lunes, 2 de julio de 2012

El baile del manicomio


para Dag Andersson

Hace tiempo esperaba con impaciencia el baile:
yendo de un lado a otro en el sereno
calor de una mañana de agosto,
llenando el coche de limonada y pastelitos,
cartones de ciruelas y cerezas, petits-fours,
pastel de nuez y especias, mousses y volavants.
A las doce subía al dormitorio
a prepararme
–ropa de domingo, camisa blanca y corbata—
mientras madre se maquillaba
y se arreglaba el pelo.
Era algo que hacíamos todos los años
en aquel pueblo retirado,
dejando atrás todos nuestros jardines y parterres
para citarnos con los internos de Summerswood.
Nos parecía un privilegio que nos dejaran
cruzar aquellas verjas, seguros de poder volver,
para mirar los campos atigrados,
la laguna en silencio, los cedros macilentos.
Íbamos por el baile: un ritual
de tacto y de distancias, redes de cortesía
y conjeturas; transiciones
de la luz a la sombra;
y cuando los pacientes bajaban a recibirnos,
sonrientes, absolutamente educados,
con sus ropas planchadas, como primos segundos,
parecían figuras vistas en un espejo,
sutiles como espectros y no obstante reales, con la vaga
jovialidad de los perdidos.
Qué éramos para ellos, sólo puedo intuirlo:
acaso demasiado sólidos y a gusto con nosotros mismos,
demasiado seguros de nuestros movimientos, bendecidos con un deseo moderado.
Pasábamos la tarde en el césped, haciendo picnic, y luego,
mientras la luz del sol cedía a la penumbra,
bailábamos en torpes parejas al siseo del gramófono;
un sutil intercambio en la luz intermedia; actos de gracia;
vecinos transfiriendo el peso de un mundo establecido,
casas en las afueras, las rutinas enérgicas de hombre que descansan,
el encanto probado de mujeres que creen,
que despiertan y olvidan lo que han soñado, y salen al trabajo,
y no desean nada.
Ágiles y tranquilos, escoltábamos a los pacientes:
repartíamos caridad y fáciles elogios
a la espera de que el baile borrara
el dolor en el nudo de la garganta, el ángulo de pájaro
de la derrota en la columna vertebral.
Les amábamos por el modo en que nos confirmaban,
allí de pie bajo la luz menguante, en parejas o tríos,
transfigurados por el ritmo del baile,
el tirón de otro mundo más amplio, y ese gusto en el aire
a riachuelos y bosques de abedules: esa conciencia de nosotros mismos
como cuerpos vestidos de esplendor, alejándonos,
para luego juntarnos, enfriándonos lentamente
mientras prados y rosaledas se enfriaban, el calor
fluyendo de la piel como una hemorragia,
las varas de oro convirtiéndose en humo
junto al cercado.
Allí nacieron amistades retomadas
año tras año, tras un difícil lapso de meses
absueltos por la luz del verano; y una vez, algo parecido
a una historia de amor; un chico desmañado
tomando a una muchacha y sacándola, entre bromas y veras,
al círculo encendido del baile, aventurando los pasos
que parecían pasos sobre hielo, las maderas del suelo
crujiendo sin parar, finas como papel.
Bailaron menos de una hora, ella se fue,
y cuando él regresó a la mañana siguiente
las enfermeras le impidieron entrar.
Pienso en ella todos los días, sueño su piel,
y desde entonces sigo viniendo en coche, en el calor de agosto,
ya sin mi madre, y con mis donativos
comprados en la tienda: tarros de pepinillos, pan envuelto en papel transparente.
Me quedo a solas, dispensado del sólido
anillo de los cuerpos, y por unos minutos
lo veo todo desde arriba, en el rellano,
o en algún cuarto del piso superior:
me hace pensar en fotos de danzantes que he visto:
briznas de movimiento sobre el césped
al final de la tarde; rostros vagos, cuerpos entretejidos;
tan cerca de la oscuridad que tal vez sean
apariciones tratando de encarnarse,
pinares sobre el lago, un indicio de observadores,
una falla entre día y noche, entre luz y penumbra,
y los rostros fundiéndose unos en otros
como si fueran una misma carne, un mismo sueño,
sin nada que los haga verdaderos salvo el espacio, el tiempo.

(John Burnside. Conjeturas y esperanzas. (Antología 1988-2008). Edición al cuidado de Jordi Doce. Valencia, Pre-Textos, 2012. Imagen: ilustración de la portada del libro A Summer of Drowning del poeta escocés).