martes, 3 de abril de 2012

Luna de Schmidt


Completamente vacío; el cielo. La apuesta media luna no dejaba más de 20 estrellas grandes, ¡qué vivan los más fuertes! Y el viento corría dando tantas vueltas en la claridad que mi cabello se arremolinaba y temblaba. Lisa y gris pálida la fachada de la casa con su puerta expectante en las sombras. Por el tejado corría un resplandor negro y un azul plateado celestial, negro y azul, y mi alma se arremolinaba y temblaba. Así estaba parado en el gran patio oscuro del bosque, hasta que se me congeló la piel de los omoplatos bajo la camisa, y sólo quedaba la opción de beber o de volver a meterme en el edredón de plumas.

Pedaleando me introduje en la luz de la luna, el fusil cabalgaba conmigo, bajo la axila, el forro del bolsillo de mi pantalón se tensaba al contacto con las pistolas. Con agilidad giré a la derecha, deslizándome por las falanges de los pinos; arriba, me acompañaba ella: cada vez más rápido. Rodaban las cimas de los árboles y murmuraba el monte bajo tallado en negro, el parloteo de las hojas me impulsaba como un resorte. De un salto me puse de pie detrás del tronco del abeto más grueso y peiné el claro radiante: silbaban ramas, soplaban hierbas, vigilaban cazadores, relampaguea la luna. Manotazo a la cadera redonda y giré el tapón de la cantimplora: la cadenita resonó tímida. Abracé la rosca de aluminio con el borde de los labios; la nuez de Adán bombeó y la luminosidad se hizo más metálica. El viento atacó, straight a través del claro, primero él solo: ¡¿y tú me atacas a mí?! Salté sobre viejos tocones, corrí bailando bajo las ramas, el bosque se desplegó: enseguida fluye la carretera.

Carretera aún con endurecidas huellas de coches de la época de los humanos. Con el viento a mis espaldas floté sobre ella hasta llegar a la granja; pasándola de largo; los manzanos gruñían a destiempo. Aceleré , la piel de mis labios ya se había vuelto insensible, y los muslos cabalgaban debajo de mí, por la plana senda del ciclista, uno, dos, si me detengo me oxido.

(Arno Schmidt. Espejos negros. Traducción de Florian von Hoyer y Guillermo Piro. Tercera de las novelas cortas que componen el tríptico Los hijos de Noboddaddy, junto a Momentos de la vida de un fauno (trad. de Luis Alberto Bixio) y El brezal de Brand (trad. de Fernando Aramburu). Barcelona, Mondadori, 2012).

YO SOY UN SACERDOTE DE LOS PRADOS,
UN PROFETA DE LAS HOJAS DE LOS ÁRBOLES,
UN DEVOTO DEL VIENTO.
(Momentos de la vida de un fauno)

NUNCA HE CREÍDO EN DIOS. COMO TÚ SABES.
PERO AHORA CREO EN EL DEMONIO.
(De una carta de Arno Schmidt a su hermana Luzie
escrita en un campo de prisioneros en 1945)