El hijo del carpintero
sabe que no hay vida sin amor
y que no hay verbo sin herida.
El hijo del carpintero sabe
que no estamos condenados al abismo
ni seremos arrojados a soberanías altivas.
El hijo del carpintero sabe que las manos
se llenan de agua para aliviarnos la sed;
que somos la tierra que pisamos y el aire
que respiramos y la luz del mediodía.
El hijo del carpintero sabe que somos
el fuego que funda y confunde nuestros sentidos.
El hijo del carpintero sabe que nuestro amor
nunca conocerá la muerte ni caerá en el olvido.

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