viernes, 18 de marzo de 2011

Chet en Barcelona


Barcelona estaba espléndida en diciembre del 63. Después de París casi parecía una ciudad tropical. Cerré un trato para trabajar un mes en un club que estaba en un sótano, y que llevaba sólo un año ofreciendo música de jazz. En la planta de abajo bailaba Antonio Gades con acompañamiento de guitarra, castañuelas y palmas. El club incluía en el trato un pequeño apartamento. Conseguí contactar al poco tiempo con varios médicos que me recetaban Palfium. Durante el tiempo que duró mi contrato conocí a una familia muy bien relacionada, de gran peso en la ciudad; a través de ellos conocí a un médico que tenía una clínica propia y ultramoderna, con su quirófano y todo. Era un cirujano cuya destreza y facilidades bastaban para que fuesen a verle pacientes del mundo entero. Pronto logré que me facilitara recetas, y todo empezó de nuevo.

(Chet Baker. “Epílogo” a Como si tuviera alas. Las memorias perdidas. Traducción de Miguel Martínez-Lange. Barcelona, Mondadori, 1999).

NOTA: El club soterrado al que se refiere Chet Baker es (creo) y era el Jamboree Jazz, local mítico de Barcelona –un sótano sito en la Plaza Real-- abierto en el año 59, por donde, además de Chet Baker, pasaron Ella Fitzgerald, Lionel Hampton, Art Farmer, Lee Konitz, Lou Bennett, Dexter Gordon, Elvis Jones o The Ornette Coleman Trio, entonces con Billy Brooks a la batería --obviamente el genial free jazzy al saxo, alto y tenor-- y, al piano, el maestro Tete Montoliu. Casi nada.

Entre quienes queremos tanto a Chet, está Enrique Vila-Matas. Vid. “Querido Chet”, en Desde la ciudad nerviosa. Madrid, Alfaguara, 2000; o su relato “Chet Baker piensa en su arte”, en el libro de título homónimo publicado hace poco por Debolsillo en su recién estrenada y perfectamente portátil Biblioteca Enrique Vila-Matas.

Vid. James Gavin. Deep in a Dream. La larga noche de Chet Baker. Traducción de Juan Manuel Ibeas. Barcelona, Mondadori, 2004. Una biografía que no termina de gustarme: prácticamente sólo atiende a las tristes adversidades y a la sordidez yonqui de Chet, para así justificar el final aciago a que apunta el libro desde las primeras líneas, cuando sabemos –queremos tanto a Chet— que hubo gozo y esperanza y alegría y momentos de júbilo y milagros y mucha música de fondo y enamoramientos sin fin --como en nuestra vida-- en la vida de Chet).

Y, por supuesto, no se pierdan Let´s gets lost (1988) de Bruce Weber, probablemente (pienso en The Year Of The Horse (1997) de Jim Jarmusch o en No Direction Home (2005) de Martin Scorsese, y otras que no menciono, por no resultar prolijo) el mejor film documental sobre un músico que se haya realizado nunca.

Se llamaba Charlaine y era la bomba.
CHET BAKER