miércoles, 30 de junio de 2021

Salto al vacío



Amo

a quienes jugaron la vida

en una soga

en un disparo

en un salto al vacío

en la profundidad de un oleaje

invencible.

Amo y me contradigo frente a esos dioses

de la nada.

Amo.

Corto mis ataduras.

(José Barroeta. Todos han muerto. Poesía completa (1971-2006). Barcelona, Candaya, 2006)

jueves, 17 de junio de 2021

Hacia la felicidad

Oye, desde tu muerte, el rumor del jardín

en esta tarde de junio, las flores suspendidas

en las fotos de los turistas, la transparencia

de los brotes como el tejido transparente

que cubre las piernas de esa chica,

toda esta geometría de la fragilidad.

 

El verano está ebrio porque no ha dejado de beber

desde primeras horas de la mañana. Va feliz

por las mesas de los bares o picotea en el agua

de la fuente un rectángulo de luz.

 

No hay ninguna arruga en el océano, ninguna huella del tiempo,

solo una superficie lisa en la que flotan, ingrávidos,

los barcos y los bañistas. Una mujer con un bikini celeste

sale chorreando la materia color caramelo

del agua, y va a donde tiene amontonada su ropa.

La playa huele a crema bronceadora, a marihuana,

a la cerveza de la claridad. La vida muere en una ola

y nace en la ola que se aproxima.

No es posible ningún pensamiento, solo este acontecer

diáfano de los sentidos, esta suspensión del yo.

Tal vez te moriste para que el dolor me haya traído

de nuevo hasta aquí, para encontrar de esta forma la felicidad.

 

La calma que nunca tuve se tiende ahora

sobre las superficies de las toallas, la pasión vuelve a volar

como un pájaro marino por los cristales de unas gafas de sol.

 

Viví tan lleno de miedo que no tenía refugio,

temí y destruí lo que debía amar. La muerte ensucia

lo que más se quiere, como los perros y los insomnios.

 

Pero solo quien conoce el agua y la tierra

sabe que guardan el secreto de la germinación.

 

Las huellas están detenidas en la arena mirando el horizonte.

La brisa empieza a quitarle ya el polvo al océano

para que pronto luzcan las estrellas.

 

Los libros están en silencio bajo las sombrillas, esperando.


Todo espera porque entre tú y yo puede haber noche pero nunca muerte,

puede haber lejanía pero nunca ausencia.

Este trozo de mar me lo enseñaste tú.

La sabiduría nos lleva a la infancia.

(Diego Doncel. La fragilidad. Madrid, Visor, 2021)

domingo, 9 de mayo de 2021

José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 11 de noviembre de 1926 - Madrid, 9 de mayo de 2021)

 


Por aquella palabra

de más que dije entonces, trataría

de dar mi vida ahora.

 

                                    ¿Vale algo

comprobarlo después de consumidos

tantos esfuerzos

para no mentir?

 

                              Toco

tu vientre y se desplaza el tiempo

como la sangre

en un embudo mientras

a ciegas nos buscamos. Sólo el riesgo

común ocupa el mundo, arrasa

el derredor, lo exprime

como una esponja, desordena

el engranaje de los hechos. ¿Cómo

poder saldar entonces

la ambigüedad de la memoria?

 

El imposible oficio de escribir

aproximadamente

la historia terminal del anteayer

de la vida, y más cuando

un incierto futuro se intercala

entre lo timorato y lo arrogante

me suele contagiar

de esa amorfa molicie

que entumece los goznes del deseo.

 

Pero no cejo nunca. Paraísos

vagamente resueltos

entre la oxidación del ocio, surgen

como reclamos, brillan

en ocasiones

con juvenil sabor a culpa.

 

¡Escapar de la mella de los días

iguales! En tanta libertad

¿se anudarán imágenes

que a su obstinado uso

me condenen, reduzcan el amor

a sus simulaciones?

 

Lo que aquí

no está escrito es ya la única

prueba de que dispongo

para reconocerme, interrumpir

mi turno de erosión entre recuerdos

apremiantes.

 

                                            Por aquella palabra

de más que dije entonces, trataría

de dar mi vida ahora.

 

(José Manuel Caballero Bonald. "El imposible oficio de escribir.”

en La poética del 50. Una promoción desheredada.

Edición de Antonio Hernández. Madrid, Ediciones Endymión, 1991)

martes, 27 de abril de 2021

Hamnet


Se recoge las faldas, se coloca el manto sobre los hombros, se dispone a dar la espalda a su marido y a su compañía, cuando le llama la atención un muchacho que entra en escena. Un muchacho, piensa, anudando y desanudando el manto. No, un hombre. Luego, no, un muchacho… a medio camino entre un hombre y un niño.

Es como un fuerte latigazo en la piel. Tiene el pelo rubio, levantado en la frente, un andar como a saltos, brioso, una forma impaciente de echar la cabeza atrás. Agnes deja caer las manos, el manto se le resbala por los hombros, pero no se agacha a recogerlo. Clava la vista en el chico; lo mira como si no pudiera apartar los ojos de él. Nota que el aire se le escapa del pecho, que la sangre se le coagula en las venas. El redondel del cielo de arriba le aplasta la cabeza, se la aplasta a todos como la tapadera de una olla. Tiembla de frío, arde de calor; tiene que irse; se quedará aquí para siempre, sin moverse del sitio.

Cuando el rey se dirige al niño y le dice “Hamlet, hijo mío” ella no se sorprende. Claro, es él. Claro. ¿Quién, si no? Ha buscado a su hijo por todas partes, sin cesar, en estos cuatro años, y ahí lo tiene.

Es él. No es él. Es él. No es él. El pensamiento va y viene como un martillo por todo su ser. Su hijo, su Hamnet o Hamlet, está muerto, enterrado en el cementerio de la iglesia. Murió siendo un niño todavía. Ahora no es más que unos huesos blancos y descarnados en una tumba. Sin embargo ahí está –hecho casi un hombre, como sería ahora, si viviera--, en el escenario, andando con el mismo paso que su hijo, hablando con la voz de su hijo, diciendo las palabras que su padre ha escrito para él.

(Maggie O'Farrell. Hamnet. Traducción de Concha Cardeñoso. Barcelona, Libros del Asteroide, 2020)

jueves, 22 de abril de 2021

Cuando aún yo soy la vida (Francisco Brines)

 


La vida me rodea, como en aquellos años

ya perdidos, con el mismo esplendor

de un mundo eterno. La rosa cuchillada

de la mar, las derribadas luces

de los huertos, fragor de las palomas

en el aire, la vida en torno a mí,

cuando yo aún soy la vida.

Con el mismo esplendor, y envejecidos ojos,

y un amor fatigado.

¿Cuál será la esperanza? Vivir aún;

y amar, mientras se agota el corazón,

un mundo fiel, aunque perecedero.

Amar el sueño roto de la vida

y, aunque no pudo ser, no maldecir

aquel antiguo engaño de lo eterno.

Y el pecho se consuela, porque sabe

que el mundo pudo ser una bella verdad.

(Francisco Brines. Aún no. Llibres de Sirena, Barcelona, 1971. También en Ensayo de una despedida. Poesía completa. Barcelona, Tusquets Editores, Col. Marginales 160 - Nuevos Textos Sagrados, 1997; Antología poética. Madrid, Espasa Calpe, Col. Austral, nº 570, 2006; Todos los rostros del pasado: antología poética. Selección de Dionisio Cañas. Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2007; Para quemar la noche. Introducción, edición y selección de Francisco Bautista. Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca y Patrimonio Nacional, 2010)