jueves, 15 de marzo de 2007

De Melancholia

I
Si es que hay un infierno en la tierra, debe estar en el corazón del hombre melancólico.
(Robert Burton. Anatomía de la melancolía.
Primera edición en 1661. Trad. Ana Sáez Hidalgo.
Madrid, Asociación Española de Neuropsiquiatría,
1997-2002, 3 tomos)

II


Tal don Quijote y su modelo, Amadís de Gaula, la locura y la cólera repentinas de Hamlet son efectos secundarios, más o menos disimulados, de una profunda melancolía. En el capítulo LVIII de la Segunda Parte, don Quijote se compara con San Pablo, hombre melancólico, aunque se reconoce no como santo sino como pecador. San Pablo (Corintios, capítulo séptimo) afirma que la tristeza según Dios produce firme arrepentimiento para la salvación, mas la tristeza del mundo produce la muerte.

(Vid. Roger Bartra Murià. Cultura y melancolía.
Las enfermedades del alma en la España
del Siglo de Oro. Barcelona, Anagrama, 2001).
III

Cine mudo
Porque gesticular es también una forma –la mejor posible— de estar en el mundo, Franz Kafka o la poesía del gesto.

-- Siempre deseé que admirarais mi resistencia al hambre – dijo el ayunador.
-- Y la admiramos – aseguró el inspector.
-- Pero no deberíais admirarla – dijo el ayunador.
-- Bueno, pues entonces no la admiraremos – dijo el inspector – pero ¿por qué no hemos de admirarte?
-- Porque tengo que ayunar necesariamente, no puedo evitarlo – musitó el ayunador.
-- Claro – afirmó el inspector--; pero ¿por qué no puedes evitarlo?
-- Porque – contestó el artista del hambre levantando un poco la cabeza y hablando al oído del inspector para que no se perdieran sus palabras, con los labios muy alargados como si fuera a dar un beso – nunca encontré comida que me gustara. Si la hubiera encontrado, habría comido hasta la saciedad, como todo el mundo.


Caballero de las tres veces triste figura, ningún otro escritor como el de este relato -–que don Miguel me perdone-- ha hundido el bisturí más honda, delicadamente, en la anatomía frágil e imperecedera de la melancolía.
(Frank Kafka. La metamorfosis y otros relatos.
Trad. Julio Izquierdo. Barcelona, RBA, 1995)

IV

(Farinelli y Carlos IV)

Y así, cuando el espíritu de Dios asaltaba a Saúl, cogía David la cítara y tocaba con su mano; entonces Saúl se calmaba, mejoraba y el mal espíritu se alejaba de él.

(Primer Libro de Samuel 16, 23)
V

El ángel de Durero se posa en los anaqueles de mi biblioteca bajo el sol negro de la melancolía.

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