jueves, 6 de septiembre de 2012

Usted


USTED se me escapa en los pasillos
como un discóbolo impregnado de aceite.

Pero todo lo que habla es una mano enguantada
por mis medias.

(Desnuda, froto su voz contra las caderas de la sábana
para no dormirme tan triste.)

ESTO ya va mejor.
Ya no le tengo miedo.

Y me complace que usted,
como quien no quiere la cosa,
haya fijado el barniz de sus ojos en mis piernas.

SI todo esto cambiase,
si me dijera usted, de pronto, que me ama,
yo ni me detendría para hacer la maleta.
Huiría luchando contra el miedo a la costumbre
de su cuerpo.

ANOCHE
al abrir los ojos para apartarme de la boca un cabello,
la mirada que luego alcé
por encima del hombro de mi amante
-inexplicable reflejo--
tuvo que detenerse cuando ya iba a salir al pasillo.

Usted,
apoyado en el quicio de la puerta,
se reía de mí.

(Y sus labios como girasoles inversos
rehuyeron la sudorosa
luz del cuarto.)

VOLVEMOS a comer juntos.
Este hombre cada día más guapo y a ti te rebasan las ojeras.

Qué importa.
Qué importa el poco tiempo que tienes para enamorarlo,
qué importa la sopa fría
- no puedes permitirte el lujo
de perderlo de vista un solo instante, Almudena -,
si cuando vas a citar yo siempre estoy triste
él se anticipa y acariciándote los ojos dice que le encanta tu alegría.

HOY era la última tarde.

Usted no paraba de hablar
-lo hubiese matado-
y a mí me ardían las uñas cuando nos despedimos
en la parada del autobús.
Ni un sólo beso.

UNA mujer de ron y esmalte negro,
flequillo y vagina cosmopolitas,
me abre sus piernas tras los cristales del mueble.

Es la niebla

VELADAMENTE,
descorriendo pestillos,
ha llegado hasta mi cuarto
una pantera translúcida con la piel de diamante
que me morderá la nuca cuando menos lo espere.

Es el deseo.

PRESOS los dos de aquel imposible decoro adolescente,
ni yo me sonrojé ni usted tampoco hizo nada por llamarse al orden
cuando después de las risas y las aceitunas rellenas,
habiéndonos lubricado previamente el oído
con una minuciosa lista de vicios sexuales,
fuimos al amor como quien va al estanco de los primeros cigarrillos.

EXQUISITA pendencia la de mi boca y la suya
por ese dedo abeja que libó
entre murmullos y distensiones golosas,
las sucesivas floraciones de mi anémona nocturna.

SEÑOR,
ahora que mi piel y la suya
-después de las sábanas-
han formado un nuevo collage en el agua
no es el mejor momento para hablarle,
desde luego,
pero aprovechando que estoy arriba
y usted debajo,
quisiera decirle
-casi no me atrevo con sus ojos-
que no puedo más,
que voy a pararme.

(Era el placer como una de esas muñecas rusas que se abren
y aparece otra,
y otra…)

SOY un racimo de uvas
y aguanto como puedo
este oleaje creciente de su boca
aguijoneándome al sol.

Hasta que estallo.

SEÑOR,
si usted sabe
que yo ahora estoy celosa
por lo que me ha dicho,
tenga al menos el detalle de no hacérmelo notar durante la cena.

(Nunca en mi vida enrollé espaguetis
con tanto odio.)

ESTO va a venirse abajo 
de un momento a otro
y usted lo sabe.
El amor ya no es un templo griego
sino algo parecido a un desastre de líneas
oblicuas que aprisionan todo intento de lluvia.
Y es gris. Tan gris como esta perspectiva de furias
que se nos viene encima.

(Almudena Guzmán. Usted. Madrid, Hiperión, 1986, 
incluido en El jazmín y la noche. Poesía reunida (1981-2011)
Prólogo de Luis García Montero. Madrid, Visor, 2012).