jueves, 7 de abril de 2011

Glenn Gould


¿Desde dónde llegaste con tu furia tan quieta?
Parecía que ibas a adormecerte encima del piano,
pero enseguida alzabas una hoguera
de llamas negras y tus largos dedos
de hielo acariciaban
el fuego de las más altas esferas.
Y cómo te arrullabas con cada arrebato,
quizá porque querías ser el niño
que no pudiste ser, o porque no sabías
que el hombre-niño que eras
llegaría muy pronto a desbordarte.

¿A dónde ibas separando espinos
con tu navaja de música?
¿A dónde ibas, de dónde venías
con la música que otros escribieron,
pero que sólo tú supiste alumbrar?
Para arrancar sonidos nunca oídos
no bastaban tus manos,
por eso con tus labios musitabas
lamentos amorosos.

A veces parecía que las manos
no te pertenecían,
pues volaban muy lejos del piano,
y la música y Bach las perseguían,
iban detrás buscando otros espacios
de secretos sonoros.
Marea de pasión contenida, llegaste
a este mundo en busca de más vida,
mas Ella te esperaba en una encrucijada
(Ella era el concierto final, el más sublime)
y en un excelso juego de adivinaciones,
para olvidar por siempre,
acariciabas cada tecla negra,
le susurrabas a las teclas blancas,
y siempre avanzabas bajo los cielos fríos
con tus tormentas de oros.

A veces, cual cantata, el cuerpo te temblaba
y tú ya no sabías si el piano
era cuna o féretro.
Los huesos te cantaban, ardías con la música
y tu cerebro era un bosque de órganos,
y de los tubos de éstos brotaban infinitos.
Pero a la vez tus dedos eran llamas,
diez llamas muy humildes que elevabas
allá, en lo más alto,
como plegaria última,
hasta llorar por siempre de alegría
lágrimas negras.

Luego, la soledad te devoró
y volviste a salir al encuentro de Ella
para alejarla, para adormecerla
como a ti te gustaba: arrullando
esa mar o esa noche del piano.
La Muerte te salía al encuentro
con sus coros y orquestas,
mas tú la combatías con ternura,
la ibas conduciendo (como si fuese uno
de aquellos animales que amaste y que te amaron)
hasta el redil oscuro donde tiene
la música su tumba.
Y pusiste de nuevo tus manos a cantar.
Y comenzó tu cuerpo como a tambalearse,
e ibas y venías del piano
sin poder resistir tu propia música.
Y tus ojos, cerrados, hacia dentro estallaron.

Ya no estás con nosotros,
mas tus manos nos llevan todavía
por ese firmamento
en que nos convertimos escuchándote.
Meteoro de luz, incandescente aún,
siempre regresas para irnos guiando
con tu estela hacia arriba;
nos vas arrebatando humanísimo
allá donde perdura
el combate ganado por tus manos;
nos dejas derrotados allá donde nosotros
deberemos librar nuestro propio combate
y ganar o perder para siempre
esa música que es la vida eterna.

(Antonio Colinas. “Tormentas de Glenn Gould”, en Desiertos de la luz, 2004-2008, incluido en Obra poética completa (1967-2010). Madrid, Ediciones Siruela, Col. Libros del Tiempo, nº 303, 2011).

Imagen (fotografía de Gordon Parks/ Time & Life Pictures/ Getty Images): Marzo de 1956, Glenn Gould se calienta las manos --comenzaba con agua tibia e iba poco a poco aumentando la temperatura-- antes de realizar la grabación de las Variaciones Goldberg en los estudios de la productora y discográfica Columbia Masterwoks. Sólo tiene veintitrés años. Tal vez no sabe que va a cambiar el mundo, tímidamente. Que nunca más escucharemos de la misma manera el rumbo musical de las esferas. Que ese frío fulgor que hacía nacer de entre sus dedos --puro tacto o caricia del pensamiento-- es ya y para siempre nuestro latido eterno).