Nunca abandoné al poeta, sigo yendo a visitarlo al parque. No
sé cuántas personas siguen visitando a sus poetas abandonados, pero, si buscáis
bien, veréis que los hay a montones en los parques, dentro y fuera de nosotros.
Yo aún visito al mío, que compré cuando tenía trece o catorce años. Nos sentamos
y decimos inutilidades. Algunas de esas inutilidades son incluso poemas. Él me
mira con lágrimas en los ojos (he dejado de contabilizar esas cosas), a mí se
me hace una metáfora en la garganta, lo abrazo y somos felices durante unos
segundos o, mejor dicho, durante eternidades.
La poesía, según él, transfigura el universo y hace emerger
la realidad descrita con la absoluta precisión de la ambigüedad. Jamás he leído
un verso que no alzara el vuelo desde la página en que se escribió. La poesía
es un dedo que se clava en la realidad.
--Un poeta es como alguien que sale de la ducha y pasa la
mano por el espejo empañado para descubrir su propio rostro.
Eso era lo que él me decía. Yo limpiaba los espejos con la
esperanza de sentirme así, intentaba desempañar la vida, como decía el poeta
que había que hacer, pasar la mano por la realidad hasta ver una sonrisa. Sé que
es una tarea ardua, hay demasiado vapor que hace que la vida parezca poco
nítida, desenfocada. Pero insistiré.
El poeta decía que los versos liberan las cosas. Que cuando
comprendemos la poesía de una piedra, la liberamos de su “petridad”. Lo salvamos
todo con la belleza. Lo salvamos todo con poemas. Miramos una rama muerta y
florece. Solo había olvidado quién era. Tenemos que liberar las cosas. Se trata
de una tarea inmensa. Sé que muchos cambios en mi vida han sucedido gracias a
él.
Por eso, nunca dejaré de sentarme a su lado, con metáforas
en la garganta, para intercambiar inutilidades. Y, antes de acostarme, repito
la oración que aprendí con el poeta:
Tengo millas que recorrer antes de dormir.
(Alfonso Cruz. Vamos a
comprar un poeta. Traducción de Rita da Costa. Barcelona, Libros del
Asteroide, 2025)

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