lunes, 16 de julio de 2012

Tres poemas de Cecilia Quílez


I

Eres la que habla con la higuera en el campo del padre.
Quien nada con la nada rozándose con las doncellas a mar abierto
o espera a la salida de la gruta cubierta de escamas.
Eres quien coloca un vidrio negro el primer día
y piñatas de deseo en la madrugada del viernes.

Duermes, criatura, con la medusa del mediterráneo
en el hueco de la cadera, en la pesadilla de la inocencia.
Huyes de la lluvia porque entra en ti sin anunciarse.
Crees que todo lo que no llevas a la boca voluntariamente te es hostil.

¿Por eso repudias el sonido de las pisadas anónimas?

II

El árbol desnuda la luz.
Hay un ciprés en cada reclinatorio.
Uno a los pies de la cama de una habitación.
Tú te arrodilla cada noche y esperas que el error
desnude la exactitud del canto de las ballenas.
La lluvia te recuerda la belleza de un glaciar.
Algunas criaturas perciben la melodía de las ramas en otoño.
Viven a la sombra del corazón de una ballena.

Esperas al alba y escribes una plegaria
que ahuyente a los cazadores clandestinos.
Sólo los náufragos sueñan con árboles.

III

No hay certeza. Todo es puro insomnio
en la sinfonía de los desdichados.
Yo soy la que fui convocada en tu duda.
Tú el que llegaba a contraviento
a la tertulia de los coleccionistas de naipes.
Fui la insolente, la que profanó el nombre de la poesía.
Tú sembrabas almas con ojos incrédulos
bajo el olivo donde yace el corazón de un poeta.
Dime qué ocurrió tras el beso de Klimt.
Está escrito en las líneas de tu mano,
en la nota inmóvil de un violonchelo.
Cuéntame, prende la hoguera
que mece el sueño de una niña extraviada.

(Cecilia Quílez. Vísteme de largo.
Madrid, Calambur, Col. Poesía, 118, 2010)