martes, 17 de mayo de 2011

Deberías haber insistido


Se encuentran casualmente a la salida del teatro. Han pasado treinta años y más de cincuenta kilos pero son lo bastante elegantes para fingir que no les impresionan sus respectivas decadencias. De la época en la que vivieron juntos conservan la voz y la mirada, y enseguida recuperan el deseo de saber el uno del otro, prescindiendo de la tensión de entonces, cuando, después de tres años de una felicidad que no han vuelto a vivir, se separaron. La conversación reactiva los recuerdos y acaban hablando de su último día juntos, cuando, encendiendo un cigarrillo tras otro, ella le dijo que no le quería. Ahora, muy cerca del teatro en el que acaban de ver triunfar a una compañía de jóvenes actores, comprenden que hay sentimientos que se pueden cauterizar pero nunca hacer desaparecer. Mantienen una cordialidad afectuosa que, si fueran sentimentales, les conmovería. Él le recuerda el color de las maletas y el momento, tan triste, de devolverle las llaves. Bajando un poco la mirada, ella le dice: “Deberías haber insistido”. Él recibe el comentario sin reaccionar. Se mantiene de pie, con el cuello del abrigo levantado y las manos en los bolsillos, aunque enseguida siente la necesidad de cambiar el rumbo de la conversación y, con habilidad, consigue que hablen de lo que han hecho, de los hijos que han tenido (y perdido) y de las profesiones que les mantienen ocupados. En el momento de despedirse con la promesa de volver a verse, saben que no la cumplirán. Ella, porque no es partidaria ni de los encuentros con antiguos compañeros de escuela ni de cenar de vez en cuando con alguno de sus ex. Él, porque se siente desconcertado y un poco dolido. Deberías haber insistido. ¿Cómo insistir cuando te dicen que no te quieren? Por supuesto que pensó en contradecir la evidencia y en seguir los consejos de algunos amigos comunes, que le decían que estaban hechos el uno para el otro y que tenía que luchar para recuperarla. Pero, al final, optó por una distancia drástica, como si se hubiera acogido a un programa de protección de testigos y hubiera cambiado de vida, de nombre, de profesión, de ciudad. ¿Luchar? ¿Qué quería? ¿Que de madrugada entrara por la ventana como un Romeo de pacotilla? ¿Que, disfrazado de mariachi, liderara una serenata? ¿Que contratará a un aviador acróbata para dibujar en el cielo una frase cursi? Cualquiera de estos efectos especiales le parecían propios de los que, por egoísmo y orgullo, no respetan la literalidad de un –más claro, el agua— “No te quiero”. De pie en la acera, espera a que el semáforo cambie de color. Ya no recuerda el esfuerzo de los jóvenes actores en el escenario, ni la ilusionada mirada que compartían en el momento de recibir el aplauso electrizado del público. Y le entristece darse cuenta de la complicidad que hubieran podido tener juntos, pero también cree que cuando te dicen que una historia se acabó, es importante no insistir, no luchar y ponerle, de la manera más digna y rápida posible, punto final.

(Sergi Pàmies. La bicicleta estática. Versión del autor. Barcelona, Anagrama, Col. Letras hispánicas, 484, 2011.Imagen: Romeo and Juliet de Todd Peterson).