viernes, 6 de septiembre de 2013

Si vuelvo a casa


Hijo de Laertes, divino Ulises de mente astuta, es mejor que hable claro y diga lo que pienso, y lo que sucederá: así nos evitaremos seguir charlando inútilmente. No hay en la tierra ni un solo aqueo que pueda convencerme de que abandone mi ira. No podrá hacerlo Argamenón, ni podréis hacerlo vosotros. ¿Qué provecho obtiene quien combate, siempre, sin tregua, ante cualquier enemigo? El destino es igual tanto para el animoso como para el bellaco, y mueren igual el holgazán y el esforzado. Nada me queda después de haber sufrido tanto, después de haber arriesgado mi vida en todo momento en el corazón de la batalla. Como un pájaro que lleva a sus polluelos la comida que con tanto esfuerzo ha conseguido, del mismo modo pasé yo muchas noches insomne, y muchos días dediqué a luchar contra el enemigo en el campo ensangrentado. Doce ciudades alcancé con mis naves y las destruí. Y otras once alcancé atravesando la fértil tierra troyana, y las destruí. Traje tesoros inmensos y todo se lo entregué a Argamenón, hijo de Atreo; y él, que permanecía en lugar seguro, cerca de las naves, en su tienda, todo lo iba aceptando: muchas cosas se las quedaba para él, algunas las repartía para los demás. A los reyes y a los héroes siempre les ha concedido un premio de honor, y todos lo conservan todavía ahora, pero yo no: a mí me lo ha quitado Argamenón. Me ha quitado la mujer a la que amaba y que ahora duerme con él. Que se la quede y que se divierta. Y además, ¿por qué tendríamos que combatir por él? ¿Por qué ha reunido un ejército y lo ha reunido hasta aquí? ¿Acaso no es por Helena, la de hermosos cabellos? ¿Es que acaso sólo los hijos de Atreo aman a las mujeres? No, todo hombre noble y sabio ama a la suya y cuida de ella del mismo modo que yo amaba a la mía, con todo mi corazón, y no me importaba si era una esclava de guerra. Él me la ha arrebatado, me ha robado mi premio de honor; ahora ya sé qué clase de hombre es, y no me engañará de nuevo. No intentes convencerme, Ulises, piensa en todo caso en cómo salvar las naves del fuego. Habéis hecho ya tantas cosas, sin mí. Habéis construido el muro, y a lo largo del muro habéis escavado una fosa, ancha, profunda, llena de trampas. Pero a Héctor no le detendréis de ese modo. Cuando yo luchaba a vuestro lado, no se arriesgaba a alejarse de sus murallas, permanecía luchando en las puertas Esceas, y sólo cuando el coraje lo inspiraba se atrevía a llegar hasta la encina… Fue allí donde me desafió, aquel día, ¿te acuerdas, Ulises? Él y yo, el uno contra el otro. Salí vivo de milagro. Pero ahora…, ahora ya no tengo ganas de enfrentarme a él. Mañana, si quieres y si te importa, mira hacia el mar: verás mis naves, al alba, surcar el Helesponto, los hombres inclinados sobre los remos. Y si el dios glorioso que estremece la tierra me concede un buen viaje, dentro de tres días llegaré a la fértil tierra de Ftía. Todo lo que poseo lo dejé allí para venir a luchar aquí, al pie de las murallas de Troya. Regresaré allí y llevaré conmigo oro, y bronce purpúreo, y hierro deslumbrante, y hermosas mujeres, y todo cuanto gane aquí: todo excepto Briseida, porque aquel que me la dio, me la ha arrebatado.

Ve a donde esté Argamenón y refiérele lo que te he dicho, y hazlo en voz alta, delante de todos, de manera que los demás aqueos sepan qué clase de hombre es, para que tengan cuidado, no vayan a ser engañados ellos también. Yo os digo que, por muy desvergonzado que sea, no volvería a tener el valor de mirarme a los ojos. Y yo no iré en su ayuda, ni combatiendo, ni dándole consejo; ya he tenido bastante, que se vaya al diablo, nada puedo hacer si se ha vuelto loco. Él ya nada me importa, y odio sus presentes: aunque me diera diez, veinte veces cuanto posee, aunque me ofreciera tantos bienes como granos tiene la arena, ni siquiera así lograría doblegar mi corazón. Antes tendrá que pagar, hasta el fondo, la horrible ofensa con que me ha herido. Y no me casaré con una hija suya, no me casaría con ella ni aunque fuera bella como Afrodita o de ingenio abundante como Atenea; que se la dé como esposa a cualquier otro, tal vez a alguien más poderoso que yo, alguien que esté a su altura… Si los dioses me salvan, si regreso a casa, será mi padre quien elija una esposa para mí. Es a casa adonde quiero ir, es ahí adonde quiero volver: a disfrutar en paz de lo que es mío, con una mujer a mi lado, una esposa. Por muy inmensas que sean las riquezas que Troya esconde detrás de sus murallas, no valen lo que vale la vida. Se pueden robar bueyes, y gruesas ovejas; podemos colmarnos de caballos y trípodes preciosos, comprándolos con oro: pero la vida no puedes robarla, no puedes comprarla. Se te escapa por la garganta y ya no retorna. Mi madre, un día, me dijo cuál será mi destino: si permanezco aquí, luchando al pie de las murallas de Troya, no regresaré, pero eterna será mi gloria; en cambio, si vuelvo a casa, a mi tierra, no habrá gloria para mí, pero tendré una larga vida antes de que la muerte, caminando lentamente, me alcance. Os lo digo a vosotros también: volved a casa. No veremos nunca el final de Troya.

Regresad a vuestra tienda y llevad a los príncipes aqueos mi mensaje, decidles que, para salvar las naves y el ejército, piensen en otra cosa: yo no puedo ayudarlos, decidles que permanezco anclado en la ira.

Así hablé. Y todos permanecieron en silencio, turbados, y sorprendidos por mi rechazo.

(Alessandro Baricco. Homero, Ilíada. Traducción de Xavier González Rovira. Barcelona, Anagrama, 2005. En la imagen, escultura de Aquiles, herido en su talón, agonizante, en los jardines del Palacio de Achillion de la isla griega de Corfú)

Y PORQUE SU DESTINO, EL NUESTRO, 
ERA DEVANAR UN OVILLO DE DURAS BATALLAS, 
DESDE LA JUVENTUD A LA VEJEZ, 
HASTA LA MUERTE.