miércoles, 16 de enero de 2013

Tres poemas de Rafael Escobar Sánchez


I

Formulo mi concepción del Paraíso

En un claustro de columnas rotas,
tardes de gotero infinito del Sol
paseando a la algarabía de los pájaros
                   y el amparo gozoso de los limones,
                   juntos como una orden abolida de frailes profanos
                   que leen hagiografías de la carne estéril
                   y componen salmos de bendición al viento
                   y hacen el amor con una solemne ternura desconsolada
                   que restituye el amor como una sublimación del frío,
                   sótanos de escaleras enmohecidas donde no exista la culpa
                   y el odio sea sólo un murmullo sin peso
                   como el salitre que adensa el aire en las bodegas,
                   asistiendo al privilegio de olvidar,
                   de ver cómo las batallas van cediendo su verdín
                   en la aniquilación en blanco de no saber,
                   creciendo ya con el corazón alzado en las ruinas,
                   sabiendo que el más mínimo terror nos ha vencido
                   y somos este polvo bien entallado sobre la memoria
                   que ya no ambiciona volver a amanecer.

II

Los limoneros

                   No me importaba morir
                   si era para descansar bajo la almendra abonada de los limoneros,
                   para fundir mis cenizas con mantillo y savia
                   que tramaran la vida con profano asentimiento de la lluvia,
                   yo, que conté con alimentar el empuje arriba de todas las raíces
                   y veo ahora abatidos, fríos, mis huesos
                   como pájaros de alambre, o cerrojos,
                   como sacos de yute al hombro pelado de la muerte,
                   tuve un día el estigma sobre la frente de volver,
                   de regresar a la tierra donde nos rebosaban las cosechas
                   y mi padre, con las manos mojadas del estiércol y el azahar,
                   me alzaba hasta la sementera de los frutos granándose al sol,
                   tú, si me oyes en esta mordaza de muertos de los dos,
                   tú, padre, que ya cavas otra huerta de monolitos de sal desde la aurora,
                   si aún queda piedad en los confines que la nada abruma,
                   sácame de este nicho oscuro.

III

Arco iris
         
La tormenta trajo alambradas,
          fardos de culebras y sogas de caldero
          que anunciaban hambre y sedición
          y una jerarquía estricta de la miseria,
          una mala simiente, una tromba enferma iba a caer
          y así la esperábamos ateridos,
          temblando con la piel erizada bajo el odio
          como una flor, o un labio partido,
          entre la chapa de un bocado de ruina,
          tanto la soñamos llegar, tanto anhelamos la luz
          en días de inclemencia, tanto su cobijo
          como la transparencia elástica de un tallo
          o un hilo de cometa de la memoria,
          tanto nos hicimos carne de usura,
          peregrinos en la brea y en la sombra,
          que ya no esperábamos merecer esta victoria,
          esta orgía redonda y rebosante de su ser
          deshaciéndose en curvas leves
          y primas de color enfebrecido,
          tanto dolor se nos anticipó al mañana,
          tanta herida cundió su gangrena sin cauterizar
          que la vida se revolvió a fuego contra su odio
          y el cielo ardió en franjas incendiadas como la premonición
          de otra más alta esperanza en días de siembra.

(Rafael Escobar Sánchez. 
Repartir los huesos/ Caridad y claridad
Valencia, Editorial Cocó, 2012).