(Fernando Nombela. Gente con la que me cruzo por la calle un día sí y otro tampoco. Imagen: Calle Doña Teresa Enríquez, Torrijos, Toledo)
Fernando Nombela
jueves, 9 de abril de 2026
La Pili
lunes, 6 de abril de 2026
Lunes de Pascua
Pasear durante una hora deseando ver amanecer.
Desayunar café con leche y unas tostadas con mermelada
de melocotón y arándanos, mientras contemplo el amanecer.
Echar cuenta de los meses que llevo sin fumarme un
cigarrillo.
Soñar que soy un fumador de opio en el Londres de 1900 y que
puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pasarme horas releyendo 2666
de Roberto Bolaño
y redescubrir a un narrador absolutamente prodigioso.
Estrenar una pluma que me regalaron hace mil años
–antes de ayer compré cartuchos de tinta- y en un papelico
que andaba por ahí escribir “Te quiero” y firmar como
Fernando.
Unos spaguetti al
pomodoro que me han recordado a La Mancha.
Ver otra vez Toro
salvaje de Scorsese y quedarme noqueado.
La versión que Julian Lage hace de la canción I´II Be Seeing
You
que Billie Holiday hizo suya, y que he escuchado tantas veces.
Pensar que Billie Holiday podría haber sido el amor de mi
vida.
(Daría mi vida entera por haber podido estrechar su mano;
necesitaría otra vida entera para poder mirarle a los ojos).
Asearme, afeitarme, perfumarme, trajearme, limarme las uñas:
esta tarde voy a comerme la última naranja de la temporada.
Bajar la basura y coincidir y conversar con una vecina.
Cenar pan con tomate y con jamón del bueno y con aceite de
oliva.
Meterme en la cama, arroparme, apagar la luz, tener miedo,
sentirme solo, y de pronto darme cuenta de que mis piernas
y los dedos de mis pies se mueven como cuando era un niño.
Ver los ojos rebosantes de bondad y de ternura de mi abuelo
José.
Contarme un cuento. Jugar con las palabras. Morirme de risa.
Llegar a la conclusión irrefutable y extrañamente hermosa
de que el mundo y la vida y yo mismo somos una pura tontería.
(Fotografía de Hannes Caspar)
miércoles, 1 de abril de 2026
Cristo en la cruz
Los tres maderos son de igual altura.
Cristo no está en el medio. Es el tercero.
La negra barba pende sobre el pecho.
El rostro no es el rostro de las láminas.
Es áspero y judío. No lo veo
y seguiré buscándolo hasta el día
último de mis pasos por la tierra.
El hombre quebrantado sufre y calla.
La corona de espinas lo lastima.
No lo alcanza la befa de la plebe
que ha visto su agonía tantas veces.
La suya o la de otro. Da lo mismo.
Cristo en la cruz. Desordenadamente
piensa en el reino que tal vez lo espera,
piensa en una mujer que no fue suya.
No le está dado ver la teología,
la indescifrable Trinidad, los gnósticos,
las catedrales, la navaja de Occam,
la púrpura, la mitra, la liturgia,
la conversión de Guthrum por la espada,
la Inquisición, la sangre de los mártires;
las atroces Cruzadas, Juana de Arco,
el Vaticano que bendice ejércitos.
Sabe que no es un dios y que es un hombre
que muere con el día. No le importa.
Le importa el duro hierro de los clavos.
No es un romano. No es un griego. Gime.
Nos ha dejado espléndidas metáforas
y una doctrina del perdón que puede
anular el pasado. (Esa sentencia
la escribió un irlandés en una cárcel.)
El alma busca el fin, apresurada.
Ha oscurecido un poco. Ya se ha muerto.
Anda una mosca por la carne quieta.
¿De qué puede servirme que aquel hombre
haya sufrido, si yo sufro ahora?
(Jorge Luis Borges. Los conjurados. Madrid, Alianza Editorial, 1985. Imagen: “Cristo crucificado”, o “Cristo de San Plácido”, de Diego Velázquez, hacia 1632, Museo del Prado)
¿DE QUÉ PUEDE SERVIRME QUE AQUEL HOMBRE
HAYA SUFRIDO, SI YO SUFRO AHORA?
martes, 31 de marzo de 2026
La madre del hijo del carpintero
La madre del hijo del carpintero
sufre como sólo puede sufrir
una madre que ve morir a su hijo.
