jueves, 15 de noviembre de 2012

Transbaikalia

Las citas fallidas de enamorado en lo hondo de una cantera de pórfido; la Gehena y la giga demente de los barcos en llamas, una noche de niebla, por el mar del Norte; las gigantescas matas de espinos y las altas coronas de cementerio de una fábrica bombardeada, solo podrían dar una pálida idea de este vacío espejeante de quemaduras, de este ir sin rumbo y esta deriva de restos de naufragio como las aguas del Amazonas en la crecida, en que mi espíritu no había dejado de flotar después de partir entre enigmáticos monosílabos. Ya no sabría nombrarlo sino con nombres de glaciares inaccesibles o de alguno de esos espléndidos ríos mongoles de carrizos que cantan, de tigres blancos y olorosos, con su ternura de oasis inútiles entre la grava quemada de las estepas, esos ríos que desfilan lentamente ante el canto de un pájaro perdido encima de una caña, como posado después de la retirada del diluvio en un paisaje del que se han barrido los últimos toques del hombre: Nen, Kerulén, Selenga. Nen es el nombre que les doy en sus dulces consuelos, sus grandes escapadas de ternura como bajo velos conventuales; es la suavidad de piedra de sus manos secas, su leve sudor de niño, ligero como rocío, tras el abrazo matinal; es la hermanita de las noches inocentes como lirios, la chiquilla de los juegos pudorosos, de las almohadas blancas como una mañana fresca de septiembre. Kerulén son las tormentas rojas de sus músculos vencidos por la fiebre, la boca torcida con la deslumbrante torsión escultórica de las viguetas de hierro tras el incendio, las grandes olas verdes donde flotan sus piernas agitadas entre los músculos frescos del mar, cuando yo me hundo en él como una tabla a través de estratos traslúcidos, y ese gran ruido de doblar de campanas que nos acompaña en el lecho de las profundidades. Selenga es cuando flota su vestido como un vuelo soleado de gaviotas por el medio de las calles vacías de la mañana, por entre grandes velos batientes, ocelados con sus ojos como una cola de ave que se arrastra; son los ojos líquidos que nadan en torno suyo como una danza de estrellas. Es cuando desciende a mis sueños por las chimeneas tranquilas de diciembre, se sienta cerca de mi cama y toma tímidamente mi mano entre sus deditos para el difícil paso a través de los solemnes paisajes de la noche, sus ojos transparentes a todos los cometas que se abren sobre mis ojos hasta la mañana.
(Julien Gracq. Transbaikalia y otros poemas de “Liberté grande”. Traducción de Miguel Casado, en http://www.fronterad.com/?q=content/la-nube-habitada-julien-gracq )