domingo, 16 de diciembre de 2007

María y José

Lentamente su mano había pasado a acariciar su otro pecho, y bajado hasta alcanzar su vientre, donde se había detenido extendida tratando de escuchar los movimientos del niño. María le había dicho suspirando que aún era muy pronto y que hasta el quinto mes no le podría sentir, y él había continuado descendiendo con sus caricias. Pero ella había cerrado las piernas y con su mano, en un rápido movimiento, había detenido su avance. “Ahí no, mi señor”, le había susurrado con voz de súplica. Y, levantándose al instante, se le había quedado mirando con infinita ternura. Estaba de rodillas ante él, y tenía las mejillas encendidas por la confusión y el deseo. Pero movía su cabeza negando. De pronto, y en un movimiento inesperado, le cogió la mano con que la había acariciado y se la besó, al tiempo que le pedía perdón. Luego se levantó entre sollozos y corrió al interior de la casa.


(Gustavo Martín Garzo.
El lenguaje de las fuentes.
Barcelona, Lumen, 1993).