jueves, 24 de julio de 2014

Crímenes


Weidmann se presentó ante vosotros en una edición de las cinco, con la cabeza envuelta en vendas blancas, monja y también aviador herido, caído en medio de un campo de centeno, un día de septiembre semejante a aquel en que se conoció el nombre de Santa María de las Flores. Su hermoso rostro multiplicado por las máquinas cayó sobre París y sobre Francia, en el más recóndito de los pueblos perdidos, en palacios y en cabañas, revelando a los burgueses entristecidos que su vida cotidiana la rozan de cerca asesinos encantadores que han ascendido solapadamente hasta su sueño, sueño que van a atravesar, por alguna escalera de servicio que, convertida en su cómplice, no ha chirriado. Al pie de su imagen, estallaban de aurora sus crímenes: asesinato uno, asesinato tres y hasta seis, decían su gloria secreta y preparaban su gloria venidera.

Un poco antes, el negro Ange Soleil había matado a su amante.

Un poco después, el soldado Maurice Pilorge asesinaba a su amante Escudero para robarle algo menos de mil francos, y a continuación le cortaban el cuello por su vigésimo cumpleaños, mientras, lo recordáis, esbozaba un palmo de narices al verdugo furioso.

En fin, un alférez de navío, aún niño, traicionaba por traicionar: lo fusilaron. Y en honor de los crímenes de todos ellos escribo este libro.

(Jean Genet. Santa María de las FloresVersión castellana de Teresa Gallego Urrutia y María Isabel Reverte Cejudo. Madrid, Debate, 1981)