arrebató a esa bella persona que me fue robada
de un modo que aún me aflige.
Amor, que no perdona a quien de vuelta no ama,
me llevó a un sentir tan intenso
que como ven no me abandona.
Amor nos condujo a una muerte sola.
Caína espera a quien nuestra vida apagó.”
De ellos estas palabras nos fueron entregadas.
Cuando escuché aquellas almas dolientes,
incliné el rostro, manteniéndolo abajo,
hasta que el poeta me dijo: “¿En qué piensas?”
Cuando pude, repliqué: “¡Dios mío, cuán
dulces pensamientos, cuánto deseo
los condujo hasta el doloroso paso!”
Entonces me dirigí a ellos y empecé:
“Francesca, me causan tanta tristeza y piedad
tus martirios que de mis ojos brotan lágrimas.
Pero dime: al momento de esos dulces suspiros,
¿cómo fue que el amor te concedió conocer
aquellos deseos tan inciertos?”
Y ella a mí: “No hay mayor dolor
que recordar los tiempos felices
en la miseria; y eso lo sabe tu maestro.
Pero si tanto deseas conocer
la primera raíz de nuestro amor,
lo diré como quien llora y habla.
Leíamos, un día, por deleite
del amor que sometió a Lancelot;
estábamos solos y sin sospecha alguna.
En cuanto la lectura unía nuestros ojos,
palidecían nuestras caras; pero fue
un instante sólo el que nos venció.
En cuanto leímos el gran amante
besar la tan deseada sonrisa, éste,
que de mí jamás se ha separado,
temblando me besó la boca. Culpable
el libro y Galahad quien lo escribió:
desde aquel día no pudimos leer más.”
Mientras que el ánima esto decía,
el otro con tanta pena lloraba
que me abandonaron los sentidos,
y caí como un cuerpo muerto cae.





