jueves, 4 de julio de 2013

Enfermedad y poesía


Las últimas de las nostalgias:
que él lo entendiera.
(Wallace Stevens)

Se dice que Dios y la imaginación son una
y la misma…
Qué alta luce la más alta de las velas e
ilumina las tinieblas.
(Wallace Stevens)

Dentro de cada paciente hay un poeta que quiere salir. Para el enfermo, la distancia presta encanto a la vida. Su enfermedad le aporta “la disolución de la personalidad” que veía T. S. Eliot como fuente de la poesía moderna. El relato del enfermo y sus percepciones forman parte de “la literatura de las situaciones extremas”, una expresión que estaba en boga en los años cincuenta y que hoy en día sigue funcionando. Mi médico ideal “leería” mi poesía, mi literatura. De este modo comprobaría que mi enfermedad me ha purificando debilitando mis partes peores y fortaleciendo las mejores.

No creo que haya ninguna razón por la cual los médicos no deberían leer un poco de poesía como parte de su formación. Morir o estar enfermo es en cierto modo poesía. Es un trastorno, una locura. En la crítica literaria se habla continuamente del trastorno sistemático y enloquecedor de los sentidos. Por eso me parece que los médicos podrían estudiar poesía para entender estas disociaciones, estos trastornos, y de ese modo abarcarían más ampliamente y más a fondo la situación del paciente.

(…)

Yo querría que mi médico entendiera que, bajo mi superficial alegría, siento lo que Ernest Becker llamaba “el pánico inherente a la creación” y “la ventosa del infinito”. (…) Me gustaría que supiera a qué me refiero si le digo que, como Baudelaire, “cultivo mi histeria con alegría y con pavor”. Y lo mismo si le digo, como Hamlet a Horacio, “tal vez desde ahora crea conveniente adoptar un talante estrafalario”. Mis amigos me elogian diciendo que mi actitud es corajuda o gallarda, pero mi médico debería estar mejor informado. Debería ser capaz de imaginar la soledad en que viven los enfermos críticos, una soledad tan sobrecogedora como la de un cuadro de De Chirico. Quiero que sea él mi Virgilio, que me guíe por mi purgatorio o mi infierno, señalándome todo lo que haya que ver por el camino.

(Anatole Broyard. Ebrio de enfermedad. Prólogo de Oliver Sacks.
Traducción de Miguel Martínez-Lage. Segovia, La uÑa RoTa, 2013)