miércoles, 23 de febrero de 2011

Vida de Claudette


En París, adonde iba a mendigarle al cielo una segunda oportunidad en la que no creía, la ausencia de Marianne acabó de pudrirse en mí. Pasé ahí dos años vociferantes, nulos, en sueños: imploraba auxilio en voz alta para tener la oportunidad de rechazarlo mejor; duplicaba mi desamparo torturando a las pocas almas caritativas o débiles a las que habían conmovido mis excesivas llamadas. Me mudaba siguiendo a esas pobre chicas, en la indiferencia, en el furor: en la rue Vaneau, rompía puertas por la noche, y temblaba al día siguiente, frente a la conserje; en la rue du Dragon, reclutado por puntillosos desechos humanos de mi misma condición, fui promovido a la categoría de hashishín y dormía debajo de un fregadero; en Montrouge, quedé extraviado todo un invierno: la jovencita a la que martirizaba entonces recorría todo París, con los bolsillos llenos de recetas médicas falsificadas, y me traía barbitúricos a carretadas; sus ojos muy verdes y clementes me miraban, su mano de niña me alcanzaba dulcemente esa oscura provisión, todo se tambaleaba, mi velar era sueño; me temblaba tanto la mano que las innumerables páginas escritas en ese coma son misericordiosamente ilegibles: el Cielo hace bien lo que hace. Una vez, vi por la ventana una lila en flor, y era primavera. Ignoro el nombre del barrio elegante de donde, una noche de invierno, huí o me echaron de un estudio en el último piso de una casa art nouveau: había estucos con risitas socarronas entre la madera fría, faunos, fauces abiertas bajo la luna; insulté a alguien; mis manos rasguñadas buscaban rejas, heridas, salidas. Ni la caminata ni la helada me quitaron la borrachera: vuelvo a ver el agua de plomo del canal Saint-Martin, un siniestro cafetucho cerca de la Bastilla, y bajo las luces de neón a giorno la deserción de caras prometidas a la noche, ruinas de mi conciencia entonces devastada y del recuerdo que hoy se eclipsa. Los grandes trenes miserables sobre las viguetas temblorosas trajeron el alba; una población de espectros agotados y muy tranquilos llegaba de las afueras, con el día pisándole los talones: estaba en la estación de Austerlitz, no me marchaba.

(Pierre Michon. Vidas minúsculas. Traducción de Flora Botton-Burlá. Barcelona, Anagrama, 2002. Edición original: Vies minuscules. París, Éditions Gallimard, 1984. En la imagen: mis queridos libricos de Pierre Michon)