Durante kilómetros caminábamos a trompicones, resbalando en
el hielo y sosteniéndonos continuamente el uno al otro, sin decir palabra
alguna, pero mi compañero y yo sabíamos que ambos pensábamos en nuestras
mujeres. De vez en cuando levantaba la vista al cielo, y contemplaba el
diluirse de las estrellas al tiempo que el primer albor rosáceo de la mañana se
dejaba ver tras una oscura franja de nubes. Pero mi mente se aferraba a la
imagen de mi esposa, imaginándola con una asombrosa precisión. Me respondía, me
sonreía y me miraba con su mirada cálida y franca. Real o irreal, su mirada
hacía más que el sol del amanecer. En ese estado de embriaguez nostálgica se
cruzó por mi mente un pensamiento que me petrificó, pues por primera vez
comprendí la sólida verdad dispersa en las canciones de tantos poetas o
proclamada en la brillante sabiduría de los pensadores y de los filósofos: el
amor es la meta última y más alta a la que puede aspirar el hombre. Entonces
percibí en toda su hondura el significado del mayor secreto que la poesía, el
pensamiento y las creencias humanas intentan comunicarnos: la salvación del
hombre sólo es posible en el amor y a través del amor.
(Viktor Frankl. El
hombre en busca de sentido. Traducción de Christine Kopplhuber y Gabriel
Insausti Herrero. Edición y prólogo de José Benigno Freire. Barcelona, Herder, 2004)

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