viernes, 16 de febrero de 2018

Muerte de un crítico



I

Aburridos, desagradables y moribundos,
los ancianos:
fueron el blanco de mis burlas,
hasta que el tiempo, que todo lo cura, me hizo suyo.

En la vieja Nueva York decíamos:
“Si la vida supiese escribir,
habría escrito como nosotros”.
Ahora el fluido vital se gasta
en el mechero desechable,
su brillo carmesí, cilíndrico, translúcido,
va palideciendo…
Oh, reina de las ciudades, estrella del alba.

Arde dentro de mí la edad.

El sendero año tras año se despeja,
cada año lo cubre la maleza;
la naturaleza colabora con nosotros
y luego nosotros dejamos de colaborar.

II

El cuadrado verde-océano de la televisión
amado y buscado como ningún rostro amado…

En mi cuarto desconectado
me curo a fuerza de hablar conmigo mismo.
Convalezco. No me divierte
debatir con mis antiguos alumnos
y coloco un tablero entre los brazos de la silla
para escribir cartas a máquina
que queman por miedo a mis microbios.

Los discípulos llegaban como las golondrinas de Brasil
o vía aérea las reseñas de libros desde Londres.
En las noches de insomnio, cuando mi tragedia
deleita a las diletantes aves diurnas, pregunto
dónde están sus imprevistos rostros familiares
que no logré reconocer.

Los estudiantes cuyo entusiasmo
hizo agujeros en lo que era transitorio
se han graduado para no existir más.
No tiene sentido
hacer que vuelvan a la vida,
tendrían la tonta cordialidad de los fantasmas…
sin referencias ni derechos de autor,
sin empleo.

Ahora que el hielo casi me cubre del todo
miro la rosa que resplandece en la estufa.
En los momentos cálidos, veo
que hizo de Long Island
un trópico en verano.
De los noventa a Nixon,
la misma chica, los mismos pechos,
aún deliberadamente sin arrugas.
En mi pantalla,
el abominable patrón
me la ofrece cada noche
como si fuese su hija.

¿Me hizo el pánico de ellos inefable?
¿Fue mi integridad mi única
interpretación de todo cuanto maldije?

¿Asesinó el músico Gesualdo
a su mujer para heredar
su voz de ruiseñor?

Mis reproches sobreviven a sus víctimas
enterradas en las revistas literarias
en las que aparecíamos a la vez:
la barrucada y sus presa.
Mis reseñas primerizas,
que fueron el equivalente verbal del homicidio,
son ahora un pequeño montón compacto,
casi tan viejo como yo.
Se deshacen amarilleadas,
las rígidas páginas
se descascarillan como las hojas secas
que vuelan lejos del árbol que las alimentó.

Tras las fachadas celulares de Nueva York
revestidas de vítreo indiferencia
menguo… ya nunca más dinamita.

Pido una muerte natural,
sin dientes por el suelo,
sin sangre derramada…
No es la muerte a quien temo,
sino al indefinido, ilimitado dolor.

(Robert Lowell. Poesía completa, 2 (1067-1977). Edición de Andrés Catalán. Traducción de Andrés Catalán y José de María Romero y Barea. Madrid, Vaso Roto, 2017)