miércoles, 16 de septiembre de 2026

Las motillas

(Un libro imprescindible)

Las motillas suelen ser circulares y a menudo discurren en torno a un pozo ubicado en el patio central de la construcción. Acostumbraban a estar en llanuras aluviales, en zonas de baja salinidad, cerca de ríos y en puntos en los que la capa freática queda lo bastante cerca como para poder alcanzarla a mano con técnicas y herramientas de hace más de cuatro mil años. Se instalaron en lugares que no siempre estuvieron secos. No se sabe si sus artífices habían visto los últimos charcos antes de que desapareciesen, o si conocían la técnica que otros ya empleaban entonces y que el ingeniero Marco Vitruvio extendió casi tres mil años después para encontrar donde construir un pozo: tumbarse en el suelo al amanecer, pegar la mejilla a la tierra y esperar a que saliera una neblina. Más o menos en ese tiempo es cuando se cree que el ser humano descubrió algo que sabe también el escarabajo del desierto de Namibia: que puede conseguir agua allí donde hay niebla. O quizá, simplemente, se guiaron por la presencia de algunas plantas que, como sabían nuestros antepasados desde tiempos inmemoriales, podían indicar que debajo había agua. Nunca sabremos cuál de estos conocimientos arcaicos les dio la clave para instalarse en unos lugares y no en otros, pero para los primeros pastores las lagunas de Ruidera habían sido un oasis. A diferencia de otros puntos de La Mancha, ahí el agua solía ser constante, y por eso proliferaron allí las motillas mucho antes del encantamiento del que fueron víctimas en el sueño que tuvo don Quijote en la cueva de Montesinos. Un sueño que, además, aporta una metáfora que remite a un hecho que tuvo lugar en tiempos prehistóricos: las lagunas secuestradas.

Los yacimientos se encuentran especialmente concentrados en las zonas de drenaje natural en superficie del acuífero 23, como son las Tablas de Daimiel, los Ojos del Guadiana, las lagunas de Ruidera y los cursos de algunos ríos. Esas construcciones se extendieron sobre todo por la actual Ciudad Real y también por Albacete, y se han encontrado algunas en Toledo y Cuenca, aunque allí su presencia es testimonial. La mayor concentración se da en la Mancha Occidental I, sobre cinco masas de agua subterránea en la cuenca hidrográfica del Guadiana y parte del Júcar. Sólo en el entorno de las Tablas de Daimiel se han encontrado ya ocho de las cuarenta y cinco que han aparecido hasta la fecha.

Eran más que pozos; allí se enterraban, alrededor del agua, algunos muertos, a menudo con vasos y otros elementos del ajuar. Coexistieron con las morras (poblaciones en altura), silos y centros ceremoniales. De estos últimos, y hasta que viera la luz recientemente Bocapucheros, sólo había pruebas de uno que ya nos resulta familiar: Castillejo del Bonete, que se encontraba entre dos motillas, conectando el solo con el inframundo y la vida con la muerte.

(Virginia Mendoza. La sed. Una historia antropológica (y personal) de la vida en tierras de lluvia escasa. Barcelona, Debate/ Penguin Random House, 2024, páginas 130-131)

No es posible, señor mío, sino que estas yerbas den testimonio de que por aquí cerca debe de estar alguna fuente o arroyo que humedece y así será bien que vayamos un poco más adelante, que ya toparemos donde podamos mitigar esta terrible sed que nos fatiga, que sin duda causa mayor pena que la hambre.

SANCHO PANZA (El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, cap. XX)

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