martes, 8 de julio de 2008

Parvulario (Rafael Escobar)


Así es la vida de los niños que mueren.
Acolchada. Muy dulce.
Es tan bello extinguirse siendo niño...
(Elena Medel)
Los niños muertos siempre repiten postre,
Saltan, con gritos de hosca furia,
Sobre mullidas colchas de franela
Y hojas secas, son mayores para acostarse tarde,
Doblarse al aquelarre de ser libres
Como bastardía del agua,
O copo de trigo que elude
La cuadrícula recta del arnero.

Los niños muertos forman bandas de ángeles sucios,
Bajan por el hueco de la cisterna y la navaja,
Miden la mierda, la múltiple asepsia,
Palpando oro, buscando el geranio
Que hace reír pese a la ortopedia
A raros niños que se borran cojos.

Los niños muertos sienten pena a veces,
Cuando escampa tras la lluvia, y el atardecer
Filtra una luz dorada, como de melocotones,
Entonces, con los compases, con las puntas de los dedos
Rosas, zurcen las redes, Le dan cuerda al mundo
Rozándole talco, perdonando los pecados
Con la maquinaria nigromante
Del claro amor que no pude ser.
(Rafael Escobar (Belmonte, Cuenca, 1979), además de amigo, es un extraordinario poeta. Podría haber incluido cualquier otro de sus maravillosos poemas... y hoy elijo este, porque después de la infancia algunos poetas sólo somos niños muertos, barquitos de papel blanco a la deriva donde suena la nada raveliana pavana para un infante o una infanta difuntos. Niños muertos sin sueño ni pijama, como escribe en Tara (Barcelona, DVD, 2006) Elena Medel, y que sin embargo confían en enero igual que en las ventanas y la voz de la nieve).