martes, 26 de mayo de 2009

Sur


El Homo sapiens es la única especie
que sufre de un exilio psicológico.

E. O. Wilson

Regresé a una larga fila de pinos,
una falange que hambrienta, en los huesos,

el camino flaqueaba, maraña
de escobo –dialéctica de negrura

y luz— y magnolias que florecían
como ideas tardías: cada flor

es rendición, blancas banderas entre
ramas colgadas. Regresé al confín

de la tierra, la franja de la costa
un corte limpio, enterrado en la arena:

mangle, roble de Virginia, hierbajos
segados y sustituidos con finas

palmas enanas, símbolos de triunfo
o desafío, que una y otra vez

señalan esta tierra derrotada.
Regresé a un campo de algodón, terreno

sagrado –según leyenda de esclavos--,
frutos que guardan de generaciones

fantasmas: los que medían sus días
con peso de sacos y tiempo usado

en cada hilera, algodón salpicado
con su sudor, cosido en nuestras ropas.

Regresé a un rural campo de batalla
donde a muerte lucharon tropas negras

--Port Hudson, sus cuerpos al sol hinchándose--,
calcinándose— sin ser enterrados

hasta que el verde manto de la tierra
sobre ellos cayó, sin tumbas ni lapidas.

Donde nombres de calles, edificios
y monumentos son confederados,

donde esa vieja bandera aún ondea,
regreso a Misisipi, donde un crimen

fui –mulata, mestiza--, una nativa
en tierra natal: aquí yaceré.

(Natasha Trethwey. Guardia Nativa.
Traducción y prólogo de Luis Ingelmo.
Madrid, Bartleby Editores, 2009).