sábado, 25 de agosto de 2007

Karim Amir

Sabía que era poco común que me apeteciera acostarme tanto con chicos como con chicas. Me gustaban los cuerpos fuertes y la nuca de los hombres. Me gustaba que los hombres me cogieran, que me agarraran y tiraran de mí con sus puños, y también me gustaba sentir algunos objetos –mangos de cepillos, bolígrafos, dedos— hundírseme en el culo. Pero también me gustaban los coños y las tetas, la delicadeza de las mujeres, la suavidad de sus largas piernas y el modo como vestían. Tener que elegir entre una cosa y la otra me habría partido el corazón, como tener que decidir entre los Beatles y los Rolling Stones. No me gustaba darle demasiadas vueltas al asunto, por si luego resultaba que era un pervertido que necesitaba tratamiento de hormonas o electrochoques. De todos modos, cuando pensaba en ello me consideraba afortunado, porque siempre podía ir a una fiesta y regresar a casa con alguien, fuera de un sexo o del otro; aunque no iba a muchas, en realidad no iba a ninguna, pero en caso de ir sabía que podría elegir entre los unos y los otros. Pero en aquel momento todo mi amor era para mi Charlie y, lo que era más importante, estaban mamá, papá y Eva. ¿Cómo iba a pensar en otra cosa?

(Hanif Kureishi. El buda de los suburbios.
Traducción de Mónica Martín Berdagué.
Barcelona, Anagrama, 1991)