lunes, 18 de octubre de 2010

La canción de Mary Jo Bang


(Elegía,
llanto por el hijo muerto.
El dolor y la añoranza,
el desamparo y la desconsolación,
sobredosificaciones:
el amor y la culpa.
La sintaxis fracturada de la desesperación.
La herida sin posible sutura.
Es extraño este mundo:
yo he visto a madres
que se han quedado huérfanas
de sí mismas.
Créanme,
estuve allí alguna vez.
Conozco la eternidad de las heridas.
Lo demás es silencio
--palabras, paroles, words--;
lo demás: el ruido y la furia,
la mentira):

Frágil como un niño es frágil.
Destinado a no durar siempre.
Destinado a convertirse en otro
para la madre. Aquí estoy
sentada en una silla, pensando
en ti. Pensando
en cómo era
hablar contigo.
Cómo a veces era maravilloso
y otras veces horrible.
Cómo las drogas cuando había drogas
deshacían lo bueno casi por completo
pero no por completo
porque lo bueno siempre podía ser visto
brillar como brilla el lamé
en el escaparate de una tienda
llamada Las Cosas
Hermosas Nunca Duran Siempre.
Te amé. Te amo. Eras.
Y eres. La vida es experiencia.
Así de simple es todo. La experiencia es
la silla en que nos sentamos.
Sentarse. Pensar
en ti donde eres un vacío
que llenar
por la añoranza. Te amaba.
Te amo como amo
todas las cosas hermosas.
La auténtica belleza rara vez es auténtica.
Eras. Eres
en mayo. Mayo mirando
hacia junio que llega.
Así es como mido
el año. Todo Fue Culpa Mía
es el título de la canción
que he estado cantando.
Incluso cuando me pedías calma.
No he tenido calma alguna,
he estado llorando. Creo que tú
me has perdonado. Todavía me pones
la mano en el hombro
cuando lloro.
Gracias por eso. Y
por tu inefable sentido
de la continuidad. Eras. Eres
la cosa más brillante en el escaparate de la tienda,
lo más singular y hermoso que he visto en mi vida.

(Mary Jo Bang. “Fuiste eres elegía”, en Elegía.
Traducción y prólogo de Jaime Priede.
Madrid, Bartleby Editores, 2010).