes, 27 de abril de 2021

Hamnet


Se recoge las faldas, se coloca el manto sobre los hombros, se dispone a dar la espalda a su marido y a su compañía, cuando le llama la atención un muchacho que entra en escena. Un muchacho, piensa, anudando y desanudando el manto. No, un hombre. Luego, no, un muchacho… a medio camino entre un hombre y un niño.

Es como un fuerte latigazo en la piel. Tiene el pelo rubio, levantado en la frente, un andar como a saltos, brioso, una forma impaciente de echar la cabeza atrás. Agnes deja caer las manos, el manto se le resbala por los hombros, pero no se agacha a recogerlo. Clava la vista en el chico; lo mira como si no pudiera apartar los ojos de él. Nota que el aire se le escapa del pecho, que la sangre se le coagula en las venas. El redondel del cielo de arriba le aplasta la cabeza, se la aplasta a todos como la tapadera de una olla. Tiembla de frío, arde de calor; tiene que irse; se quedará aquí para siempre, sin moverse del sitio.

Cuando el rey se dirige al niño y le dice “Hamlet, hijo mío” ella no se sorprende. Claro, es él. Claro. ¿Quién, si no? Ha buscado a su hijo por todas partes, sin cesar, en estos cuatro años, y ahí lo tiene.

Es él. No es él. Es él. No es él. El pensamiento va y viene como un martillo por todo su ser. Su hijo, su Hamnet o Hamlet, está muerto, enterrado en el cementerio de la iglesia. Murió siendo un niño todavía. Ahora no es más que unos huesos blancos y descarnados en una tumba. Sin embargo ahí está –hecho casi un hombre, como sería ahora, si viviera--, en el escenario, andando con el mismo paso que su hijo, hablando con la voz de su hijo, diciendo las palabras que su padre ha escrito para él.

(Maggie O'Farrell. Hamnet. Traducción de Concha Cardeñoso. Barcelona, Libros del Asteroide, 2020)

jueves, 22 de abril de 2021

Cuando aún yo soy la vida (Francisco Brines)

 


La vida me rodea, como en aquellos años

ya perdidos, con el mismo esplendor

de un mundo eterno. La rosa cuchillada

de la mar, las derribadas luces

de los huertos, fragor de las palomas

en el aire, la vida en torno a mí,

cuando yo aún soy la vida.

Con el mismo esplendor, y envejecidos ojos,

y un amor fatigado.

¿Cuál será la esperanza? Vivir aún;

y amar, mientras se agota el corazón,

un mundo fiel, aunque perecedero.

Amar el sueño roto de la vida

y, aunque no pudo ser, no maldecir

aquel antiguo engaño de lo eterno.

Y el pecho se consuela, porque sabe

que el mundo pudo ser una bella verdad.

(Francisco Brines. Aún no. Llibres de Sirena, Barcelona, 1971. También en Ensayo de una despedida. Poesía completa. Barcelona, Tusquets Editores, Col. Marginales 160 - Nuevos Textos Sagrados, 1997; Antología poética. Madrid, Espasa Calpe, Col. Austral, nº 570, 2006; Todos los rostros del pasado: antología poética. Selección de Dionisio Cañas. Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2007; Para quemar la noche. Introducción, edición y selección de Francisco Bautista. Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca y Patrimonio Nacional, 2010)

jueves, 8 de abril de 2021

Charles Baudelaire (París, 9 de abril de 1821)

Hay que estar siempre borracho. Todo radica ahí: es la única cuestión. Para no sentir el horrible fardo del Tiempo, que destroza vuestras espaldas y os inclina hacia el suelo, es preciso emborracharse sin tregua.

¿Y de qué? De vino, de poesía o de virtud, a vuestro antojo, pero emborrachaos.

Y si alguna vez os despertáis en la escalinata de un palacio, en la verde hierba de un foso, en la mustia soledad de vuestro cuarto, habiendo disminuido o desaparecido la embriaguez, preguntad al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, gime, rueda, canta y habla, preguntadle qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, el reloj os responderán: "¡Es hora de emborracharse! Para no ser esclavos martirizados por el Tiempo, emborrachaos, emborrachaos constantemente! De vino, de poesía o de virtud, a vuestro antojo".

(Charles Baudelaire. Pequeños poemas en prosa. Los paraísos artificiales. Edición y traducción de José Antonio Millán Alba. Madrid, Editorial Cátedra, Letras Universales, 67, 1986)

jueves, 18 de marzo de 2021

No lo olvides

¿Y por qué no, Álex? Es bien sabido que las mujeres guardan veneno en los bolsillos. ¿Acaso esperabas una pistola? Una mujer con pistola no sería más que un policía. Y nosotras nos enamoramos de los presidiarios, no lo olvides. Los policías se casan con las chicas del barrio; el instituto gravita sobre su unión. El primer uniforme: el vestido del baile de fin de curso de ella y la pajarita negra y la camisa blanca de él. Pero las chicas piensan en veneno mientras se apaga la luz del tocador en el que, su marido, precavido, ha dejado la pistola antes de acostarse. Los zapatos negros, la gruesa sarga del abrigo, espalda y muslos de semental. Y a los policías suelen matarlos a tiros tipos en muy mala forma, flacos, flaquísimos, piel y huesos, nada más. No lo olvides.

Hice mal en no casarme con la persona a la que amaba, dijo con una voz apagada.

(Elizabeth Hardwick. Noches insomnes. Traducción de Marta Alcaraz. Barcelona, Navona Editorial, 2018)

domingo, 14 de febrero de 2021

Ese otro


Ese otro que también me habita,
acaso propietario, invasor quizás o exiliado en este cuerpo ajeno o de ambos,
ese otro a quien temo e ignoro, felino o ángel,
ese otro que está solo siempre que estoy solo, ave o demonio,
esa sombra de piedra que ha crecido en mi adentro y en mi afuera,
eco o palabra, esa voz que responde cuando me preguntan algo,
el dueño de mi embrollo, el pesimista y el melancólico y el inmotivadamente alegre,
ese otro,
también te ama. 
 
(Darío Jaramillo Agudelo. Poemas de amor. Colombia, 
El Áncora Editores, 1986; Aunque es de nocheValencia, 
Pre-Textos, Colección La Cruz del Sur – Antologías, 1999;
Poemas de amor. Madrid, Visor, col. Palabra de Honor, 20, 2013)