domingo, 20 de julio de 2008

Mirando, desde lo alto fugitivas, las aguas, curso enajenado –más allá América— que verá Fernando Pessoa, sueño solamente

Un día como hoy de 1304 nace en Arezzo Francesco
Petrarca, de cuyo Canzoniere (Venecia, 1470)
Boscán y Garcilaso hurtaron el fuego y el soneto,
la mirada exotérmica de Laura
Nadie conoce los hechos a ciencia cierta, hay confusión de datos, botellas vacías, pistas que los tres hombres que propiciaron el sueño han falseado. Hay también, como en las buenas historias (perfectamente incomprensibles), mucha literatura. Pero se comunican el vendaval, la magia, los asombros, y aparecen un hombre y una maleta de cuero negro en un avión de pasajeros que vuela de Italia al sur de España una mañana clara de invierno. Decir que la maleta es pandórico cajón sería demasiado fácil. Decir que en la maleta, inquieta sobre sus rodillas, este hombre trae la peste, sería y no sería un exceso. Decir que ese hombre porta en la maleta un artefacto capaz de contener toda la belleza del mundo, caliente caliente. Entre viento de olivos y luna lunera un hombre recibe una maleta que entregará meses después a otro hombre que espera en una estación en llamas, polvo que arde en la armadura, penas de amor desesperado. El tercer hombre, que ha conversado cara a cara con la muerte y acariciado los muslos paganos –musa o ninfa— de la belleza, sabe armar el artefacto y hacerlo funcionar con una llave que calladas músicas fraguaron. Tenemos ya dos hombres y mil destinos, una misión verdadera y una maleta que ha pasado desapercibida por los detectores, las pantallas de televisión, los registros, las aduanas, el hocico de la policía, enemiga de la vida y de toda belleza. Ni sus jefes ni sus compañeros, ni sus familiares, amigos y vecinos, nadie sabe lo que estos hombres se traen entre manos. Pero nosotros sí lo sabemos, porque soñamos. Porque todo ha sido un sueño.
(Y desde las alturas del Macchu Picchu, como conquistador inverso, novísimo Atahualpa vestido de relámpago y de aguacero, toma notas Rubén Darío ignorando que en la buhardilla de un París entresoñado declina la belleza en manos de un poeta guerrero –en cuya armadura en polvo / todo el amarillo se muere— que hastiado de la antigüedad griega y latina factura explosivos que abrirán volantes todas las maletas de la Estación Europa)