jueves, 8 de mayo de 2008

Marguerite Duras o la soledad del escritor

La soledad no se encuentra, se hace. La soledad se hace sola. Yo la hice. Porque decidí que era allí donde debía estar sola, donde estaría sola para escribir libros. Sucedió así. Estaba sola en casa. Me encerré en ella, también tenía miedo, claro. Y luego la amé. La casa, esta casa, se convirtió en la casa de la escritura. Mis libros salen de esta casa. También de esta luz reflejada del estanque. He necesitado veinte años para escribir lo que acabo de decir. (...) Cuando me acostaba, me tapaba la cara. Tenía miedo de mí. No sé cómo, no sé por qué. Y por eso bebía alcohol antes de dormir. Para olvidarme, a mí. Enseguida pasa a la sangre, y luego uno duerme. La soledad alcohólica es angustiosa. El corazón, sí. De pronto late muy deprisa. (...) Estar sola con un libro aún no escrito es estar aún en el primer sueño de la humanidad. Eso es. También es estar sola en la escritura aún yerma. Es intentar no morir por su casa. Es estar sola en un refugio durante la guerra. (...) No sé cómo me salí de lo que podríamos llamar una crisis, como si dijéramos crisis de nervios o crisis de embotamiento mental, de degración, como sería un sueño artificial. La soledad, también era eso. Una especie de escritura. Y leer era escribir.
(Marguerite Duras. Escribir.
Traducción de Ana María Moix.
Barcelona, Tusquets, 1994)