martes, 6 de marzo de 2018

Mujeres (8 de marzo de 2018)


Y no quiero ser vencida.
(Cecilia Quílez)

I

Una mujer
Acaba donde
Nadie
mira
Asoma
Viéndose
Lo que los demás
Pies y cabeza
Conocieron
Desde fuera se ve mejor
Toda ella
Ella completa
Cabeza
Corazón
Otro accidente más
Y una mujer de menos
En el Olimpo de la ceguera

(Cecilia Quílez. La hija del Capitán Nemo)

II

No, no es la solución
tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoy
ni apurar el arsénico de Madame Bovary
ni aguardar en los páramos de Ávila la visita
del ángel con venablo
antes de liarse el manto a la cabeza
y comenzar a actuar.

Ni concluir las leyes geométricas, contando
las vigas de la celda de castigo
como lo hizo Sor Juana. No es la solución
escribir, mientras llegan las visitas,
en la sala de estar de la familia Austen
ni encerrarse en el ático
de alguna residencia de la Nueva Inglaterra
y soñar, con la Biblia de los Dickinson,
debajo de una almohada de soltera.

Debe haber otro modo que no se llame Safo
ni Mesalina ni María Egipciaca
ni Magdalena ni Clemencia Isaura.

Otro modo de ser humano y libre.

Otro modo de ser.

(Rosario Castellanos. Mujer que sabe latín...)

III

Entre la mujer y la primera niña hay un espacio de arena y vidrio. Gira el tiempo en su moción irreverente como un diábolo de esquirlas. Me incomoda su simetría. La nebulosa se origina cuando agito la tempestad que hay en mi mano. Entonces se enturbia el agua en su esfera de luz. Copos de tinta negra flotando como cadáveres tempranos. Son los insectos oscuros de la fiebre. Chocan contra la membrana del tránsito entre relojes. Van dejando sus vísceras sobre el parabrisas de un llanto. Llueve o lloro. Es lo mismo. La nada no tiene sangre, tan solo permanece en su canto.

(Beatriz Russo. Nocturno insecto)

IV

Ellas, guardianas de esas habitaciones a las que los hombres no entran, abrigando a los recién nacidos y a los recién muertos antes de que se enfríen del todo; ellas, resucitando helechos después de la helada. […] Empujar la puerta de esa habitación que los hombres clausuraron y ver a mamá cambiando los pañales a la abuela, siguiendo el hilo de su conversación extraviada, la viejita le llama mamá y algo parecido a la infancia vuelve a poseerle las mejillas. Anda perdida, canta canciones de otro tiempo: “vaga sola en el suelo pampeano, una loca de lánguida faz”. […] Aferrarse a esa sustancia invisible que viaja entre sus manos, a eso indestructible que enhebra sus cuerpos.

(Laura Giordani. Antes de desaparecer)
V

Con las piedras lanzadas
contra mí
he construido
los muros de mi casa

(Anise Koltz. Cantos de rechazo)