domingo, 15 de mayo de 2011

Desde Radio Roma, Ezra Pound


Los servicios criptográficos de Forte Braschi, sede del SIM, oyeron los discos que Pound grababa en el estudio del EIAR. Las grabaciones fueron reproducidas a la velocidad adecuada, pero también a velocidades que, por aceleración o desaceleración, deformaban las palabras y las transformaban en ruido. La operación fue repetida muchas veces. Los criptógrafos oyeron entonces los discos al revés. Identificadas las palabras de Pound, y admitiendo que en el fondo seguían siendo incomprensibles y algunas se obstinaban en ser ilocalizables en los diccionarios de inglés o de cualquier otra lengua conocida, los criptógrafos buscaron alguna clave secreta que las volviera inteligibles. No sólo examinaron las palabras. Centraron su atención en las pausas entre palabra y palabra, entre frase y frase, y reprodujeron muchas veces un chasquido captado por el micrófono aparentemente al azar, los ruidos casi imperceptibles registrados en el estudio de radio durante la grabación del mensaje de Pound. No prestaban atención a lo que Pound decía, Roosevelt o Roosenstein o Roosenfeld, Churchill, Churrschild o Rothschild, sino el silencio, a la respiración, a los estremecedores cambios de voz de Pound, furioso, sardónico, iracundo, estridente, exuberante, caótico, un trombón ritual y sobrenatural, un flautín y un pájaro, el oboe o el corno funerario, la trompa, el clarín intimidador, la corneta eufórica, un vuelo de mosquitos. Desvalida, violenta, la voz se vuelve ronca, aumenta, se adelgaza, se afina, se hace aguda, grave, papagayesca. Insiste, machaca, tritura, relincha, patea, embauca, gime, ruge, aturde, se arrodilla, se desinfla, desaparece: palabras borradas y aniquiladas por la rapidez o la lentitud con la que son dichas, palabras espectaculares para distraer, para disimular algo oculto y oblicuo. En busca del mensaje secreto los criptógrafos amplificaban, dividían, cortaban, superponían, pegaban frases y palabras, toses termitentes, agónicas bocanadas de aire, rugidos, bisbiseos, balbuceos y repeticiones, tartamudeos, palabras que no quieren decir nada, o casi nada, tics verbales más que palabras, insistencias absurdas. Pound usaba un idioma para un solo hablante, absolutamente solo en su mundo.

Manganaro insistió: Pound no estaba solo. Pasaba información al enemigo de ultramar a través de las ondas. Todo aquel sinsentido era parte de una organización racionalmente estructurada. La prueba de que los mensajes de Pound tenían un sentido oculto, esencial, era que todo lo que decía Pound no tenía sentido. En alguna oficina de Londres o de Washington o de Moscú daban sentido a lo que, en una primera escucha, resultaba un sinsentido total.

(Justo Navarro. El espía. Barcelona, Anagrama, Col. Narrativas hispánicas, 486, 2011, páginas 72-73. Imagen: “Le hicieron la foto reglamentaria, carcelaria, en mono de soldado. La fecharon: 26 de mayo de 1945. Ese día Pound miró a la cámara con ojos fieros, síntoma de una irritación destructora pero estéril, labios apretados y una larga, oblicua y profunda I de Ira e Indignación en la frente, entre ceja y ceja. Los ojos juzgaban la ignominia a la que el reo era sometido, ignominia que revertía sobre sus torturadores infames. El cuello, el aire, estaba viejo, enflaquecido, y el pelo parecía airado también, y más blancas las sienes y la barba que veinte días antes, cuando lo llevaron al mando del Counter Intelligence Corps en Génova”, Justo Navarro. Ibid. págs. 134-135).