viernes, 24 de junio de 2016

La importancia de ser una cerilla


Una mañana de un día como hoy de 1826 el químico y farmacéutico John Walker  se encontraba enredando en su botica de Stock-ton-on-Tees y accidentalmente inventó la cerilla de fricción. John mezclaba en un cubo sulfuro de antimonio, clorato de potasio, goma y almidón removiéndolo con un palo. Como quedaran en uno de los extremos restos secos de esa mezcla que devendrá nauseabunda, tóxica y explosiva, a John se le ocurrió limpiarlo frotándolo contra el suelo, de manera tal que aquel vulgar palo se convirtió en varita mágica que trae y se lleva la luz. John, hijo de John, humilde y discreto tal palo, permitió que fuera otro hombre –no diremos su nombre-- el que patentara el invento…

La cerilla. Las cerillas. La caja de cerillas.
Hay cerca de ti en este momento
una caja de cerillas
que en otro momento te salvará la vida.

Hay una caja de cerillas en casa,
en un hoyo o en la acequia,
flotando y flotando
en una de sus curvitas,

flotando y flotando

la caja de cerillas que algún día,
no lo olvides, te salvará la vida.

Salvará tu vida
esa cajita de cerillas cósmica,
esa pedazo de caja de cerillas
que se tele-transporta de cajón
en cajón, de caja en caja
por el firmamento infinito
de las habitaciones

de los pisos
alquilados en los que fuiste
y fuiste metiendo y
metiendo,

flotando y flotando,

ese pedazo de carne
luminoso y triste
que llamas cerilla