miércoles, 11 de febrero de 2009

De donde no se vuelve soñamos dragones dorados (la foto-autobiografía de Alberto García-Alix)

Camino cegado contra un sol poniente. Sobre mi cabeza, una tupida red de araña recorta el cielo. Cables, postes, miles de ramas de árboles negros y sus sombras... Sus sombras rotas. Una trepidación en el alma. En esta luz que me deslumbra está escrito mi ayer. Los recuerdos y lo olvidado, atrapados en esta tupida red de araña. Otros tiempos se abisman entre las líneas que mutilan el cielo... Los excesos del pasado... Vapores de opio donde el tiempo es sombra. Vapores de opio sueñan letras chinas. Morfina... Pentazocina. Palfium. Dolantina. Pentapón. Sosegórt... Ampollas de clorhidrato mórfico... Heroína... El limbo que antecede al infierno. El fracaso narcotizado no duele, tampoco el miedo... Carlitos Gardel en cucharilla de plata... ¡Hay que bailar! Yeso hicimos la mayoría de la pandilla. Tere y yo, Willy, Fernando, Rosa, Chito y Magui, Manolo... Bailar con dragones de color dorado. Noche y día, alimentamos un demonio por nuestras venas. Años con la sonrisa muerta en las pupilas y el corazón desbocado. Anestesiamos amor y dolor. La heroína funde tiempo y espacio. Destruye toda ambición de ser... Esa es su fuerza. La heroína tiene un precio. Hay que pagar lo. Mala suerte y dolor. Me río yo de las penas. Las narcoticé todas. Qué apretado rencor es el del tiempo... Bajo esta luz que arrastra mi mirada a las sombras, mi memoria gira desenfrenada. Los recuerdos se agitan. La fotografía encadena mi memoria. No. 61.1 la constriñe a lo visto. La melancólica emoción de lo irrecusable se hace visible. Y asumo mi culpa, esa de la que el Ángel decía que los amigos éramos el alma. Camino sin saber dónde voy. Me pregunto si he pasado la vida huyendo o buscando un imposible. Siempre hay algo en común... Sobre sombras rotas, libro un ajuste de cuentas... El amor y el dolor ante mí se besan con su mismo triste sonido. El primero en morir fue mi hermano Willy y la primera en nacer fue su hija Nuria. Una lección magistral de vida. Teresa estaba convencida de que éramos jóvenes con alma de héroes' Y Fernando decía que vivíamos desencajados en un estrato marginal. Mi única disciplina era la misma que hoy: hacer fotos. Los amigos de aquellos días y nuestra común odisea, congelados. Éramos jóvenes. Ingenuos. Irreverentes. Inquietos. Agitadores... Creativos... Larga vida al Rock 'n' Roll! Pero, para muchos de nosotros, nuestro error fue que nuestra mística estaba anclada a una épica destructiva. En esta luz que anestesia el remordimiento, renace el deseo... Si pudiese me daba un homenaje. Por matar el miedo soy capaz... Capaz de cualquier delito. Dragones de color dorado... Dragones de color dorado... Sombras rotas. Letras chinas. Farolillos rojos... Me muevo hacia delante para atrapar mi propio tiempo y el tiempo va siempre hacia atrás... De donde no se vuelve. Ayer tuve un sueño... Caminaba por un pasillo. Abrí una puerta. Al fondo, destacaba una presencia. Me acerqué inquieto. Era un hombre de bronce. Levantaba su brazo. Me llamaba... Dijo: Por fin llegas, te estaba esperando... No supe qué contestar y, por responder algo, dije que era un turista. Un turista... ¿De qué? ¿De la vida? -dijo excitado. Cohibido, asentí con la cabeza. Acercó su cara a mÍ. Estúpido. La vida es lo que vas a perder. Mira... Estás frente al paredón. La revolución... el amor, exigen tu sacrificio. Te enterrarán bajo la gran muralla. Tú también estás condenado. ¿Condenado a qué? ¿Por quién? No he hecho nada... ¿No has hecho nada...? Su risa flotó en aquel espacio. No me puedes engañar. Conozco mejor que tú tus delitos. Dime... ¿Quién alimentó su egoísmo por no creer en nada? No quieres a nadie... Por eso, por profanar el amor, te he condenado. Quise defenderme. Negar. Terminé por implorar "No he hecho nada... ¡Nada!" Me sentí culpable y sin escapatoria. ¡Qué pasa! ¿No tienes agallas para enfrentarte a la muerte? Cada vez más excitado, repitió una y