viernes, 13 de marzo de 2009

Mis paredes, mi calma y mi vigilia











Mis paredes, mi calma y mi vigilia:

el recinto y el tiempo de estar en mí, conmigo.
A salvo, finalmente.
Completamente a salvo
del dolor, la razón y el consuelo.
Sin temblor. Sin temor.
Sin atender a nada. Sin aguardar siquiera
a que suceda algo.
Obediente cautivo que enhebra sus jazmines
e insistentes cifras cada noche
que en su ábaco ordena las estrellas,
así yo voy limando bayonetas y heridas
de rencores y lágrimas.
Porque ya nada importa.
Mientras tanto, las sirenas, gimiendo,
cruzan las avenidas,
el ámbar parpadea en las encrucijadas,
y, en húmedas alcobas, la soledad tantea,
se desliza por el empapelado
y abarquilla sus bordes.
Sacudo la tristeza que espolvorea mis sábanas
de rabia y alfileres.
Precinto con silencio la derrota.
No me rindo. No entrego: 
simplemente, abandono.
Me oculto en el olvido como en un hondo aljibe
al margen de la estrella, del jardín y la lágrima.

(Ana Rosetti. Punto umbrío.
Madrid, Hiperión, 1995)