martes, 2 de diciembre de 2014

¡Qué raro es todo esto! (tres poemas de Jaime Sabines)


No pongas el amor en mis manos como un pájaro muerto.
(Jaime Sabines)

I

Leyendo a Tagore pensé en esto

Leyendo a Tagore pensé en esto: la lámpara, la vereda, el cántaro en el pozo, los pies descalzos, son un mundo perdido. Aquí están las bombillas eléctricas, los automóviles, el grifo del agua, los aviones de propulsión a chorro. Nadie cuenta cuentos. La televisión y el cine han sustituido a los abuelos, y toda la técnica se acerca al milagro para anunciar jabones y dentríficos.

No sé por qué camino, pero hay que llegar a esa ternura de Tagore y de toda la poesía oriental sustituyendo a la muchacha del cántaro al hombro con nuestra mecanógrafa eficiente y empobrecida. Después de todo, tenemos las mismas nubes, y las mismas estrellas, y, si nos fijamos un poco, el mismo mar.

A esta muchacha de la oficina también le gusta el amor. Y entre el fárrago de papeles que la ensucian todos los días, hay hojas de sueños en blanco que guarda cuidadosamente, recortes de ternuras a que se atreve en soledad.

Yo quiero cantar algún día esta inmensa pobreza de nuestra vida, esta nostalgia de las cosas simples, este viaje suntuoso que hemos emprendido hacia el mañana sin haber amado lo suficiente nuestro ayer.

II

Tu nombre


Trato de escribir en la oscuridad tu nombre. Trato de escribir que te amo. Trato de decir a oscuras todo esto. No quiero que nadie se entere, que nadie me mire a las tres de la mañana paseando de un lado a otro de la estancia, loco, lleno de ti, enamorado. Iluminado, ciego, lleno de ti, derramándote. Digo tu nombre con todo el silencio de la noche, lo grita mi corazón amordazado. Repito tu nombre, vuelvo a decirlo, lo digo incansablemente, y estoy seguro que habrá de amanecer.

III

En serio

Te digo en serio que la muerte no existe. De pronto lo descubres. Cuando el pedazo de carbón no es más madera quemada sino carbón a solas, lleno de sí mismo, con su propia vida; cuando la corteza del árbol o la hoja desprendida flota sobre el arroyo, y la piedra en el fondo junto a los caracoles crece mansamente; el agua llena de tantas cosas minúsculas, llena de luz, de música, de insectos destruidos, de zancudos cristianos caminando sobre su superficie; el agua que se bebe la sombra de los árboles; el ganado a su orilla, las quietas vacas en el viento, el viento quieto como una transparencia; toda la tarde, todo el concierto, la armonía, el deslumbrante misterio que estaba allí a tu alcance, tan sencillo y tan simple. Y tú dentro de todo, con todo en ti mismo.
–Te digo que sólo la vida existe.

(Jaime Sabines. Recuento de Poemas. 1950 – 1993
Madrid, Visor, col. Poesía, 853, 2014)

Acabo de desenterrar a mi madre, muerta hace tiempo.
Y lo que desenterré fue una caja de rosas: frescas, fragantes, 
como si hubieran estado en un invernadero.
¡Qué raro es todo esto! 
 (Jaime Sabines)