jueves, 11 de agosto de 2011

Mar Negro


Una noche clara, mientras los demás dormían, subí
por las escaleras hasta la terraza de la casa y bajo un cielo
cuajado de estrellas me quedé mirando el mar, su extensión,
las crestas de las olas peinadas por el viento, que llegaban a parecer
trocitos de encaje arrojados al viento. Allí me quedé toda la larga,
susurrante noche, esperando algo, una señal, una luz distante
que se acercara, e imaginé que te acercabas,
las oscuras ondas de tu cabello enredándose con el mar,
y la oscuridad se convirtió en deseo; y el deseo, en la luz que llegaba.
Tu cercanía, tu calor fugaz cuando estaba allí
en aquella solitaria altura observando los lentos movimientos del mar
al romper en la orilla, volviéndose breve cristal para desaparecer…
¿Por qué creía que aparecerías de la nada? ¿Por qué, con todo
lo que puede ofrecer el mundo, ibas a venir sólo porque yo estaba allí?

(Mark Strand. Hombre y camello. Poemas.
Edición de Dámaso López García. Madrid, Visor, 2010)