lunes, 14 de noviembre de 2011

Atarse los cordones


Juzga extraordinario que algunas mañanas, poco después de despertar, cuando se agacha para atarse los cordones, lo inunde una dicha tan intensa, una finalidad tan natural y armoniosamente a tono con el mundo, que le permite sentirse vivo en el presente, un presente que lo rodea y lo impregna, que llega hasta él con la súbita y abrumadora conciencia de que está vivo.

(Paul Auster. La invención de la soledad.
Traducción de Margarita Eugenia Ciocchini.
Barcelona, Anagrama, 1982).