otra vez: "¡Ven! El pelotón está esperando". La luz de un foco me buscaba. Él se movía histéricamente. Reía. Yo tenía la certeza de que en breve sonaría una descarga. Mi pavor creció a límites de pánico y entonces desperté. Han pasado muchas cosas en treinta años. Parece que fue ayer cuando fotografiaba bajo la luz de las tapias. Bajo la luz de las tapias, todo lo bueno y lo malo. Bajo la luz de las tapias, todos nosotros obcecados en salir adelante. Tercos como mulas... Nosotros. Bajo la luz de las tapias, el abismo de mis emociones. La lujuria. Los eternos deseos. Los silencios. Los ruidos. Las risas... Pasármelo bien era todo lo que pedía a la vida. Mi juicio lo regía una moral capaz de sostener mis errores y mis virtudes... Me protegía el paraguas de mi egoísmo. Mis ambiciones las colmaba mi moto. ¡Vivir rodando! «Las carreteras que no prometen la tierra de su destino son las carreteras amadas» (René Char). Apurábamos lo eterno de la vida. Jacinto se burlaba de la ley. Fernando ya estaba enfermo y amaba a Sonia, la China. Teresa se lió con Santos y el Argentino tenía una Yamaha 1000. Yo, el amor de Curra y después el de Susana, alimentando el frenesí de aquellos días y noches... Todos a la deriva... La vida por bandera. Sostenidos por nuestra vitalidad, derrochábamos... Nada era suficiente. ¡Un día más! Fernando, la noche que murió, mirándome fijamente, dijo: «Respirar... Un día más.» Un día más, un sol poniente nace muerto en luz lechosa. Pekín amanece entre brumas. Hoy, como ayer, caos... Ansiedad y dudas...¿Qué me mueve a luchar constantemente conmigo mismo? ¿Qué busco? ' ¿Por qué aquí y no en otro sitio? Aquí, lo que me rodea me envuelve, como si fuera un espejo. Un espejo cóncavo y convexo ante el que me pregunto cuáles son las virtudes de mi eterno ánimo. Enfrentado a mis demonios busco ganarme a mí mismo. Quizás este sea el destino del viaje. Masas grises se levantan en el horizonte. Parecen cajas de zapatos de pie en el espacio. Fernando decía que lo que aprendió en sus últimos diez años de vida cabía en una caja de cerillas. ¿Qué cabrá en estas...? A mayor gloria... De norte a sur o de este a oeste, masas oscuras buscan el cielo. Lo desafían... No le temen. Masas oscuras, jugando entre ellas sobre el espacio. Persiguiéndose. Parecen un desfile de tumbas... De este a oeste... Willly. Fernando. Teresa. Rosa. Chito. Magui. y de norte a sur ... Choni. Sonia. Jacinto. Blanca Santos y Quico RÍvas. Un inmenso cementerio que también persigo con mis ojos. Lo que ante mí desfila es el epitafio de un tiempo futuro. Aquí se levanta una nueva Babilonia. Fascinante aventura. Bajo esta luz lechosa, presente y pasado copulan. Borrón y cuenta nueva. Borrón y cuenta nueva... Este viaje sin vuelta comenzó en París. Llegué huyendo... Creía poder escapar... Coser mis heridas. Sacar fuerzas... Recomponerme. Pero si ya era débil, mi debilidad se quebró en mil pedazos... Vislumbré mi propio Gólgota. Rue de la Chapelle, escondido tras la ventana, vi irse los días con los nervios rotos. Por las noches, sudaba la fiebre y el rencor a partes iguales. Enfermedad y delirio con las ratas haciendo ruido detrás de mi cama. Confusión y desaliento. Un cansancio infinito... Vértigo. Me dolía mirar... Si cerraba los ojos, era peor. El vuelo nocturno del recuerdo me perseguía y me atrapaba. Mil imágenes danzaban en mi cabeza construyendo un nuevo puzzle. No me reconocía... Comencé a vigilarme. A espiarme. Encerrado en mí mismo miraba obsesivamente el cielo. Le pedía y no podía dármelo. Quería ocultar mi dolor y él lo hacia visible. No tenía escapatoria. Me asomé al abismo de mi miedo. El Ángel decía que al despertarse sentía pánico... Que pasaba enseguida. Desde París mi pánico es permanente. Me invade en cualquier esquina. No sé dominarlo... No, bajo este cielo que me fuerza a un monólogo infinito. No, bajo este cielo que exige un acto de contrición y de fe en lo que veo. He visto a Santos, obligado a perdonar para poder perdonarse. Al Ángel, aceptar