viernes, 1 de julio de 2011

El verano de Albert Camus


Crecí en el mar y la pobreza fue para mí fastuosa; después perdí el mar, todos los lujos me parecieron entonces grises, la miseria intolerable. Desde entonces, espero. Espero los navíos de vuelta, la casa de las aguas, el día límpido. Espero con paciencia, hago todo lo posible por ser educado. Se me ve pasar por bellas calles cultas, admiro los paisajes, aplaudo como todo el mundo, doy la mano, no soy yo quien habla. Se me alaba, sueño un poco, se me insulta, apenas me extraño. Después, olvido y sonrío a quien me ultraja o saludo con excesiva cortesía a quien amo. ¿Qué hacer si no tengo memoria más que para una sola imagen? Se me abruma para que diga quién soy. “Todavía nada, todavía nada…” (…)

De este modo, yo que no poseo nada, que he dado mi fortuna, que acampo cerca de todas mis casas, me siento, sin embargo, saciado cuando quiero, aparejo continuamente, la desesperación me ignora. No hay patria para el desesperado, y yo sé que el mar me precede y me sigue, tengo una locura preparada. Los que se aman y tienen que separarse pueden vivir en el dolor, pero eso no es la desesperación: saben que el amor existe. Por eso sufro, los ojos secos, el exilio. Aún espero. Llega un día, por fin… (…)

Pasamos las columnas de Hércules, la punta donde murió Anteo. Más allá, el océano está por todas partes; doblamos de una sola bordada Hornos y Buena Esperanza, los meridianos se casan con las latitudes, el Pacífico se bebe el Atlántico. Con la proa en dirección a Vancouver, nos adentramos lentamente en los mares del sur. A algunos cables de distancia, Pascua, Desolación y las Hébridas desfilan en convoy ante nosotros. Una mañana, de repente, desaparecen las gaviotas. Estamos lejos de cualquier tierra, y solos con nuestras velas y nuestras máquinas. (…)

La noche no cae sobre el mar. Por el contrario, sube desde el fondo de las aguas, que un sol ya ahogado ennegrece poco a poco con sus espesas cenizas, hacia el cielo todavía pálido. Durante un breve instante Venus permanece solitaria por encima de las olas negras. Y en un cerrar de ojos, las estrellas pululan en una noche líquida. (…)

Navegamos por espacios tan vastos, que nos parece que nunca habremos de llegar al final. Sol y luna suben y bajan alternativamente, en el mismo hilo de luz y de noche. Días en el mar, todos iguales, como la felicidad…

Esta vida rebelde al olvido, rebelde al recuerdo, de la que habla Stevenson. (…)

Hay ciertas noches cuya quietud se prolonga; sí, ayuda a morir saber que, después de nosotros, volverán sobre la tierra y el mar. ¡Gran mar, siempre labrado, siempre virgen, mi religión con la noche! Nos lava y nos sacia en sus surcos estériles, nos libera y nos mantiene en pie. A cada ola, una promesa, siempre la misma. ¿Qué dice la ola? Si tuviera que morir rodeado de frías montañas, ignorado por la gente, rechazado por los míos, en el límite de mis fuerzas, el mar, en el último momento, llenaría mi celda, vendría a sostenerme por encima de mí mismo y a ayudarme a morir sin odio. (…)

El espacio y el silencio pesan juntos sobre el corazón. Un brusco amor, una gran obra, un acto decisivo, un pensamiento que transfigura, provocan en ciertos momentos la misma intolerable ansiedad, reforzada por una atracción irresistible. Deliciosa angustia de ser, proximidad exquisita de un peligro cuyo nombre no conocemos, ¿es vivir, entonces, correr hacia la perdición? De nuevo, sin tregua, corramos hacia nuestra perdición.

Siempre he tenido la impresión de vivir en alta mar, amenazado, en el corazón de una felicidad regia.

1953

(Alber Camus. “El mar, aún más cerca. Diario de a bordo”, de El verano, incluido en Obras completas, vol. III. Traducción de Luis Echávarri. Madrid, Alianza Editorial, 1996. En la imagen –como quien espera el alba-- Albert Camus).

¿ES VIVIR, ENTONCES, CORRER HACIA LA PERDICIÓN?
DE NUEVO, SIN TREGUA, CORRAMOS HACIA NUESTRA PERDICIÓN.