viernes, 11 de enero de 2013

Cuatro poemas de Pilar Blanco


I

No hay lugar

Mira con cuánta sal nos estremece el mar,
cuánto oxígeno cabe en la respiración
del universo, entramado de pulmones y estrellas.
Mira con cuántas células construimos un cuerpo,
vertebramos un alma. El infinito.
Esa totalidad inabarcable que arrasa los guarismos en su música
nos pone a ti y a mí en la misma línea
–hecha de lejanía--,
tensando ambos extremos de la ilusión delgada
que enlaza lo creado.
Saberlo ya es bastante.
Comprenderlo doblega todo dolor cegado de distancia.

II

Descansamos

Escucho. Todo me habla
con mil voces opuestas. ¿Y la verdad? ¿En dónde
sin llama que la distinga,
sin corona que ciña sus desgastados sienes?
No hay más verdad visible que la de tu garganta
bajo mis labios, su latido en el mío;
que mi mano en tus manos, que el sol que tiñe el mar
en el amanecer, día tras día.
Escucha:
todo canta, todo es puro sonido
que me atraviesa entera, todo es piel en mi piel
que siente, que se incendia porque es verdad y vida.

III

La nada luminosa

Quizás
después de la ceniza y su emoción disuelta,
detrás de todo dique, la sombría instantánea,
la negación del miedo.
Quizá detrás y oculta,
la luz desordenada de la mente
alcance y recupere la nada luminosa,
la infancia de los astros, el gorrión en la rama que se va, que apenas roza el aire
y es ya destello breve de sí mismo.

IV

Arco de luz

Nudo a nudo, los pies descalzos sobre
el nudo del dolor,
tantear el camino,
ese que está trazado desde el confín del tiempo
pero aún por escribir.
Tantear cada grieta, que es nosotros
y en nuestra orfandad busca razón de su hendidura;
afianzar la partida, ojos en alto,
tan lejana la nube,
tan disuelta en el aire.
Forzar el equilibrio, nudo a nudo.
Saber de la caída.
Abrir las alas.

(Pilar Blanco. Con la cal en los dedos. Antología (1982-2010). 
Estudio introductorio de Ricardo Virtanen. León. 
Instituto Leones de Cultura, Diputación de León, 2012).