martes, 28 de abril de 2015

Un libro en cada orilla (Mensaje de Paula Gastelo)


Fernando Nombela. En esta luz nosotros, Tigres de papel, 2014;
Soñé la muerte y otros poemas, El sastre de Apollinaire, 2011.

Tengo dos libros en mi manos.
Decir, primero que todo, que los nombro por su color: “En esta luz nosotros” es el amarillo. “Soñé la muerte y otros poemas” es el verde.
Decir que los leí uno tras otro, sin mediar pausa entre ellos. Decir que disfruté inmensamente, completamente, de cada uno. Decir que disfruté aún más del tránsito entre uno y otro.
Y es aquí donde quiero detenerme, en el tránsito entre amarillo y verde. 
Tránsito no premeditado, fruto de la impaciencia y la fascinación de la búsqueda de eso que asciende tras las pistas de lo escrito, las palabras. Esa música otra.
El tránsito precioso, diría que necesario.
Así, me veo inmersa en un mundo par, donde ya no hay cómo --no encuentro cómo--dialogar con uno sin el otro. Quedarme en uno sin dejarme en el otro.
Uno que (se) sostiene al otro, el otro que (se) abraza al uno. 
Lo que en uno es lanza, en el otro es astilla.
Lo que en uno es cobijo, en el otro es la desnudez hasta el átomo.
Una hamaca con dos cielos. Un mar con dos aguas.
Un libro en cada orilla, tendidos los puentes entre ellos.
Es probable que, hasta aquí y poco más, todo lo que pueda decir ya esté dicho.
Y, sin embargo, no puedo sustraerme de hacer el intento último de destramar, destejer, aunque ello signifique el daño irreversible de lo delicado.

Hacerlo, entonces, furtivamente, midiendo cuidadosamente mis pasos, despojándome de lo que me sobra o asoma de puntiagudo, afilado. No romper. Acariciar. No forzar. Entregarse.
Como amar, como vivir, como leer.

Uno. Un libro en cada orilla...

Orilla amarilla.
Es más de lo que esperaba. ¿Acaso esperaba menos? No.

Se remueven las tierras interiores dejando desnudas las cosas perdidas.
Paisaje en dónde solo resta caer, cayendo, perseguida
por lágrimas salidas desde el centro de la tierra.

El temblor.
El temblor de mis manos.
El temblor de mis manos tristes.

El tesón de la luz y su certero iluminar, lavar, bendecir, consolar. 

La tristeza que no recuerdo.
La tristeza que olvidé recordar.
Que disfracé de otro color.
La tristeza reducida a problema.
La tristeza en gloria y majestad.

Y fulminante categórico irreductible, el odio. Y abatido despojado huérfano, el odio.

Y la melancolía tomando sol, ese portento.

Orilla verde.
Los espejos. Lo sísmico. 
Lo doy todo por cierto, no hay espacio para la duda. Mi ignorancia no me lo permite. Tampoco mi naturaleza crédula y cándida.
Tanta vida no puede ser mentira.

La paciencia.
La paciencia en la mirada, la paciencia de la mirada. Paciencia en el vendaval, en la espera, en la calma, en la llegada, en la pérdida, en la nostalgia, en la vida, en la muerte, en el amor, en el miedo (pero esta es mía). Paciencia en la palabra. Paciencia en la paciencia.

Quiero apropiarme de: Leed retretes donde dice retratos.

Dos.  …tendidos los puentes entre ellos.

Puentes oxidados de sal y lluvia
que crujen bajo el peso 
de la sombra que soy
intuyéndome oscura, sedienta.

Cruzar los puentes.

Puentes color de puñal y forma de locura, de olvido.

Cruzarlos ciegos, reptando entre la amenaza y la redención de la muerte omnipresente.

Puentes atristados, deshilachados, apenas sosteniéndose,
como lágrimas, como brazos abrazando nada.

Cruzarlos con nada más que la propia piel como abrigo.

Puentes líquidos. Ríos puentes. 

Cruzarlos como contrabandista. Llevar olvido a la memoria, el recuerdo al vacío, llevar agua y amor, traer pecios, traer silencio. Llevar y traer abriles. Llevar y traer luz, inviernos, catedrales, soledades.

Puentes colgantes, tensados sobre el vacío de una soledad inconmensurable y tan transparente.

Cruzarlos como peregrino caminando, paciente y bendito, hacia el alma sagrada -esa luz-, la vena que alberga todas las sangres, el latir del mundo en el hombre, del hombre en el mundo.

Puentes como el amor sí como el amor.

Tres. Orillas, puentes, pies.

La hermosura no admite descripción. Con suerte una confusa, vergonzante, tentativa.

Primero.
Hay que no-saber.
Hay que usar los sentidos perdidos -esos, que ante el suspiro de lo ignoto, surgen, innumerables, tras las cinco puertas memorizadas.
Segundo.
Aceptar los vientos, todos.
Renunciar al timón, al ancla, a cualquier subterfugio de nave.
Hay inmensidades que no soportan ningún tipo de andamio, de cosa edificada, de borde.
Tercero.
“Ven”. Desaparece. Desintégrate.
“Ven”. Llora conmigo los llantos tuyos (nosotros), los llantos nuestros (nosotros), los seismilmillones de llantos (nosotros); desvelemos las capas del llanto.
“Ven”. Llenemos un mar nuevo.
“Ven. Naveguemos.”
Cuarto.
Agitarse. Sacudirse. Saberse, de a poco, otra vez, animal.
Animal herido y aterido. Animal sediento y hambreado.
Quinto.
Salir a cazar.

Por ahora, me quedo aquí, tendida junto a estos versos que son y serán:
Por agua y amor vine
Por amor y agua.
(Paula Gastelo)