domingo, 8 de agosto de 2010

Cansados

I


Hace un par de días, revisando viejos papeles, encontré poemas de adolescencia y, entre ellos, unos versos que me recordaron a otros de un poema de e. e. cummings, cuya versión, de entonces (la transcribo más abajo), encontré varios cientos de papeles después. Es curioso: nunca hablo ni he referido en este blog la obra del escritor norteamericano. Siempre (creo) me ha resultado fascinante el personaje y me han parecido deliciosos sus poemas, sobre todo (creo) los de amor, pero también (eso creo) los de marcado carácter político, entre la ironía y la crítica social. Como con Arthur Rimbaud, Emily Dickinson, Federico García Lorca, Hart Crane, Eugenio Montale, Robert Desnos, Oscar Wilde, Paul Celan, William Seward Burroughs, Sylvia Plath, William Butler Yeats o Virginia Woolf (seguro que olvido a alguno), es uno de esos poetas de los que suelo comprar, siempre que lo ha permitido mi economía, uno de sus libros donde quiera que vaya. Donde quiera que estoy. Es curioso: tampoco he hablado, o no demasiado, de los poetas que acabo de mencionar, y tendría que añadir a Cervantes, Shakespeare, Dante, Francesco Petrarca, Walt Whitman, Frederich Hölderlin, Fiódor Dostoievski, John Keats, Ramón María del Valle-Inclán, de Fernando Pessoa incluí aquí un poema el otro día, Juan Ramón Jiménez, Pablo Neruda y César Vallejo, Marcel Schwob y Marcel Proust, Ezra Pound y Thomas Ernst Eliot y Wallace Stevens, José Lezama Lima, Frank Kafka, Rainer Maria Rilke, Samuel Beckett y James Joyce, Gabriel Miró y Ramón Gaya, Raymond Roussel y George Pérec, James Laughlin, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y Juan Rulfo, Paul Eluard y Louis Aragon, Anna Ajmátova y Alejandra Pizarnik e Idea Vilariño (a quienes sí he referido largamente en este blog), Juan Carlos Onetti y Juan Benet, Jean Cocteau, Marguerite Duras, Antonin Artaud, Carson McCullers, John Cheever y Truman Capote, Thomas Bernhard y Cesare Pavese y Henri Michaux y Unica Zürn, Salvatore Quasimodo o mi admirado Albert Camus, por no hablar de algunos poetas del Siglo de Oro y de la literatura toda de la Edad Media, de los autores grecolatinos y la Biblia, de los autores más cercanos en el tiempo o directamente coetáneos, y dejando a un lado a compositores y músicos, críticos, historiadores, filósofos, filólogos, científicos, y a las imágenes y secuencias de artistas plásticos y cineastas, como fogonazos o llamaradas o a ralentí, grabadas a fuego lento en el corazón. Tal vez porque me han acompañado siempre. Porque siempre vuelven a mí o en mí despiertan e inauguran, rescatan o continúan esa otra vida, tan mía y tan vívida, en la que no suele haber arrepentimiento ni se enseñorean la culpa o la desdicha, ni campa a sus anchas esa pobladísima y feroz milicia, interminable hilera de torpezas, pérdidas y fracasos que sí ha sido mi vida (esa otra vida, en definitiva, que acostumbra a ofrecérseme, como dijera otro poeta por mí tan querido, ya sin demonios ni alucinaciones). Porque no acostumbra uno a hablar de sus intimidades o de la familia. Porque hace ya mucho tiempo que los hice míos, que me hicieron suyo. Que vivo con ellos. Que son parte de mí. (Es curioso: casi nunca hablo de mí –sencillamente, casi nunca hablo--, y creo que ya he hablado lo suficiente).

II


Estás cansada
(creo)
del eterno enigma de vivir y sus afanes;
también yo.

Ven conmigo, entonces,
y nos iremos muy muy lejos.
(Solos tú y yo, ¿comprendes?).

Has jugado
(creo)
y has roto tus juguetes favoritos,
y ahora estás un poco cansada.
Cansada de las cosas que se rompen;
cansada, eso es todo.
Yo también.

Pero vengo esta noche con un sueño en los ojos,
y llamo con una rosa a la desolada puerta de tu corazón.
¡Ábreme!
y te mostraré lugares que nadie conoce
y, si quieres,
las perfectas regiones del Sueño.

Ven conmigo,
y yo te encenderé esa burbuja maravillosa, la luna,
que flota eternamente.
Te cantaré la canción jacinto
de las probables estrellas,
y buscaré en las apacibles estepas del Sueño
hasta encontrar la Flor Única,
que mecerá (eso creo) tu tierno corazón
mientras la luna se eleva desde el mar.

III


You are tired, / (I think) / Of the always puzzle of living and doing; / And so am I. // Come with me, then, / And we'll leave it far and far away— / (Only you and I, understand!) // You have played, / (I think) / And broke the toys you were fondest of, / And are a little tired now; / Tired of things that break, and— / Just tired. / So am I. // But I come with a dream in my eyes tonight, / And knock with a rose at the hopeless gate of your heart— / Open to me! / For I will show you the places Nobody knows, / And, if you like, / The perfect places of Sleep. // Ah, come with me! / I'll blow you that wonderful bubble, the moon, / That floats forever and a day; / I'll sing you the jacinth song / Of the probable stars; / I will attempt the unstartled steppes of dream, / Until I find the Only Flower, / Which shall keep (I think) your little heart / While the moon comes out of the sea.

(e(dward). e(stlin). cummings. Etcetera. Together with The Unpublished Poems. Edited by George James Firmage & Richard S. Kennedy. New York, Liveright, 1983; Complete Poems 1904-1962. Edited by George James Firmage. New York, Liveright, 1994)