miércoles, 21 de marzo de 2007

Escribir, II

VIII


Yo escribí para que me quisieran; en parte, para sobornar, y, también en parte, para ser víctima de un modo interesante. Para levantar un monumento a mi dolor, y para convertirlo, por medio de la escritura, en un reclamo persuasivo (Adolfo Bioy Casares);

Este papel blanco, que no quiere terminar, le quema a uno los ojos, y por eso uno escribe (Frank Kafka);

No te suicidas cuando tienes una pena de amor. Escribes un libro (William Faulkner);

Lo importante es que escribir es mi manera de ser, que nada reemplazará (Julio Ramón Ribeyro);

Cuantos más libros leemos, más claro resulta que la verdadera tarea del escritor es elaborar una obra maestra; ningún otro quehacer tiene, en comparación con éste, la menor relevancia (Cyril Connolly);

Si crees que eres capaz de vivir sin escribir, no escribas (Rainer Maria Rilke);

Escribo para que me quieran más mis amigos (Gabriel García Márquez);

Escribo por asco de mí mismo y del mundo (Álvaro Mutis);

IX


Hace un año que escribió su último verso. ¿Qué le ha pasado? ¿Es verdad que el arte sólo surge en la tristeza? ¿Debe volver a sufrir para escribir? ¿No existe también una poesía del éxtasis, una poesía del críquet a la hora del almuerzo como forma de éxtasis? ¿Importa de dónde nazca el ímpetu poético mientras sea poesía?

(John Maxwell Coetzee. Juventud.
Traducción de Cruz Rodríguez Ruiz.
Barcelona, Mondadori, 2002).

X

He escrito todos los días de mi vida desde hace 80 años. ¿El secreto? Estar enamorado de todas las cosas. Nací como amante, así he vivido y moriré. Hay que enamorarse y permanecer enamorados. No escuchen nada que no sea su corazón y sigan ese camino. Si alguien no cree en ustedes y su futuro, apártenlo. Sean intensos y apasionados. Hagan eso y tendrán una vida feliz.

(Ray Bradbury, en “Bradbury deslumbra al público argentino
con sus reflexiones sobre la novela”, por Pilar Garzón,
en El País del lunes 1 de mayo de 2006, pág. 37).

XI


Escribo
para que el agua envenenada
pueda beberse.

(Chantal Maillard. Matar a Platón.
Barcelona, Tusquets, Col. Marginales 218 –
Nuevos Textos Sagrados, 2004).
XII


Después de una enfermedad y de una experiencia sentimental, de la cual uno emerge sintiéndose libre, pero un poco magullado aún (si no enfermo), nos vuelve un día el deseo de trabajar. Habíamos creído que ya no seríamos capaces nunca de volver a la tarea. Pero, al fin, el deseo llega, está aquí. Se despierta uno más temprano, se siente uno un poco mejor, aunque muy débil, pero hay sol en el cuarto y nos levantamos. Se comienza por poner un poco de orden en la mesa de trabajo. No es tarea de un sólo día. Otro día se cambian las viejas plumas gastadas, y, en fin, compramos hojas de papel secante, un lápiz nuevo, una goma de borrar, etcétera. Y por último llega el día en que se dispone uno de nuevo a escribir. Llega primero un gran silencio, que se extiende a nuestro alrededor. Volvemos a encontrar nuestra razón de vivir.

(Valery Larbaud. Diario íntimo (1917-1920).
Traducción de José Luis Cano. Alicante.
Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, 1984).