miércoles, 10 de octubre de 2012

Octubre


El olmo verde con su única gran rama de oro
deja caer las hojas sobre la hierba, una por una,
la hierba corta de la colina, las setas pequeñas y lechosas,
campánula y escabiosa y tormentilla,
ante las que la zarzamora y la aulaga, en el rocío y el sol,
se inclinan; y el viento viaja demasiado ligero
para dejar caer las hojas de abedul que hay en el helecho;
las telarañas campan a su libre albedrío.
Las ardillas regañan los pasos menos ligeros que los de un pájaro.

La rica escena se ha vuelto fresca de nuevo y nueva
como la primavera y al tacto no es más refrescante
que cálida para la mirada; y ahora podría
ser tan feliz como es la tierra tan hermosa,
si yo fuera otro distinto o si con la tierra pudiera
alternar entre la violeta y la rosa,
entre la campánula y el galanto, cuando es su momento,
y entre la aulaga que no tiene tiempo para ser feliz.
Pero si esto no es felicidad, ¿quién sabe?
Algún día consideraré este día un día feliz,
y este estado de ánimo con el nombre de melancolía
ya no se ensombrecerá ni se oscurecerá.

(Edward Thomas. Poesía completa. Traducción e introducción de Ben Clark. Ourense, Linteo, 2012. NOTA: Cuando su amiga Eleonor Farjeon le preguntó al recién alistado Edward Thomas por qué luchaba, se agachó y, agarrando un puñado de tierra, dijo severamente: “literalmente, por esto”. Escrita en sólo dos años, previos a su muerte en combate, la obra poética de quien fue el mejor amigo de Robert Frost se erige hoy como un singular testimonio de una época y de un paisaje que, tras la Gran Guerra, nunca regresarían. La Poesía completa de Edward Thomas es una experiencia fascinante y misteriosa, obra de quien Philip Larkin definió como “el padre de todos nosotros”.)