El dolor de una madre que ve a su hijo morir
es un dolor que nadie ha de tocar ni podrá sentir;
inconsolable e inmaculado, es un dolor infinito.
El dolor de la madre que ha visto a su hijo morir
está muy por encima de las leyes que rigen el universo.
El dolor de una madre que ha visto a su hijo morir
no es ni estará ni está ni será nunca de este mundo.
La madre del hijo del carpintero
sufre como sólo puede sufrir
una madre que ve morir a su hijo.
(FN)
(Imagen de Gaza)
domingo, 29 de marzo de 2026
El hijo del carpintero
El hijo del carpintero
sabe que no hay vida sin amor
y que no hay verbo sin herida.
El hijo del carpintero sabe
que no estamos condenados al abismo
ni seremos arrojados a soberanías.
El hijo del carpintero sabe que las manos
se llenan de agua para aliviarnos la sed;
que somos la tierra que pisamos y el aire
que respiramos y la luz del mediodía.
El hijo del carpintero sabe que somos
que funda y confunde nuestros sentidos.
El hijo del carpintero sabe que nuestro amor
no conocerá la muerte ni caerá en el olvido.
jueves, 26 de marzo de 2026
El viajero ensimismado (V)
XI
URBANIZACIONES
Las urbanizaciones son un continuo cruce de caminos
Los mensajeros aparcan los coches en las cunetas
Sólo quieren tu alma, no tienes elección
Adormecer el sufrimiento
en las urbanizaciones con riesgo de abandono
A veces adopta la forma de un perro
A veces es una brisa
A veces se revuelca entre los rayos del sol
Éramos nómadas en la periferia
No teníamos entradas ni salidas
Éramos los hijos predilectos del sol
Éramos unos muchachos
demasiado hermosos y demasiado ingenuos
abrazados a la desesperación
Sabíamos que nadie nos quería
nos revolcábamos entre la brisa
nos balanceábamos sobre los rayos del sol
Moríamos en accidentes de tráfico
o después de un viaje aciago
o alzando la mano contra nosotros mismos
Algunos resucitábamos
porque los dioses sólo quieren para sí
a los muchachos solitarios y hermosos
que no son queridos y que ya no se balancean
y no pueden ser bendecidos por el sol
A veces adopta la forma de un perro
A veces es una brisa
A veces es una disculpa del sol
Y las muchachas crucificadas
contra las tapias del cementerio
o en las traseras de un coche,
aquellas muchachas hermosas
como rielantes lunas de enero,
aquellas muchachas moribundas y hermosas
que olían a hidrocarburo y a rosas,
aquellas muchachas hermosas,
tréboles de cinco hojas
que en las frías noches de invierno
-aquellas muchachas hermosas-
eran las radiantes hijas del sol
Un cielo festoneado de dragones y pegasos
un cielo de cigüeñas y milanos y nubes de color
eran nuestros cuerpos retorciéndose de dolor
Nuestros amigos muertos nos visitan
porque la muerte no existe y siempre
son muchachos hermosos que nos hablan
como aquellos muchachos hermosos
que no paraban de reír y de hablar
y ahora son remansos en las aguas del olvido
y el recuerdo de lo que no han vivido
y seguirán siendo hermosos, la luz del día,
la luz de nuestra vida y de nuestro dolor
Dragones y pegasos mejoran el cielo
porque la muerte no existe
porque eran hermosos y continúan vivos
Se pueblan de amapolas y salamanquesas
las urbanizaciones que nunca hemos visto.
Se elevan las ramas últimas de los olivos
después de la lluvia y el ojear del sol.
