lunes, 9 de noviembre de 2009

Con mi amo en el cementerio


Al principio no entendí nada,
O al menos no sospeché ningún indicio que desentonara de nuestra cotidianidad sorda,
Ya estaba acostumbrado a tus bromas, cuando yo te mordía las perneras del pantalón
Y tú, sardónico y cabrón, te hacías el dormido sólo para molestar,
Para hacerme rabiar negándome el plato del agua, el hueso,
El cubo y la pala de plástico con que jugábamos en el jardín,
Después, empezó a aturdirme una atmósfera de grajos que no conocía,
Qué eran esas colas interminables de vecinos, de flores, de mujerongas vestidas de negro,
De dolientes furiosamente encorbatados que bufaban
Al sólo encontrar en el gabinete cuadros, libros ,
Chucherías baratas de cuando aún salías a la calle,
Se cargó la tarde de un presagio espeso y horrendo de brandy
Y allí estabas tú, presidiendo el desguace de tu soledad conquistada,
Casi un invitado más, sólo un recorte de amarillo pálido
Asomado a la minúscula ventana del ataúd de pino.

La de los muertos, es una existencia consumada de tubérculos,
Así, de tu cuerpo van creciendo derivaciones nervudas, ramas de yemas y ojos
Que fondean por abajo, que rastrean reinos de sombra y mineral,
Ciudades tapiadas donde emisarios de Marco Polo
Traman delirios, incestos, visiones casi borrachas de un caleidoscopio,
Y así conocemos a nuestros gemelos, a los otros desastres pares que fuimos,
Los que se hundieron antes por este valle de lágrimas
Y nos revelaron una noche que el sufrimiento era sólo una deuda,
Un contrato por cerrar de quien agotó su tiempo sin doblegarlo en un pulso,
Tanta gramática turbia se aprende en el envés del tiempo que yo,
Separado ya para siempre de ti por dos bloques canónicos de mármol,
Puedo recontar las atrocidades que cometisteis
Y sueño por las noches con genocidios, y despierto sorbiendo lágrimas
Por duelos de inocentes que no conocí.

Ahora dicen que soy un héroe. Vinieron a constatar el milagro
de verme dormitar en tu tumba
La prensa y la televisión, mujeres, sacerdotes y sepultureros me mimaron,
Me dieron de comer delicias sofisticadas que jamás habría probado contigo,
Fui aceptado en el rosario de devociones de algunas viudas,
Y hasta esos adolescentes crueles, que tantas veces me corrían a pedradas,
Me abrumaron con carantoñas, y concienzudas caricias a contrapelo,
Qué extraños y absurdos son, y cómo entiendo ahora tu tozudez al rehuirlos,
En despachar sus tratos con una estafa aceptada a sabiendas,
Una sonrisa tonta de infantilismo que permitía objetar de sus matanzas,
Dicen que soy un héroe, pero qué saben ellos del orgullo y la derrota,
Sólo sé que estoy aquí porque rechazo vuestra lástima, porque así lo quiero
Y me he negado a que me seduzca otro canto que no sea
El de las salvas que se malgastan por los ladrones ahorcados,
Ya mi amo lo decía siempre, que nada había tan fácil de confundir con el heroísmo
Como el celo calculado con que los suicidas se arraigan en su desgracia.

(Rafael Escobar. Todo el mundo debería ser apedreado. XXV Premio de Poesía Joaquín Benito de Lucas. De próxima publicación en la Colección Melibea, Talavera de la Reina, Toledo y 2010).