miércoles, 9 de febrero de 2011

Nosotras



Nosotras también tenemos derecho a la vida.

Las perras que mienten.
Y las que llevan bozal.

Las niñas perpetuas
que son
viejas prematuras.
Bette Davis lleva un vestido de encaje,
calcetines cortos,
huele a chicle
y un lazo le recoge los tirabuzones.
Tiene ochocientos setenta y nueve años,
y canta una canción
con inflexiones vocales
de estrella juvenil.
No necesita doblaje.

Tenemos derecho a la vida.
También nosotras.
Las tejedoras tristes.
Las retrospectivas.
Las mujeres mimadas
que desatienden a los hijos.
Las lolitas caprichosas
que chupan el palo del polo de mango.

Nosotras también tenemos derecho a vivir.
Aunque todos los días
miremos al frente
y nos lancemos,
rudas e indomables,
sin consideración por la que limpia,
escaleras abajo,
hacia el vacío.

No quiero la palabra precisa.
Es pobre y es pequeña.
Quiero una palabra
llena de flecos.
Una lámpara con chupones morados.
Una excrecencia.
Gota que rezuma del canalón.
La estalactita rota.
El polvo de trabajar los brillantes.
Un hielo deshecho.
Y deshaciéndose.
La saliva que le escapa, por la comisura,
a la bella que duerme en el bosque.
La ganga del mineral.
El hilo que sobra detrás del cañamazo.
No quiero la palabra precisa,
sino una llena de flecos,
una lámpara y vuelta a empezar,
un laberinto,
la flor,
una palabra
que ni yo misma entienda
y sólo pueda poseer
cuando los otros,
los de buena voluntad,
me la traduzcan.

Que un hombre me cuente una historia
-suicidio con pastillas,
fábula,
cuento de la lechera,
sus hemorroides,
la enfermedad de la mujer con la que vive-
es un sucio regalo.
Inmerecido.

Es mucho más higiénico
que procure
meter
su dedo índice
dentro
de la huella
de mi cordón
umbilical,
y escarbe
mientras yo me acurruco
como una niña
y
desde
mi dentro de mí
alguien le mira
por un agujerito.

Es gratis.

(Marta Sanz. Hardcore / Perra mentirosa. Madrid, Bartleby Editores, 2010).