su sacrificio. A Rejón, como un Ecce Horno. A mí, como un hombre triste. He visto la oscuridad del amor y la fuerza del deseo transitar por estas calles. He visto lo insondable del corazón absorto en la soledad de mis delirios. Mordí el corazón de un pájaro... Pero mi alma mira. Mira hacia delante. Se busca a sí misma. Hoy con Laoda y mañana en otros ojos. La magia de la vida es el encuentro. El encuentro nos mueve. Nos posiciona... Nos acerca. Quisiera hablar con este hombre. De nuestras gargantas vibran letras sin nombre. La mirada traduce. Lo que más le vale es reírse. Su sonrisa invita. La complicidad de sus ojos hermana. El alma de la fotografía es el encuentro. El retrato es un enfrentamiento. Modelo y fotógrafo sostienen siempre un singular pulso donde el modelo presiona de tal manera que pide violentamente un acto de comprensión. O quizás quien se pide tal acto soy yo mismo... Un enfrentamiento que vivo con una mirada frontal. Una mirada de púgil. Un desafío: la presión de lo indecible que quiere ser dicho. No puedo tener una mirada inocente. Mi intención nunca es honesta. Es maliciosa. Recojo ecos vivos de lo que vieron mis ojos. Poseer presencias me excita. Me alimenta. En esos momentos ni yo me conozco.Fotografío lo vivo como ya muerto, con la intencionalidad de un forense y... ¡Ahí te quiero ver! No es fácil. Un juego masoquista, atrapar mi suspiro en la foto. La fotografía se asienta en la fe de lo que es visible. Por tanto, el suspiro no puede verse pero fotografiar me obliga a encontrar lo. A multiplicar lo que miro. Jugar con el exceso de ver y de verme... Delimito el espacio. Decido el cómo y el dónde mirar. Mirar por la cámara protegiéndome y encerrándome por fin en mí mismo. Tras la cámara me convierto en un cíclope. Un único ojo anhelante. La toma fotográfica me lleva al trance... ¡Ah! ¡Cazar el momento! Apropiarme de ese algo más que busco... ¡Poseer...! Sí, poseer con malicia. Intencionadamente. Me muevo en la noche intentando iluminar mi sombra. Si ayer fotografiaba silencios, hoy fotografío mi propia voz. Este viaje tejido sobre una memoria de luces, destellos, ilusiones ópticas, persigue una revelación. Un puente. Un puente sobre el abismo. Un renacer constante. El aliento. Una vez más una convulsión me agita... La tensión de un anhelo eternamente insatisfecho conduce mis ojos. Los detiene... Sombras rotas... Letras chinas... Fundido en ellas redimo los reproches del destino... Me consuelo... Un ajuste de cuentas: 214 x 1 = 317. Camino bajo farolillos rojos ... Nietzsche dijo que no hay mundo sin espejo. Un espejo para desnudar el alma. La escenografía visible de un sentimiento al compás de mis emociones. Hoy tengo la conciencia de que una forma de ver es una forma de ser. Soy fotógrafo. La fotografía es el espacio donde imaginarme. En la fotografía, destino y presente sueñan en el latir de un fragmento de tiempo, un permanente pasado. Un permanente pasado... No hay retorno posible. Con las fotografías un mar de recuerdos se despierta. Se agita. Se encrespa... Fotos y más fotos que dejan tras de sí un eco. El eco de mis pasos. La fotografía es un certificado de presencia... De ausencia. La fotografía es iconografía de muerte. Está en su naturaleza. En ella ya no somos como somos. Somos como éramos... Ciertamente en la fotografía hay un elemento fatalista. En cien años todos calvos. Quiero decir que una colección de retratados es una colección de futuros cadáveres. La fotografía es un poderoso médium. Nos lleva al otro lado de la vida. Y allí, atrapados en su mundo de luces y sombras, siendo sólo presencia, también vivimos. Inmutables. Sin penas. Redimidos nuestros pecados. Por fin domesticados... Congelados. Al otro lado de la vida... De donde no se vuelve.

(Alberto García-Alix. De donde no se vuelve. Madrid, La Fábrica Editorial y Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, 2008. Se incluye también en Alberto García-Alix. Moriremos mirando. Textos completos. Madrid, La Fábrica Editorial, 2008)