A veces adopta la forma de un perro
A veces es una brisa
A veces te sientes el único hijo del sol
Porque soñábamos, porque enganchados
a las palabras y a la risa y a los días felices,
porque enganchados a la desesperación
Porque llevamos en nuestros cuerpos
las marcas de una tristeza infinita
Las alas heridas de la caída
Y este frío que aún siento en mis manos
Las almas heridas de la resurrección
A veces era una brisa tristísima por los olivos
A veces era una brisa
Yo sólo escribo poemas de amor
miércoles, 25 de marzo de 2026
El viajero ensimismado (IV)
VIId
yo entonces también era el muchacho más triste y más tímido del mundo, es verdad, pero también era el muchacho más alegre, y estaba siempre enamorado, una cosa no quita la otra, y estaba siempre enamorado de todo lo que existe y de todo aquello que no existía pero que podría existir o que tal vez sólo existía en mi cabeza pero que estaba ahí y yo lo tocaba y lo veía y lo sentía, y todo eso al mismo tiempo, porque era mi vida, tan sólo era mi vida, cierto, pero mi vida lo era todo, o qué, acaso la vida no lo es todo, y yo estaba enamorado del mundo y de la vida, como digo, y de todos los rostros que veía y no veía, y cuando estás enamorado del mundo y de la vida, y, otra vez las interferencias, aquel poeta flaco del que le he hablado antes de pronto oscureció antes de que llegara el alba y de pronto estábamos solos y me dijo aquella noche en aquella aldea del norte lejano que si estás enamorado del mundo y de la vida algún día no tendrás mundo ni vida, y nunca más nadie te querrá, y nunca más nadie se enamorará de ti y tú dejarás de estar enamorado, y viajarás solo y no tendrás donde dormir ni una triste cobija o manta que te arrope o te cubra los pies fríos ni unos ojos que te miren y a los que mirar ni un cuerpo al que abrazar por las noches ni el calor de unas manos, pero yo seguí viajando, porque quería seguir estando enamorado de las gentes, de la vida, del mundo, y todo lo demás no me importaba, y si acaso algún día me abandonaba la fortuna de vivir, o me moría sólo, o me moría de frío o me moría de hambre o me moría por falta de amor, o no recordara aquellos cuerpos celestes y aquellos rostros luminosos y tan amados, yo seguiría estando siempre loco por vivir, seguiría estando siempre enamorado, y no viviría, como en las canciones antiguas o en tantos poemas, si no estuviera muerto de amor o mortalmente enamorado, y ya le voy a dejar, porque nos están llamando para cenar, y para un solo cigarrillo y para lo de las pastillas, y porque dicen que me estoy muriendo de tristeza y soledad, y no es verdad, salvo lo de la tristeza y la soledad, y lo de que me estoy muriendo, y pronto nos iremos a dormir, buenas noches, hasta mañana,
martes, 24 de marzo de 2026
El viajero ensimismado (III)
lunes, 23 de marzo de 2026
El viajero ensimismado (II)
y cómo se llamaba aquel tipo triste y flaco y también viajero que conocimos en una aldea del norte lejano y que apenas hablaba pero sonreía todo el tiempo y era muy amable y generoso y nos encandiló a todos, sobre todo a la chicas, y me dijo algo así como que eligiera bien mi locura, porque el viaje sería largo y complicado, y estaba completamente herido aquel tipo, eso creo yo, aunque su herida fuera luminosa y sonriera todo el rato, y a veces encontré en algunos rostros el amor y me quedé con esos rostros sólo para mirarlos, para mirar ese rostro y ese y ese otro y otra vez ese rostro, porque todos los rostros son el mismo rostro y ningún rostro se parece a otro rostro, y para mirar el amor con los ojos abiertos o cerrados pero para mirarlo despacio, para mirarnos, y qué más da, y quién sabe qué es o qué sea el amor, pero entonces yo ya sabía que el amor puede sobrevivir aunque nunca sea el mismo, pero tienes que esforzarte, por así decirlo, así que mi mayor tarea a día de hoy es la de esforzarme mucho, muchísimo, para que no desaparezcan de mis ojos ni de la memoria de mis manos aquellos rostros que amé y que aún amo, y aquellos cuerpos celestes, aquellos cuerpos por los dioses alumbrados, y aquellos rostros que miraba durante toda la noche y que de alguna manera aún miro, y muchas veces me fui en silencio para no despertar a aquellos cuerpos luminosos y aquellos rostros felices y amados, para no olvidarlos, para no dejar de mirarlos, y muchas noches me las pasé mirando aquellos rostros y cuerpos luminosos y escribiéndolos, porque yo entonces escribía mientras dormían, escribía y leía casi todo el tiempo, la verdad, aunque sólo lo hiciera en mi mente, porque yo siempre he sido el velador y el desvelador de sueños, tú eres el hechicero de la tribu, me dijo una vez una señora blanquísima que vivía sola en una casa grande y serrana que se derrumbaba a un compás muy lento,
