Las motillas suelen ser circulares y a menudo discurren en
torno a un pozo ubicado en el patio central de la construcción. Acostumbraban a
estar en llanuras aluviales, en zonas de baja salinidad, cerca de ríos y en
puntos en los que la capa freática queda lo bastante cerca como para poder
alcanzarla a mano con técnicas y herramientas de hace más de cuatro mil años. Se
instalaron en lugares que no siempre estuvieron secos. No se sabe si sus
artífices habían visto los últimos charcos antes de que desapareciesen, o si
conocían la técnica que otros ya empleaban entonces y que el ingeniero Marco
Vitruvio extendió casi tres mil años después para encontrar donde construir un
pozo: tumbarse en el suelo al amanecer, pegar la mejilla a la tierra y esperar
a que saliera una neblina. Más o menos en ese tiempo es cuando se cree que el
ser humano descubrió algo que sabe también el escarabajo del desierto de
Namibia: que puede conseguir agua allí donde hay niebla. O quizá, simplemente,
se guiaron por la presencia de algunas plantas que, como sabían nuestros
antepasados desde tiempos inmemoriales, podían indicar que debajo había agua. Nunca
sabremos cuál de estos conocimientos arcaicos les dio la clave para instalarse
en unos lugares y no en otros, pero para los primeros pastores las lagunas de
Ruidera habían sido un oasis. A diferencia de otros puntos de La Mancha, ahí el
agua solía ser constante, y por eso proliferaron allí las motillas mucho antes
del encantamiento del que fueron víctimas en el sueño que tuvo don Quijote en
la cueva de Montesinos. Un sueño que, además, aporta una metáfora que remite a
un hecho que tuvo lugar en tiempos prehistóricos: las lagunas secuestradas.
Los yacimientos se encuentran especialmente concentrados en
las zonas de drenaje natural en superficie del acuífero 23, como son las Tablas
de Daimiel, los Ojos del Guadiana, las lagunas de Ruidera y los cursos de
algunos ríos. Esas construcciones se extendieron sobre todo por la actual
Ciudad Real y también por Albacete, y se han encontrado algunas en Toledo y
Cuenca, aunque allí su presencia es testimonial. La mayor concentración se da
en la Mancha Occidental I, sobre cinco masas de agua subterránea en la cuenca
hidrográfica del Guadiana y parte del Júcar. Sólo en el entorno de las Tablas
de Daimiel se han encontrado ya ocho de las cuarenta y cinco que han aparecido
hasta la fecha.
Eran más que pozos; allí se enterraban, alrededor del agua,
algunos muertos, a menudo con vasos y otros elementos del ajuar. Coexistieron con
las morras (poblaciones en altura), silos y centros ceremoniales. De estos
últimos, y hasta que viera la luz recientemente Bocapucheros, sólo había
pruebas de uno que ya nos resulta familiar: Castillejo del Bonete, que se
encontraba entre dos motillas, conectando el solo con el inframundo y la vida
con la muerte.
(Virginia Mendoza. La sed.
Una historia antropológica (y personal) de la vida en tierras de lluvia escasa.
Barcelona, Debate/ Penguin Random House, 2024, páginas 130-131)
No es posible, señor mío, sino que estas yerbas den
testimonio de que por aquí cerca debe de estar alguna fuente o arroyo que
humedece y así será bien que vayamos un poco más adelante, que ya toparemos
donde podamos mitigar esta terrible sed que nos fatiga, que sin duda causa
mayor pena que la hambre.
SANCHO PANZA (El
ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, cap. XX)

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