Camino despacio, al principio evito a las personas que
vienen de frente, me retiro al fondo de la acera pegándome a las paredes de las
casas. Pero el milagro ha ocurrido. Nadie huye de mí, nadie grita horrorizado
por haber visto a un monstruo, los niños no se esconden detrás de sus madres,
las ancianas no se santiguan, los hombres no desenfundan sus espadas. Camino por
la calle. Hay luz. No he visto tanta luz desde que nací. Una mujer, sin querer,
se choca conmigo. Temo que empiece a gritar. Se da la vuelta, me mira muy de
cerca…, no me conoce…, no grita…, sonríe…, y me pide perdón. Nadie me había
pedido perdón hasta ahora.
Veo bancos en los que hay gente sentada. Yo también me
siento. Solo. Veo lo que hace la gente y hago lo mismo.
Están sentados y miran a la gente.
Estoy sentado y miro a la gente.
Luego empieza a anochecer. Oigo a un niño pequeño decirle a
su padre: papá, vamos a casa, que está oscuro. Las palabras oscuro y casa son la única cosa preocupante en todo el sueño hasta ahora. La
oscuridad siempre ha sido mi hogar. Por primera vez tengo miedo de haberme
perdido, al fin y al cabo, vengo de un laberinto. Y cuanto más crece mi miedo,
más voy menguando yo. Un hombre alto se inclina sobre mí, me levanta con su
mano enorme (veo que no lleva espada) y me pregunta si me he perdido y si sé
dónde está mi casa. Me quedo callado. Y dónde está mamá, pregunta el hombre, ¿me
dices adónde ha ido mamá? No debió hacerme esa pregunta. Siento cómo mi
mandíbula se alarga, mi cráneo se vuelve pesado y duro, pero no quiero hacerle
daño. Por suerte, el sueño está llegando a su fin, porque la situación se torna
del todo desesperada. Este es el momento en el que los sueños se rompen.
Me desperté en la oscuridad de mi hogar habitual. Ese fue mi sueño más feliz. Un día con gente a la que no maté, que no me mató, que ni siquiera se fijó en mí. No pasó nada malo entre ellos y yo. Supongo que la gente no sueña estás cosas. En sus sueños, deambulan por laberintos oscuros y luchan contra minotauros.
(Gueorgui Gospodínov. Física
de la tristeza. Traducción de María Vútuva. Madrid. Impedimenta, 2026)
Yo somos.
Yo fuimos.

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