domingo, 22 de marzo de 2026
El viajero ensimismado
VIIa
Recuerdo que viajaba mucho y pobremente, casi siempre en autobuses, a medias hermosos y casi siempre desvencijados, aunque a veces, muchas veces, hacía dedo, porque siempre confié en la bondad de los extraños, aunque a veces los extraños te hacían daño, y a veces esos mismos extraños te daban dinero o tabaco o algo de beber, había muchos desvíos y arboledas al borde del camino, y cunetas, muchas, muchas cunetas, después vinieron las rotondas y lo de dejar de hacer auto-stop y los extraños que tenían dinero o cigarrillos o te llevaban a aquellos restaurantes de carretera donde te invitaban a un bocadillo, a desayunar o a comer y a beber cerveza o licores fuertes en vasos sucios y arañados, comenzaron a desaparecer, pero de aquello apenas recuerdo nada, yo creo que nada de aquello sucedió, no lo recuerdo muy bien, la verdad, casi siempre viajaba solo, por iniciativa propia, porque sí, y porque casi siempre estaba solo, no le voy a engañar, aunque a veces encontraba a alguien por el camino, casi siempre chicas que estaban tan locas como yo, pero en un sentido que no tiene mucho sentido aquí, con quienes compartía el poco dinero que tenía o frutos que fueron frutos gracias al agua y al sol, un melocotón aterciopelado o una naranja encendida, o un puñado de almendras y frutos secos, y también estaban los ríos y las pozas y las lagunas y las piscinas donde en verano o cuando salía el sol nos bañábamos y nos abrazábamos desnudos y muertos de risa mientras nuestras bocas se llenaban de saliva con sabor a regaliz o a cerezas o a vino dulce o a mediodía o a mar ilusorio y lejano, el puro deseo y las pieles calientes, ellas han sido lo mejor de mi vida, lo más hermoso que se pueda imaginar, créame, o cuando nos invitaban a sus casas los ricos, en donde siempre estaba presente el agua y el sol, sí, pero también el dinero y lo pactado, que siempre había que cumplir, aunque estuviéramos cerca de la puerta y pudiéramos escapar, pero la pura necesidad y las ganas de vivir y al mismo tiempo las ganas de morir y de bailar sobre los caminos que traza el viento o surfeando sobre la lava inactiva de un volcán siempre nos la cerraban, y entonces dejábamos atrás los baños oscuros de las estaciones de autobuses y de las estaciones de trenes y de las gasolineras y de las estaciones de servicio donde también se podía conseguir dinero, o un refresco bien frío o una cerveza y un bocadillo, o todo eso junto, y las palabras que aprendíamos preguntando y escuchando a la gente de tanto ir de un sitio para otro, de tanto ir, como si dijéramos, de aquí para allá, o de las citas de libros más o menos inventadas o de los juegos de palabras o de las anécdotas o de las canciones que recordábamos y cantábamos o de los poemas que yo recordaba y recitaba, y entonces sus ojos y sus manos y la manera en que miraban y se miraban y me miraban se llenaban de amor y de pena y de luz, sus ojos y sus manos se llenaban de poesía, aunque a día de hoy yo creo que siempre viajamos en círculos, pero de eso le hablaré otro día, porque es un tanto complicado y a estas horas ya no tengo la cabeza para pensar tanto ni para darle tantas vueltas, valga la doble redundancia, y viajábamos juntos, y caminábamos mucho, muchísimo, en ocasiones durante todo el día, felices y extenuados, extenuados y felices, pero siempre en busca del conocimiento y de la experiencia, o qué sé yo cómo se llama eso qué perseguíamos, pero éramos felices por pura desesperación, y también, a qué no decirlo, porque casi siempre estábamos muertos de hambre, además de estar locos por viajar y por movernos y por hablar y por pura desesperación y, por qué no decirlo, porque también queríamos morir, y tal vez resucitar o tal vez no,






.%20Fernando%20Nombela.jpg)
.%20Fernando%20Nombela.jpg)
.%20Fernando%20Nombela.jpg)
