martes, 8 de julio de 2014

El Farolito


—Mezcal —dijo el Cónsul.

El salón principal de El Farolito estaba desierto. Desde un espejo que, colgado tras el bar, también reflejaba la puerta abierta a la plaza, su rostro, mudo, lo miró fijamente con los ojos colmados de un presagio austero y familiar.

Sin embargo, el sitio no estaba en silencio. Lo invadía aquel latido: el tic-tac de su reloj de pulsera, de su corazón, de su conciencia, de algún otro reloj. También, de muy abajo, venía un lejano rumor de agua corriente, de un derrumbe subterráneo; y además aún podía escuchar las hirientes y amargas acusaciones que él mismo lanzara contra su propia desdicha, voces como de un altercado, la suya más alta que las demás, mezclada ahora ya con las otras que parecían gemir acongojadas a lo lejos: —¡“Borracho”, “Borrachón”, “Borraaacho”!

Pero una de estas voces, implorantes, era como la de Yvonne, aún sentía a sus espaldas su mirada, la de ellos en el Salón Ofelia. Rechazó adrede todo pensamiento de Yvonne. Bebió deprisa dos mezcales: las voces cesaron.

Chupando un limón hizo el inventario de cuanto lo rodeaba. El mezcal lo tranquilizaba y a la vez entorpecía su mente; para que cada objeto le hiciera una impresión hacía falta que transcurrieran algunos momentos. En un rincón del salón, había un conejo blanco que roía una mazorca de maíz. Mordisqueaba con aire indiferente los granos morados y negros como si tocase un instrumento. Detrás del bar colgaba de un eslabón afianzado una hermosa vasija oaxaqueña con “mezcal de olla” de la que habían vertido su bebida. A ambos lados se alineaban botellas de Tenampa, Berreteaga, “Tequila Añejo”, “Anís doble de Mallorca”, una garrafa violeta con “delicioso licor” de Henry Mallet, una maroma de cordial de menta, una botella alta y acanalada de “Anís del Mono”, en cuya etiqueta un demonio blandía un tridente. Sobre el ancho mostrador había platitos con palillos, chiles, limones, un cubilete lleno de pajas y un tarro de vidrio en el que estaban cruzadas largas cucharillas. En uno de los extremos había grandes jarras multicolores y de forma de bulbo llenas de aguardiente, alcohol puro de diferentes sabores en el que flotaban cortezas de cítricos. Un cartel de baile de la noche anterior en Quauhnáuac, clavado junto al espejo, le llamó la atención: “Hotel Bella Vista Gran Baile a Beneficio de la Cruz Roja. Los Mejores Artistas del radio en acción. No falte Ud.”. Un escorpión estaba adherido al cartel. El coronel observó con atención todos los objetos. Exhalando largos suspiros de alivio glacial incluso contó los palillos. Aquí estaba a salvo; era éste el lugar que quería: el refugio, el paraíso de su desesperación.

(Malcom Lowry. Bajo el volcán
Traducción de Raúl Ortiz y Ortiz. 
Barcelona, Tusquets Editores, 1977)