Pasear durante una hora deseando ver amanecer.
Desayunar café con leche y unas tostadas con mermelada
de melocotón y arándanos, mientras contemplo el amanecer.
Echar cuentas de los meses que llevo sin fumarme un
cigarrillo.
Soñar que soy un fumador de opio en el Londres de 1900 y que
puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pasarme horas releyendo 2666
de Roberto Bolaño
y redescubrir a un narrador absolutamente prodigioso.
Estrenar una pluma que me regalaron hace mil años
–antes de ayer compré cartuchos de tinta- y en un papelico
que andaba por ahí escribir “Te quiero” y firmar como
Fernando.
Unos spaguetti al
pomodoro que me han recordado a La Mancha.
Ver otra vez Toro
salvaje de Scorsese y quedarme noqueado.
La versión que Julian Lage hace de la canción I´II Be Seeing
You
que Billie Holiday hizo suya, y que he escuchado un millón
de veces.
Pensar que Billie Holiday podría haber sido el amor de mi
vida.
(Daría mi vida entera por haber podido estrechar su mano;
necesitaría otra vida entera para poder mirarle a los ojos).
Asearme, afeitarme, perfumarme, trajearme, limarme las uñas:
esta tarde voy a comerme la última naranja de la temporada.
Bajar la basura y coincidir y conversar con una vecina.
Cenar pan con tomate y con jamón del bueno y con aceite de
oliva.
Meterme en la cama, arroparme, apagar la luz, tener miedo,
sentirme solo, y de pronto darme cuenta de que mis piernas
y los dedos de mis pies se mueven como cuando era un niño.
Ver los ojos rebosantes de bondad y de ternura de mi abuelo
José.
Contarme un cuento. Jugar con las palabras. Morirme de risa.
Llegar a la conclusión irrefutable y extrañamente hermosa
de que el mundo y la vida y yo mismo somos una pura tontería.
(Fotografía de Hannes Caspar)

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